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NUEVO FRENTE DE VIOLENCIA

NUEVO FRENTE DE VIOLENCIA

Las recientes masacres de La Horqueta, Dabeiba y el sur del Cesar, sumadas a las anteriores del mismo género y del mismo origen, patentizan con terrible dramatismo la aparición o la presentación a nivel nacional de un nuevo frente de violencia, llámese como se quiera: de antiviolencia con ribetes de barbarie, de autodefensa o paramilitar.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
04 de diciembre 1997 , 12:00 a. m.

Mientras desde diversos sectores públicos y privados se procuraba en vano la paz negociada con la guerrilla o siquiera la humanización de la guerra, en la sombra se organizaba la represión impiadosa, al margen de los poderes oficiales y contra su voluntad. En esta forma, el Estado ha quedado entre dos fuegos, cumpliendo el arduo deber de contener y combatir a ambos.

No estaba previsto que de tantas propuestas de paz, de tantos infructuosos sondeos, de tanto ir y venir, resultara otra estructura de guerra, desembozadamente criminal y terrorista, con el fin o con el pretexto de exterminar la insurgencia original. Algo así como una respuesta desalmada de derecha a la contumaz de izquierda. Años atrás la hubo contra quienes consideraba personeros civiles de ésta aunque escogiendo blancos individuales, sin salir abiertamente al campo e incurrir en espantables actos genocidas.

Si mal no recordamos, por la época del secuestro y asesinato del ex jefe del gobierno italiano, Aldo Moro, se señaló el peligro de que el terrorismo se volviera crónico y de doble vía, si no se le ponía oportuno y drástico freno. Más cercanamente, en Guatemala se vio cómo se implantaba la implacable Ley del Talión, en forma que el asesinato del exponente de un bando se cobraba con el de alguien representativo del contrario.

En situaciones tan tempestuosas y azarosas como la colombiana y en otras menos conflictivas, nadie puede arrogarse indefinidamente la exclusividad de la insurrección. La violencia engendra violencia. No se anota, ni mucho menos, para justificar o cohonestar las incursiones de barbarie que el país ha contemplado atónito sino para hacer ver las consecuencias eventuales del ejercicio sin término de actividades violentas y delictuosas.

Ninguna complacencia con la barbarie Las llamadas inicialmente autodefensas u organizaciones paramilitares han enderezado sus acciones contra grupos de la población civil en áreas seleccionadas.

Aparentemente, el motivo aducido para la persecución y el aniquilamiento es la sospecha de auxiliar a la guerrilla o el de simpatizar con ella. Indicio vehemente sería, por ejemplo, haber provisto a sus militantes de aguapanela, quizá más por temor que por complicidad. Asimilados a combatientes aunque no lo sean, se les amarra y se les siegan las vidas en repulsivo alarde de salvajismo. Ni que lo fueran. Para evitar desmanes de tal laya, se ideó el Derecho Internacional Humanitario o de Gentes.

El Presidente de la República, a quien la Constitución del 91 dio el rango de Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas, notificó al país que no habría ninguna complacencia con tales cuadrillas, que no se les daría cuartel y que se les perseguiría hasta el infierno. Ninguna ambigedad, ninguna permisividad, sino la orden categórica de enfrentarlas y bregar por disolverlas. Actitud eminentemente lógica y patriótica, tampoco puede interpretarse como de tolerancia implícita con las operaciones y los desmanes terroristas de las guerrillas originales.

Precisamente por estos días se han reunido en la capital del Canadá los representantes de cien naciones a acordar y suscribir una convención contra las minas personales o quiebra-patas que a tantos compatriotas inocentes han mutilado y a muchos han causado la muerte Habiéndolas utilizado las guerrillas en Colombia, reviste singular importancia un acuerdo internacional de esta naturaleza en cuanto puede contribuir a desalentar su utilización y a facilitar financieramente el retiro de las que han sido colocadas en las zonas de conflicto. Es parte esencial de la humanización de la guerra, como en el pasado lo fue la prohibición de armas químicas.

Superación del mal colombiano La violencia se ha erigido en el gran rompecabezas, en el mal colombiano por antonomasia. Reconozcamos que mientras exista y se recrudezca, conforme ha venido a suceder, no podemos aspirar a niveles de desarrollo y progreso semejantes a los de los pueblos donde prevalecen la civilización, la justicia y el orden. En el desempleo hemos visto peligrosa fuente de disturbio social y físico, impropicio para la sana y tranquila convivencia democrática, mas a la vez susceptible de extremarse con los alzamientos en armas.

Alzamientos ahora a la derecha y a la izquierda, sin perjuicio del telón de fondo del narcotráfico. Con ejércitos irregulares, secuestros a tutiplén (tales los del obispo y del alcalde de Tibú) y bandas asesinas según la calificación acusatoria del Jefe del Estado. Grande hazaña es que un país preserve sus instituciones democráticas, mantenga la estabilidad de su economía y siga trabajando en tan difíciles circunstancias.

No incurramos sin embargo en el error de pensar que podemos convivir indefinidamente con el oleaje intensificado de la violencia de doble signo sin que nada nos pase. Interpretaciones optimistas atribuyen sus últimos episodios al afán de tomar posiciones para sentarse con cierta autoridad en la mesa de negociaciones. Ojalá.

Empero, toca a la Nación adquirir clara conciencia de los riesgos que está corriendo y de los sufrimientos que su pueblo está padeciendo en varias regiones. Despertar a la realidad y entender que la abolición de la violencia y de la anti-violencia (violencias las dos con caretas distintas) es la primera de sus necesidades.

En favor de ninguna puede tomar partido el Estado. Más que nunca le corresponde situarse a la altura de su función y deberes para convocar, como lo ha hecho, a la solidaridad vigilante de los compatriotas. Ningún sector, grupo o partido puede fruncirse de hombros, considerarse exento de peligros y sentirse ajeno al drama de los sacrificados y de los desplazados.

A las actuales modalidades de violencia, se les opondrá muro infranqueable de voluntades o de uno u otro modo se tenderá a mirarlas con indiferencia, incluso como formas legítimas de oposición al régimen político cuyo derrumbe o cuya destrucción se desea? De haber esta tendencia, a cuál de dichas modalidades delictuosas se apuntarían? Creen de verdad que sobre el desenfreno de la barbarie es factible edificar algo decente, equitativo y duradero? Al país hay que liberarlo de esos flagelos. Es la gran causa de la patria.

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