CÓMO SUBIR AL CERRO EL PINTAO

CÓMO SUBIR AL CERRO EL PINTAO

Son las 3:00 de la madrugada del sábado 22 de noviembre, a lo lejos se escucha el canto de un gallo y mientras el frío se cuela por entre las rendijas de la ventana vuelvo a conciliar el sueño. Media hora después tocan a la puerta para recordarme que ya casi debemos emprender el viaje hacia el cerro El Pintao , jurisdicción del municipio de Manaure Cesar, en la frontera Colombo-Venezolana.

03 de diciembre 1997 , 12:00 a. m.

Todo había quedado preparado desde el día anterior. El carro que nos llevaría durante el primer trayecto y las dos mulas para recorrer las empinadas colinas y los espesos bosques del resto del camino que nos conduciría hasta el sitio, en donde siete días antes incursionó el Ejército venezolano, llevándose a tres campesinos y destruyendo parte de las parcelas.

Le pregunto la hora a Virgilio, más conocido en Manaure como La Tesura , quien aceptó guiarme en esta expedición, él estira los brazos y después de un largo bostezo me responde: --Son las 3:45. Ya casi es hora de que salgamos, si no queremos que nos coja el sol en el camino.

Por un momento empiezo a vacilar y no sé si abortar el proyecto. Son varios los temores: la oscuridad, el frío, lo inhóspito del terreno y el miedo natural a enfrentar lo desconocido. Vuelvo a reaccionar cuando Virgilio me dice: -- Listo, salimos.

Yo respondo como un autómata listo, salimos .

Apuramos el último sorbo de una taza de café y tomo el morral en donde llevamos las raciones de comida para consumir durante el recorrido. Tenemos que caminar varias cuadras antes de abordar el campero. Todo está oscuro, sólo nos ilumina la luz mortecina de una linterna de mano.

COMIENZA EL VIA CRUCIS Una vez en el vehículo, en un silencio casi sepulcral recorrimos el primer trayecto, que a decir verdad fue corto. Al llegar a un pequeño puente en donde parecía que terminaba el contacto con la civilización, dejamos la carretera para seguir, a lomo de mula, por un camino de herradura casi inexistente.

A pesar del maltrato sobre la mula y el azote del frío, cuando empezó a amanecer pude apreciar la maravilla de la creación: el sol imponente, entre los picos de dos montañas, hacía ver toda la vegetación amarilla. Parecía como si por arte de magia todo se hubiese convertido en oro.

El camino escogido para llegar hasta el cerro El Pintao fue el que los manaureros conocen como El Hondo del Río . Tomando el cause natural de la vertiente de agua que lleva el mismo nombre del municipio llegamos a una vereda conocida como San Martín.

Cerca a unos frondosos árboles y a orillas del río Manaure dejamos reposar los animales, mientras tanto, consumimos los primeros alimentos: unos bollos, salchichas y malta.

A medida que avanzamos el camino era más intransitable y la zona más montañosa y deshabitada. Así emprendimos una cuesta empinada conocida como El espinazo del Diablo , un filo delgado y de pastos amarillos en donde la profundidad del abismo se podía observar a ambos lados.

Ya arriba, casi a una hora y media de camino para llegar a la meta, comenzamos a ver majestuoso e imponente, el cerro El Pintao con sus cuatro caras: dos que muestra para el Cesar, una para La Guajira y otra para el vecino país de Venezuela.

En este momento comprendí porqué a este cerro lo habían bautizado El Pintao , pues sus pintas rojizas son casi uniformes desde cualquier ángulo que se le mire. Y, según afirman algunos campesinos, en las noches de luna llena los reflejos sobre esta montaña muestran un espectáculo de matices diferentes.

A las 8:45 ya divisamos dos soldados --tropas colombianas de contraguerrilla que hicieron presencia en la zona dos días después de la incursión del Ejército venezolano--. Empezamos a escalar una cuesta resbaladiza, siendo necesario desmontar de los animales. Después de ese último esfuerzo coronamos la meta: llegar al sitio en donde fueron retenidos los colombianos.

En el área se podían observar dos ranchos mal construidos en donde los labriegos habitaban en condiciones casi infrahumanas. Unas camas armadas con troncos, ramas y hojas secas y un fogón de donde todavía salía humo, un caldero, una olla negra, cuatros platos plásticos, botas y otras prendas de uso personal regadas por el suelo... y por último, provisiones destruidas por los militares venezolanos.

Luego de mirar el sitio en donde fueron retenidos los hermanos Pedro y Agustín Calderón Curuvelo y Aníbal Ortiz, decidimos llegar hasta un cerro a una hora más adelante, en donde está la línea imaginaria que demarca la frontera entre las dos naciones.

Allí llegamos luego de varias peripecias y de montar y desmontar varias veces sobre las mulas, por lo difícil del terreno. Ya en ese sitio no hubo dudas de que los militares venezolanos se internaron un trecho bastante largo en territorio colombiano. Así lo pudimos comprobar con la colaboración del teniente Cuadros, un joven oficial de nuestro Ejército Nacional.

Luego de realizar el reconocimiento del terreno iniciamos el descenso que no fue menos tormentoso, pues sumado al penitente camino de herradura teníamos en contra nuestra la inclemencia del sol.

Un solo receso en el camino para almorzar sardina enlatada, pan y gaseosa. De ahí en adelante a paso parejo llegamos a Manaure a las 4:30 de la tarde, cansados pero con la satisfacción del deber cumplido. Fueron casi 12 horas de expedición a lomo de mula para llegar a una montaña que todavía es Colombia: el cerro El Pintao .

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