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LA BOLSA DE EMPLEO DE LA COCA

LA BOLSA DE EMPLEO DE LA COCA

Martha Vergel*, una joven mujer que habita el barrio Belén de Ocaña en Norte de Santander, no sabe, desde hace más de dos meses trata de recibir noticias de su compañeros sentimental, padre de su hijo, que hace más de dos meses, se lo llevaron las autodefensas a raspar las hojas de coca.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
02 de diciembre 2001 , 12:00 a. m.

Martha Vergel*, una joven mujer que habita el barrio Belén de Ocaña en Norte de Santander, no sabe, desde hace más de dos meses trata de recibir noticias de su compañeros sentimental, padre de su hijo, que hace más de dos meses, se lo llevaron las autodefensas a raspar las hojas de coca.

Francisco Rojas, quien fue retenido por los paras en septiembre pasado, hace parte de un grupo de 90 jóvenes que fueron llevados contra su voluntad a los cultivos de coca de la región de El Tarra, a tres horas y media de Ocaña.

Los paras justificaron esa retención como retaliación a los raspachines por trabajar en cultivos dominados por las Farc, y prometieron liberarlos en diciembre.

Lo grave, para las autoridades locales, es que esa retención es aislada frente al creciente número de campesinos sin tierra, desempleados y estudiantes sin cupo, que se van voluntariamente como raspachínes a los cultivos que se disputan guerrilleros y paramilitares.

Se calcula que en todo El Catatumbo hay 35.000 hectáreas cultivadas con coca, que anualmente convocan a batallones enteros de desocupados, entre 17 y 30 años, para las tareas de recolección y procesamiento de la hoja, mano de obra que se la disputan las Autodefensas y las Farc desde principio de año.

Pero la preocupación de Vergel, de 30 años, y la de las familias del resto de retenidos también es compartida en por lo menos tres mil hogares de esta localidad que tienen a por lo menos uno de sus miembros trabajando en las selvas del Catatumbo, de acuerdo a los estimativos de las autoridades municipales.

Esos tres mil hombres viajaron a principios de septiembre en grandes grupos y se engancharon en los puertos sobre el río Catatumbo rumbo a los cocales. Allá aventajan a los raspadores de otros pueblos del departamento y el país por la rapidez con las manos y la valentía.

Los habitantes de las zonas marginadas de Ocaña cuentan que la gente se va a raspar hoja de coca por falta de empleo. "Aquí, en Ocaña, siempre trabajé en casas de familia, por 80.000 pesos al mes, pero ya no se consigue a quién trabajarle", dice Marta Vergel, quien estuvo varios mese internada en la selva. Asegura que en las fincas cocaleras de El Tarra, por cargar bultos de leña y preparar los alimentos a los raspachines, se gana cinco veces más de lo que obtiene en la ciudad, por lo que espera regresar el año entrante a los cocales después del parto, que debe producirse en las próximas semanas.

Las fincas cocaleras están llenas de gente de Belén y otros sectores marginales de Ocaña, donde según estudios de la Cámara de Comercio y la universidad Francisco de Paula Santander, el desempleo llega al 33,6 por ciento, es decir, más de 13.000 personas, una tasa de desocupación que nunca se había registrado.

Vergel asegura que los raspachínes van y vienen del Catatumbo por lo menos seis veces al año, de acuerdo al ritmo de las cosechas; y que cuando los jornaleros están de vuelta en el pueblo y se les acaba la plata, en promedio unos dos millones de pesos, buscan empleo en los campos, ladrilleras o como albañiles, pero no encuentran nada y vuelven al Catatumbo.

Antes de la retención de los 90 raspachines, Vergel venía a menudo con Francisco a la casa, a armar parrandas con aguardiente y vallenatos para celebrar el regreso con vida de la selva donde este año han asesinado a 80 personas, en su mayoría raspachines. También salían de compras para equipar la vivienda de piso de tierra que le levantó el anterior marido.

En otros hogares del barrio donde no llega el bus ni hay líneas telefónicas, la alegría dura poco porque la plata de la coca no alcanza. "Los hombres se beben la ganancia con las prostitutas de La Gabarra", cuenta la mujer.

Nuevos ricos.

Las callosas manos de estos obreros amasan las fortunas de los nuevos potentados de Ocaña, la otra cara del fenómeno de la afanada lucha contra la pobreza: hombres y mujeres de estratos medio con estudios de bachillerato, que cambiaron ocupaciones modestas para convertirse en presuntos testaferros de paras o guerrilleros y lavarles el dinero de la coca, según se comenta en los corrillos de la Alcaldía.

Rubén Darío Alvarez, director ejecutivo de la Cámara de Comercio de Ocaña, asegura que los lavadores mueven la economía local en remplazo de las familias pudientes que "abandonaron la ciudad hace varios años" por las extorsiones de los grupos guerrilleros. La dueña de un almacén de electrodomésticos que pidió la reserva de su identidad, asegura que mucha gente se empobreció por las vacunas y rescates de secuestros.

Mientras los nuevos ricos despilfarran, 20 establecimientos comerciales cierran sus puertas cada mes en Ocaña. Sin embargo, los comerciantes confían en el repunte de fin de año y que se repitan escenas como la de diciembre pasado, cuando el propietario de un almacén cerró antes de temporada porque un nuevo rico le compró hasta el computador del negocio.

* Nombre ficticio a petición de la fuente

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