EL PITAZO FINAL

EL PITAZO FINAL

Albert Camus, existencialista, escritor y premio Nobel, dijo que lo mejor que sabía sobre la moral y las obligaciones del hombre se lo debía al fútbol. No es casual. Mario Benedetti, el poeta uruguayo, alaba en uno de sus cuentos al narrador que alarga a extremos increíbles la o de cada uno de los goles que hace su equipo. Roberto Fontanarrosa celebra que un viejo se haya muerto de infarto viendo por fin campeón a su equipo. Porque el fútbol es pasión. Es poesía. Es magia.

21 de diciembre 1997 , 12:00 a.m.

En Colombia fue delirio cuando la selección de Maturana le metió cinco goles a la poderosa Argentina. De infarto. Y ahí, en ese momento exacto, mientras la mayoría de los colombianos soñaba con USA 94 y el beso del Pibe a la copa Jules Rimet, Juana Uribe, la directora de proyectos especiales de Cenpro, disparó una idea que puso a Felipe Noguera, al Gato , del tamaño de un Jorge Valdano o de un Pacho Maturana, y a un niño, Manuel José Chaves, Pablo, el mismo Pablo Rey que hoy jugará con la camiseta de Millonarios, como un mágico prospecto de 10 de selección. Picando siempre en punta. Llevando las riendas de Los Gatos y tirándole pases a dos morochos de fantasía: Angel y Batey. Fenómenos.

De eso ya pasaron cuatro años. Y los goles de De pies a cabeza han sido muchos. Ni siquiera los contragolpes del otro canal, con partidos, cuentachistes, escorpiones, renegados y ejecutivas, pudieron vencer su valla. El rating siempre los tuvo al frente de la tabla de posiciones. Con su juego lograron poner en fuera de juego al alcoholismo, el acoso sexual, el racismo, la intolerancia, la drogadicción. El sida.

A pesar de los pitazos insistentes de todos los árbitros naturales de este país, pusieron en el centro de la cancha la sexualidad entre adolescentes. Pablo y Violeta rompieron todos los esquemas defensivos de la televisión colombiana. Y esos son goles de campeonato. Ahora el programa es visto en toda América Latina (a excepción de Argentina en donde lo copiaron con el sugestivo nombre de Cebollitas, el equipo donde comenzó a jugar un tal Diego Armando Maradona), en México, Inglaterra (Kick off muchachos) y por el canal Fox Kids. También lo quieren traducir al ruso Cómo se dice Gato en el idioma de Yeltsin?.

Pero todo empezó un poco más atrás. Desde el casting y el saque de puerta. Desde que Juana Uribe defendió su proyecto frente a todos los peros posibles. Fútbol?, niños? y qué va a pasar con las amas de casa? Nadie va a ver esto .

Pero se puso en escena.

Porque al fin y al cabo, sostiene Juana Uribe, el fútbol es dramáticamente perfecto, tiene un antagonista (por ejemplo Chilavert) y un protagonista (por ejemplo el Pibe ), que viven un conflicto, ambos luchan por un objetivo y tienen una meta en común. Así se enfrentaron Los Gatos y Furia Latina, aparecieron defensas de tipo uruguayo, periodistas dañinos como Valdivieso, un amor en fuera de lugar (el del Gato y Lucia), mientras que los guionistas, esa extraña especie que milita en el cuerpo técnico, seguía una sola filosofía: Todo se puede arreglar en una cancha de fútbol .

Con esa filosofía empezaron a marcar un punto referencia. En poco tiempo se ganaron, por poco, la audiencia de un Mundial. Y no solo de hinchas, de gente que ama el fútbol, sino de familias enteras que se sentaban cada domingo, a las 6 de la tarde, para ver con sus hijos el programa. Incluso llegó un momento en que instituciones como la Policía o el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar se comunicaban con ellos para proponer temas o incentivar campañas educativas. Ese fue uno de los logros del programa: demostrar que se podía educar y entretener. Con altura. Sin pretender dar moralejas.

Para las demás programadoras también fue un ejemplo. Con De pies a cabeza se empezaron a manejar las historias con varias personas. Nunca se trató de un libretista esclavo disparando, contra el reloj, una historia semanal. Generalmente fueron equipos de cuatro a seis personas. Cada uno conocía a la perfección cada personaje. Y cada uno buscaba nutrirse conversando con los muchachos, en la calle, conversando con amigos.

