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EL INOLVIDABLE ENRIQUE

EL INOLVIDABLE ENRIQUE

El nombre de Enrique Santos Castillo no sólo está asociado a la trayectoria de EL TIEMPO y a la mejor etapa de la historia del periodismo colombiano, sino a la vida de muchos periodistas que se iniciaron en esta profesión llevados de su mano. Yo fui uno de ellos y me siento orgulloso de haber trabajado a su lado y, sobre todo, de haber disfrutado de su cariñosa amistad, de su inmensa humanidad, por más de medio siglo.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
02 de diciembre 2001 , 12:00 a. m.

El nombre de Enrique Santos Castillo no sólo está asociado a la trayectoria de EL TIEMPO y a la mejor etapa de la historia del periodismo colombiano, sino a la vida de muchos periodistas que se iniciaron en esta profesión llevados de su mano. Yo fui uno de ellos y me siento orgulloso de haber trabajado a su lado y, sobre todo, de haber disfrutado de su cariñosa amistad, de su inmensa humanidad, por más de medio siglo.

Era 1949. Una tarde, prevalido de la audacia que otorga el tener 15 años de edad, llegué a la oficina del Jefe de Redacción de EL TIEMPO para proponerle la publicación de una nueva sección que, a mi juicio, era vital para el periódico: una columna semanal que registrara las actividades de los boy-scouts, organización a la cual yo pertenecía. Enrique, que nunca le decía que no a ninguno de los muchos colaboradores espontáneos que se le acercaban diariamente -y que él a sus espaldas llamaba lagartos-, recibió las dos cuartillas que le entregué y me dijo: Estupenda ideate la echo, mijito . Un mañana que, desde luego, no llegó y que me mantuvo ansioso durante una semana, al cabo de la cual regresé. Obviamente no recordaba ni quién era yo ni cuál mi dichosa columna. Ah, sí -me dijo, después de que yo rescaté mis cuartillas entre los cientos de papeles que se acumulaban en su escritorio- menos mal que aparecióMañana sin falta sale . Pero tampoco salió. Fue la única vez -según me confesaría más tarde- que para deshacerse de un lagarto (uno de los más tenaces que había conocido) tuvo que publicarle el escrito. Pero no se deshizo, porque la columna salió religiosamente cada semana durante un año, y no sólo por obra y gracia suya, sino a mi insólita capacidad de lagartear, pues yo no me iba del periódico hasta que comprobaba que mi columna estaba metida en la página y que esta estaba debidamente matrizada.

Eran los tiempos de los linotipos, de las galeradas de plomo, de la primera rotativa Goss , en los sótanos de ese entrañable edificio de caprichosa arquitectura naval, cuya proa asomaba sobre la Avenida Jiménez, mientras que la popa se hundía en la casa del doctor Eduardo Santos de la calle 14. (Casa que perteneció, como le gustaba recordar a su propietario, a José Acevedo y Gómez, el Tribuno del Pueblo).

Así, trasnochando en los talleres, impregnándome del olor a tinta y desafiando la paciencia de todo el mundo, transcurrió mi kindergarten periodístico bajo la benevolencia de Enrique, de Hernando y de Don Roberto, quienes, acostumbrados a mi inevitable y casi cotidiana presencia en el periódico, optaron por adoptarmeen vez de desterrarme definitivamente. Yo había dejado ya las veleidades scouts y mis notas sobre diversos temas comenzaron a aparecer en las distintas secciones de EL TIEMPO. Un proceso que culminó la tarde de un jueves, cuando Enrique me tomó por el brazo y mientras bajaba las escaleras para irse a jugar golf, me dijo: A partir de hoy te metí en nómina, mijito. Vas a cubrir la Alcaldía y la GobernaciónAh y vas a ganar 200 pesos mensuales .

No en vano solía decir que él me inventó como periodista, en lo cual tenía toda la razón, pues además de abrirme las puertas de este oficio, me convirtió en el asistente que lo acompañaba a todas partes en un cotidiano recorrido reporteril al Jockey Club a la hora del almuerzo, de donde surgían dos o tres chivas políticas; o a visitar algunos ministros, a cuyos despachos entraba sin anunciarse, pues casi todos ellos, los ministros conservadores, de Laureano, de Urdaneta y de Rojas Pinilla -cuyos gobiernos nos sometieron una férrea censura de prensa- eran, a pesar de todo, amigos suyos. Después del recorrido matutino regresábamos al periódico. Se sentaba frente a la máquina de escribir y tecleando con sólo dos dedos titulaba las noticias que habíamos conseguido, dejando en mis manos la redacción de las mismas.

