EL SUEÑO DE MARÍA PAZ

EL SUEÑO DE MARÍA PAZ

Ayer, a las 3:16 de la tarde, cuando, bajo un sol de fuego doña Mélida escuchó retumbar a los cuatro vientos las trompetas tocando La Vencedora, la marcha triunfal del Libertador, y vio a su hijo, César Gaviria Trujillo, 43 años, descender, lento y solemne, camino hacia la historia sobre una alfombra roja, sintió que se le nublaron los ojos y que el corazón le empezó a galopar desaforado, casi indomable. Y cinco minutos después, a las 3:21, cuando lo vio allá arriba, erguido en mitad de la tarima, con el brazo derecho en alto y lo escuchó decir: Sí, juro , fue como si le estrujaran el alma.

08 de agosto 1990 , 12:00 a. m.

Y cuando él ya tenía sobre el pecho la banda tricolor que, con hilos de oro traídos de Europa, le hizo en Cartago (Valle) Lucy Murgueitio, tal vez ella fue la única entre los treinta millones de colombianos que no podía creer que él fuera el nuevo Presidente de la República.

Para ella, gobernada por el amor de madre más que por el protocolo, él sencillamente seguía siendo su hijo y lo volvió a recordar como en los primeros días: llorón, inquieto y con ansias de futuro.

Un par de sillas más allá, también en la primera fila, mientras César Gaviria y su esposa Ana Milena Muñoz hacían la V de la victoria, doña Cecilia Sarmiento y don Mario Galán también sintieron una conmoción de nostalgias: sabían que ayer hubiera sido el día más importante en la vida de su hijo Luis Carlos, de no haber sido por aquella maldita ráfaga.

Al lado de ellos, Juan Manuel Galán, el joven de 17 años que el 20 de agosto pasado, en mitad del cementerio central, le pidió a Gaviria que tomara las banderas de su padre asesinado, sintió que una nueva historia había empezado. Ahora todos debemos ayudarle , fue lo único que dijo. La utopía hermosa Así, a la sombra de Rafael Núñez y con Galán vivo en el alma, comenzó la presidencia de Gaviria.

Y desde ayer algunas cosas empezaron a cambiar, porque no solo es el primer mandatario que se posesiona en el Patio Núñez, de cara a la Casa de Nariño, sino que la de ayer fue la primera sesión plenaria del Congreso que se celebró al aire libre.

A su derecha estaban los ex presidentes Alfonso López Michelsen, Misael Pastrana, Julio César Turbay y Belisario Betancur, quienes, cuando les correspondió, recibieron la banda presidencial allá adentro, en el Salón Elíptico.

A su izquierda, los jefes de Estado invitados, encabezados por Rodrigo Borja, del Ecuador, que fue basquetbolista y locutor en Cali; Carlos Andrés Pérez, de Venezuela, pero con sus raíces familiares en Colombia; Carlos Menem, que más que argentino siempre se ha sentido latinoamericano, y el vicepresidente de Estados Unidos, Dan Quayle.

Y allá, abajo, el Congreso en pleno, los invitados especiales y montones de periodistas. Dos mil personas sentadas en una enorme tarima especial levatanda en el patio en honor al hombre que le dio al país la Constitución de 1886 y que escribió la letra del Himno Nacional.

Mucho antes de que llegara el nuevo Presidente, ya todo el mundo estaba allí, entre el sopor de un sol inclemente, bajo un falso techo de paraguas negros.

Ahí, en los primeros asientos, todavía como simples ciudadanos, se fueron conociendo o reencontrando los hombres que tres horas después se convirtieron en ministros: Julio César Sánchez, Luis Fernando Jaramillo, Errnesto Samper, Alberto Casas, Antonio Navarro. Todos.

Mientras ellos estaban aquí, ya María Paz, la hermosa hija del nuevo Presidente, había dado que hablar: en el corto trayecto de la Cancillería al Congreso le alcanzó a coquetear a la cámara que iba dentro del carro y en un momento de descuido de todos, la cubrió.

Cuando Gaviria, su esposa y sus dos hijos, llegaron al Patio Núñez todo quedó en silencio. Apenas se escuchó a alguien murmurar: Es hermoso que una familia tan joven llegue ahora al palacio. Parecen los Kennedy de Pereira .

Luego, el presidente del Senado, Aurelio Iragorri Hormaza, le dio posesión formal al nuevo mandatario, que allí mismo, a cielo abierto, empezó a encarnar una nueva esperanza. Un dulce sueño Lo primero que hizo fue definirse como un hombre de provincia, venido de las breñas cafeteras, que tiene su pasado entre las gentes de carriel, sombrero y ruana.

Luego, le rindió un conmovedor homenaje a Galán, y poco a poco fue enunciando su programa de Gobierno: la Constituyente, la Justicia, la lucha contra el narcotráfico. Habló de todo.

Cuando él aún estaba en mitad de su discurso, Simón hacía bombas de chicle y María Paz dormía en el regazo de su madre Ana Milena.

Cuando ya empezaba a llegar la noche y a caer una lluvia fina, Gaviria refrendó su compromiso de entregar en cuatro años un país mejor, en que la violencia no siga golpeando a la puerta de cada colombiano.

Un país que sea como la utopía de García Márquez: Cuando sea cierto el amor y posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra .

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