En esa maraña, entre Natalia Ospina, Juan Manuel Cáceres, Andrés Salgado, Paul Rodríguez, Pablo Chaparro, Mauricio Guerra, Juan Guillermo Isaza, Gilma Helena Peña, Diego Arbeláez, Ana Fernanda Martínez, Lina Dorado, Leticia Rodríguez, Lina Dorado y Margarita Ortiz, nacieron directrices que retaron hasta el cansancio clichés como los finales felices con un hecho como el matrimonio. Cuando el Gato y Lucia se casan, no se acaba la serie. Por el contrario, se despiertan nuevos conflictos. Es como el final de un partido. Se gana, se pierde, se empata, pero siempre llega otro. Incluso con niñas de trenzas, tan guapas como María José, haciendo los taquitos de Freddy Rincón.

En cuanto a la estructura siempre se manejaron tres ejes, incluso cuatro. Una historia de fútbol, otra de amor y otra con cualquier conflicto entre los niños. Con el tiempo, y con el desarrollo de los personajes, los conflictos del programa también empezaron a evolucionar. Los niños se convirtieron en adolescentes y de las pataletas de Nano se pasó a la traga de Batey por la mamá de Peter. O del amor platónico de Liza por el Gato a los problemas de infidelidad entre Gabriel y Cristina y los amores de Valdivieso con Doña Raquelita. Porque los adultos también se ganaron un lugar en la titular. Pero los goles siempre fueron de los muchachos.

De mininos a Gatos El miércoles, luego de dos meses sin verse luego del final de las grabaciones, Liza (Andrea Gómez) y Batey (Víctor Alvarez) se encontraron en una sesión de fotos y se abrazaron más fuerte que de costumbre. Batey, el goleador por excelencia de Los Gatos, era ahora, en la vida real, un nuevo jugador de Independiente Santa Fe (y a lo mejor lo arregla). Crecieron. Andrea está en tercer semestre de comunicación social, Manuel José Chaves, Pablo, está a la espera del nuevo proyecto de Cenpro. Parte de su niñez y su adolescencia las pasaron frente a una cámara. Pero se divirtieron.

Cuando el proyecto reventó se convocó a un casting para el que eran indispensables dos condiciones: querer ser actor o jugador de fútbol. Por supuesto Angel (Jorge Aurelio Monterroso), Nano (John Alexander Ortiz) y Batey estaban al final de la lista. Entre los jugadores.

Los actores eran Pablo, Liza y Violeta (Carolina Acevedo), que se hicieron amigas desde que empezó la serie, los niños recuerda Andrea eran demasiado cansones y se la montaban a todo el mundo . Eran demasiado pequeños. En el colegio ninguno tenía tareas. Los recogían prácticamente todos los días después de clase para ir a las grabaciones (también sábados y domingos) y todo era un juego. Algunos de los asistentes no los soportaban, pero siempre, como un amigo, aparecía la figura paternal de Felipe Noguera. Y el balón seguía rodando.

A la hora del almuerzo dejaban de comer por pegarle a la pelota. Armaban campeonatos de tiros desde el punto penal. Sudaban. El viejo Willy les enseñaba efectos. Celebraban goles. Gritaban. Walter (Diego Andrés Roa) y Chiqui (Jorge Armando Soto) siempre, como buenos niños juiciosos, llevaban sus cuadernos para hacer las tareas en la cancha de fútbol. Y aunque al principio se burlaron, todos tuvieron que seguir su ejemplo: Pablo (Manuel) y Nano (John Alexander) perdieron el año, y la continuidad de todos en el programa dependía de las notas. Ningún papá iba a soportar hijos vagos y famosos.

Luego empezaron a madurar. A crecer. Pablo tuvo la crisis de la fama y entre todos, como buenos amigos, no dejaron que se convirtiera en un problema para todos. Amigos hasta los tuétanos. Además de verse en las grabaciones empezaron a hablar por teléfono todos los días. Jugaron partidos en todas partes. En las comunas de Medellín, en Pasto, en Cali. Y dicen que nunca perdieron (Como el equipo de Sábados Felices). Tampoco perdieron la oportunidad de salir y las grabaciones de sábado se convirtieron en un recuento de sitios y rumbas. Ya todos terminaron el colegio. Todos conocen el final de esta tarde. Pero todos sienten que todavía hay más goles por hacer. Porque la serie no llega a su final por falta de combustible sino que cada jugador cree que hay otros clubes, otros retos, otros proyectos.

Hoy, cuando empiecen a rodar los créditos, muchos van a sentir que están frente a algo tan irrecuperable como el último partido del Pibe. Sí. Pero tal vez, en el futuro, así como un abuelo le contará a su nieto el 5-0, alguien hablará de De pies a cabeza con el cariño con el que se habla de Plaza Sésamo, El Chavo del Ocho o Mazinger Z.

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