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VARIAS LECCIONES DE GUERRA

VARIAS LECCIONES DE GUERRA

Por lo general, tendemos a creer que el conflicto armado colombiano es único, distinto a cualquier otro conocido, absolutamente excepcional por las características que ha adoptado y mucho más complejo que ninguno en el mundo.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
21 de diciembre 1997 , 12:00 a. m.

Detrás de esta visión muy extendida subyace una profunda resignación y un palpable parroquialismo. La combinación de ambas genera la percepción de que o los colombianos estamos biológicamente condenados a la violencia, o estamos históricamente determinados a matarnos, o estamos culturalmente marcados para jamás alcanzar la paz.

De hecho, el conflicto armado colombiano mismo más que la eventual pacificación por la vía de usar el modelo salvadoreño o guatemalteco de negociación tiene profundas semejanzas con otros enfrentamientos bélicos. De la misma manera como asumimos una excepcionalidad incuestionable para explicar nuestra lucha armada, así también nos negamos a aprender de otras confrontaciones en el Tercer Mundo. Aborrecemos la comparación con casos africanos o asiáticos. La excepcionalidad se ha convertido en una excusa para prolongar la guerra interna.

Cuando a finales de los setenta se hablaba de la bordaberryzación (Bordaberry era el presidente del Uruguay) del régimen político debido a que muchos (adentro y afuera) comparaban el Estatuto de Seguridad Nacional del presidente Julio César Turbay y el consecuente crecimiento de la violación de los derechos humanos como una modalidad de autoritarismo militar maquillado de control civil, las reacciones internas fueron contundentes: la subversión quería desacreditar la democracia colombiana.

Cuando en el primer lustro de los ochenta, se hicieron (en el país y en el extranjero) referencias a la centroamericanización de Colombia por los niveles alarmantes de violación de los derechos humanos en medio de una incipiente guerra sucia , las reacciones internas fueron categóricas: el Estado no promovía el maltrato y menoscabo a los derechos humanos.

Líbano o Bosnia? Cuando a finales de los ochenta se incrementaron las expresiones (en Colombia y en el exterior) acerca de la libanización del país debido a las innumerables manifestaciones terroristas en el marco de un Estado debilitado, las reacciones internas fueron elocuentes: la legitimidad y fortaleza del sistema político harían frente a esas amenazas en el contexto de la protección y defensa de los derechos humanos.

Cuando en los noventa, crece la identificación (en y fuera del país) de Colombia como la Bosnia suramericana por la total descomposición del conflicto armado y por el peligro de una eventual fractura territorial, las reacciones internas han sido las esperadas: Colombia no es comparable con la ex Yugoslavia en ningún sentido.

Fuimos empeorando nuestra situación de violencia, rechazando siempre otros modos de ver y resolver el conflicto interno. Sin embargo, sería productivo observar otras experiencias externas para entender que nuestra guerra se parece a otras y que debemos extraer lecciones de ellas. Por ejemplo, miremos a Africa.

En Mozambique y Sierra Leone, los gobiernos utilizaron a fuerzas irregulares campesinas en el combate antiinsurgente ante la ineficacia de las fuerzas regulares del Estado y con ello no se acortó sino que se prolongó y masificó el conflicto armado. Nos sirve ese caso para entender mejor el fenómeno paramilitar y su expansión? En Angola y Mozambique, se alzaron en armas respectivamente Unita y Renamo, grupos de derecha que probaron ser brutalmente más virulentos que las insurgencias de izquierda. Qué nos aporta saber cómo se comporta la derecha armada? En Liberia, la guerra interna comenzó a afectar directamente a otros países y en un raro caso para Africa que ha defendido el principio de no intervención en los asuntos internos, un conjunto de naciones vecinas reunido bajo el Grupo de Monitoreo (compuesto por Nigeria, Grana, Gambia, Mali y Togo) de la Comunidad Económica de Estados del Africa Occidental (Ecomog) decidió mediar política y militarmente en aquel país. Se podría presentar algo parecido en Colombia de continuar el escalamiento del conflicto? En el Zaire, luego de más de tres décadas de rebelión relativamente infructuosa y en medio de los cambios de la pos guerra fría, las fuerzas marxistas-leninistas de Kabila terminaron llegando al poder con el apoyo expreso de Estados Unidos. Podría darse un hecho tal en el caso colombiano cuando la guerra fría ya terminó? En breve, cabría evaluar qué elementos ofrecen los viejos y nuevos conflictos armados en diversos sitios de la periferia. Quizás, aprendiendo de ellos, se podrá llegar a una paz nacional. Ni las modalidades de guerra actual, ni las alternativas de pacificación futura son patrimonio solo de Colombia.

(*) Investigador del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional.

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