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LA LÍNEA ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE

LA LÍNEA ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE

No vaya a correr porque si corre la matamos . Estas palabras aún retumban en los oídos de Judith Vargas, una mujer menudita de 23 años, quien recuerda --con escalofrío en su cuerpo-- el momento en que un militar venezolano le apuntó con el cañón del fusil en la espalda.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
03 de diciembre 1997 , 12:00 a. m.

Los hechos se registraron el pasado viernes 21 de noviembre cuando 35 soldados del Ejército venezolano ingresaron a territorio colombiano en el Cerro El Pintao , Serranía del Perijá, en jurisdicción de Manaure, al norte del Cesar.

Desde el momento de la incursión el cerro quedó deshabitado, lo único que se mueven son las hojas de los árboles. Los campesinos de la zona abandonaron las parcelas ante el temor de los sobrevuelos de aviones venezolanos y la amenaza de que regresarían por más colombianos.

Hasta este cerro distante cinco horas a lomo de mula desde Manaure, y que por tercera vez es escenario de un incidente fronterizo, llegó EL TIEMPO. Pudimos constatar las huellas dejadas por el Ejército venezolano: los ranchos abandonados, las parcelas semidestruidas y el miedo que zumba entre los árboles como un negro presagio de desolación y muerte.

En estas montañas siempre se ha visto la ausencia del Estado , sostiene Alberto Campo, presidente de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (Anuc), capítulo Manaure. Y agrega para muchos labriegos trabajar en el Cerro El Pintao , cerca a la frontera, es estar en la línea entre la vida y la muerte .

En el recorrido desde Manaure hasta el cerro pudimos comprobar que las pocas personas que habitan en esta inhóspita región subsisten con cultivos de cebolla, tomate, frijol y ganadería en pequeña escala; pero otros labriegos optaron por los cultivos ilícitos, principalmente la amapola.

La tierra es una de las mejores en toda la zona, produce lo que se siembre , afirman los campesinos. El clima es fresco y la brisa pega con fuerza. En el cerro en donde está trazada la línea imaginaria, que divide a los dos países, tiene uno la sensación --por un instante-- de estar más cerca de Dios.

Según sostienen los habitantes de Manaure, el Ejército del hermano país siempre ha sido una amenaza latente para los colombianos que labran la tierra cerca de la frontera. La Guardia Venezolana es la única que ejerce soberanía sobre la Serranía del Perijá. El Ejército colombiano sólo patrulla cuando hay un incidentes.

El martes 25 de noviembre, después de que el Ejército venezolano ingresará a territorio colombiano, maltratara y retuviera a tres campesinos en El Pintao , a 2.700 metros de altura sobre el nivel del mar, fue cuando la tropa del Batallón Contraguerrilla No. 2 Guajiros, adscritos al Comando Operativo Siete del Cesar, hizo presencia en la zona.

Sin embargo, todos tienen temor, pues saben que una vez las cancillerías de los dos países lleguen a un acuerdo la frontera volverá a quedar a la buena de Dios, sin ninguna autoridad que haga valer los derechos de los campesinos nacionales.

Una pesadilla Una de las campesinas que vivió la pesadilla fue Judith Vargas, una mujer que aparenta menos años de los que en realidad tiene, aunque la vida para ella no ha sido fácil. Primero creyó haber encontrado el amor y a los 14 años, luego de unir su vida a la de otro campesino trajo al mundo su primer hijo, al que le siguieron dos más.

Del corregimiento de Media Luna (Cesar), su tierra natal, en donde había habitado hasta entonces, Judith se marchó a Pueblo Bello (Cesar) a recoger café. Su unión con su primer compañero había fracasado, fue entonces cuando conoció a Pedro Calderón Curuvelo, un joven de 24 años con quien se fue a vivir a Manaure.

Como las cosas en Manaure no resultaron como esperaban, pues Pedro ganaba por jornal 5.000 pesos, decidieron subir al cerro El Pintao en donde las condiciones parecían ser más favorables: ganarían 7.000 pesos al día, libres de comida.

Judith y los hermanos Pedro y Agustín, se marcharon al que sería su nuevo sitio de trabajo, pero no habían cumplido cuatro días de estar en el cerro cuando el destino les trazó un nuevo rumbo.

La tropa venezolana llegó el viernes 21 de noviembre hasta el rancho en donde dormían y preparaban los alimentos. La primera a la que sometieron a la impotencia fue a Judith. Tranquila, no te va a pasar nada si te portas bien , le dijo el oficial que comandaba la unidad militar.

Si tu nos colaboras nada te va a suceder... y tampoco a los muchachos le volvió a decir el oficial. Ya para ese momento habían apresado a los dos hermanos Calderón Curuvelo y a un tercer campesino de nombre Aníbal Ortiz.

El oficial al mando le dijo a Judith que preparara alimentos para 35 soldados y ella obedeció sin chistar una sola palabra, pues sólo le interesaba salir bien de aquel trance junto con sus demás compañeros de labores.

Todos tenían miedo. Por sus mentes se cruzaba la idea de que les pudieran hacer lo que en octubre del 95 le hicieron a Julio Cesar Paternina, quien apareció descuartizado luego de una incursión de la Guardia Venezolana en el mismo cerro El Pintao .

La tropa se marchó al día siguiente con tres colombianos retenidos porque supuestamente estaban invadiendo tierras venezolanas --presupuesto que se descarta luego de la visita realizada por este diario hasta el sitio de los hechos--. Poco después Judith emprendió el largo recorrido hacía Manaure... desde entonces la pesadilla no ha terminado.

Hoy, cuando todo parece haber pasado y las cancillerías se cruzan notas, las opiniones --aún entre los mismos colombianos-- parecen estar divididas, pues mientras en unos aflora el nacionalismo como en los habitantes de Manaure y la Personera Municipal, Luceli Saldarriaga Coronel, quienes reclaman justicia, otros opinan lo contrario.

El alcalde de Manaure, Virgilio Ardila, cree que elevar una nota de protesta y reactivar la Comisión Binacional de Verificación no es más que gastar pólvora en gallinazo . Y agrega a esto le han dado más vueltas de lo necesario .

Por su parte, Ernestina Curuvelo Ustaris, una señora morena de mirada serena y movimientos calmados, a quien la vida a sus 43 años le dejó nueve hijos, vive también su propio vía crucis: sus hijos Pedro y Agustín, los hermanos Calderón Curuvelo, fueron retenidos por la tropa venezolana y su situación es incierta en una cárcel de Venezuela.

A mí me daba mucho miedo y les pedía que no se fueran a trabajar tan lejos, pero ellos no me hacían caso, pues me contestaban que en el cerro El Pintao ganaban más y trabajaban menos . Mientras deja salir una a una estas palabras, la señora Ernestina prepara el desayuno de su familia en una humilde vivienda de un barrio de invasión llamado Don Bosco en la rivera del río Manaure.

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