EL ENIGMA DE CAMELOT

EL ENIGMA DE CAMELOT

A cualquiera de esta generación le dura la impresión del asesinato de Kennedy. Habían torcido brutalmente la historia, como aquí con Gaitán o Galán. El asesinato de su hermano aumentó una confusión cuya virulencia recurrente ilustra lo que estuvo de por medio. Hay la controversia sobre el personaje, que se encona, como ahora, con el libro de un Pulitzer: que si la mafia tuvo que ver en su elección con compromisos consiguientes, que si era erotómano compulsivo, que si buscó la guerra en Indochina, que si Bahía Cochinos fue su invento o herencia de Eisenhower, todos ingredientes posibles del crimen, como el de si evitó o arriesgó la guerra nuclear y su apaciguamiento con el comunismo, fin incipiente de la guerra fría.

03 de diciembre 1997 , 12:00 a. m.

Pero, como esa especulación, interesa otra sobre qué hubiera pasado de no haber mediado un magnicidio. Una generación joven enfrentaba la novedad de todo orden de la postguerra. Esta provocó una conciencia global y un sentido nuevo de la libertad, que inspiraron el enfrentamiento de la juventud, de grupos oprimidos y países ex colonizados contra la política y la cultura dominantes. Con un Kennedy apenas liberal sobreviviente, de pronto E.U. hubiera ido en otra dirección. Al idealismo permitido por la época siguió una contrarrevolución sin piedad. Con excepción de la pausa de Carter, a quien se muestra como bobo porque apoyó los acuerdos de Helsinki sobre derechos humanos, o sancionó a las dictaduras suramericanas, sucedió a Kennedy la ofensiva reaccionaria de Johnson y Nixon, Reagan y Bush, lo contrario a un espíritu comparado desmesuradamente con la caballerosidad de Camelot.

Tal vez para estos países, la nueva frontera hubiera supuesto un trato diferente al desdén cuando no la matonería. La Alianza para el Progreso era la vacuna contra Cuba, pero también apertura a un desarrollo igualitario con énfasis social. Quizá habría sido peor el desengaño, de Kennedy haber culminado su término y haber sido reelegido. Tampoco la dicha, pero sí un infortunio diverso, sin las heridas terribles de la represalia militarizada de la seguridad nacional, sin el horror en Centroamérica, sin Pinochet, sin invasiones a Panamá, Granada o Haití, sin la intervención en el pleito bilateral de las Malvinas. Hoy es la prosaica y desigual imposición comercial. No obstante su inspiración kennediana, Clinton no ha tenido un gesto continental memorable. Cuba sigue bloqueada a disgusto de la comunidad internacional. No obstante ser parte del narcotráfico, Washington acude sin vergenza al mecanismo ofensivo de la certificación. Todo eso que se dio al tiempo con Kennedy tiene el aspecto rancio y pendejo de la ilusión.

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