Hasta ahí, hasta escribir el título, llegaba su tecleo. Se dice por ello que era un periodista que no escribía. Pero dictaba, especialmente una de las secciones que más cuidaba, como era la página social, cuyas notas le dictaba a Margot Torres de Camargo. Y cuando yo no lo acompañaba en sus recorridos, me dictaba las noticias que había recogido, siempre a medias, pues su dinámica de trabajo le impedía concretarse a un solo asunto, en una oficina siempre llena de gente, de papeles y con todos los teléfonos sonando al mismo tiempo. Una vez, de regreso de Alemania, a donde fue invitado por el gobierno, me repetía diariamente: Tenemos que escribir una nota sobre AlemaniaLo menos que puedo hacer, con lo bien que me trataron . Un día, por fin, logré concretarlo para que me dictara el artículo (La Alemania de hoyi , o algo así) y tengo que reconocer que en medio de veinte interrupciones y de varios por dónde íbamos? , arribó al primer párrafo. Pero lo llamaron por teléfono y Me tengo que irtú . Seguí como pude, con la ayuda de algunos indescifrables apuntes que él había hecho en servilletas, y ese fue uno de los pocos artículos firmados por él que aparecieron en EL TIEMPO. La única objeción que me hizo, fue la misma que le hacía a todas las cuartillas que pasaban por sus manos: que quedó muy largo. Tal era su obsesión por recortar los escritos, por ahorrar espacio, que mientras leía el primer párrafo, iba tachando los últimos. Era un periodista de lead, de la brevedad o, quizás, sólo de titulares, en los cuales él lograba resumir la esencia de la noticia con genial y contundente habilidad.

Son muchas las anécdotas que se pueden contar de una intensa convivencia de trabajo, y que Enrique me obligaba a repetirlas hasta hace poco, no sólo porque lo divertían, sino porque lo retrotraían a un pasado que tanto a él como a mí nos producía nostalgia. Añoraba ese periódico que él timoneaba con una sola mano, y añoraba ese reducido puñado de gente que lo fabricaba noche tras noche, a cuya risueña evocación dedicábamos a veces nuestras charlas. La próxima vez que vayas a Bogotá -me dijo durante uno de sus últimas visitas a Madrid- te reúno a la redacción del periódico para que les cuentes cómo hace 50 años, cuando sólo había teléfono, telégrafo y teletipo, ocho o nueve pendejos (se refería al cuerpo de redacción de entonces) hacíamos un periódico tan bueno o mejor que el de ahora .

Fue en Pedraza, el hermoso pueblito medieval de los alrededores de Segovia, mientras comíamos unas riquísimas chuletillas de cordero lechal. En aquel marco, tan propicio para olvidar el presente, se nos hizo noche evocando personajes y situaciones de ese pasado común en el que nos gustaba sumergirnos. Hablamos de Emilia Pardo Umaña y de sus volteretas políticas; de las deliciosas crónicas del viejo Bogotá de su hermano Camilo; de los obituarios anticipados que le preparaba a sus amigos Luis Eduardo Nieto Caballero; de la surrealistaVoz de la Concienciai que publicaba los lunes Fray-LejónY de tantos otros, como de Constantino Casasbuenas, el corresponsal de La Vega (Cundinamarca) que mantuvo en vilo a los lectores con la noticia de que el alcalde de su pueblo había decretado el fusilamiento de un mico tití por agredir a una persona. Enrique no sólo desplegó la noticia, sino que animó su seguimiento y promovió una campaña para salvar al animalY al final salvó al mico y se trajo a Casasbuenas a Bogotá como redactor de planta para protegerlo -según decía- de una presunta venganza del alcalde.

Ante la dolorosa noticia de su muerte, es como si el pasado -ese pasado que formaba parte de su historia y que tanto le gustaba evocar- se hubiera oscurecido de pronto.

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