AMOR DE TRAPO

AMOR DE TRAPO

Qué clase de amor puede ser el que produce embarazos de trapo? Un amor de trapo, sin duda. Pero, qué es un amor de trapo? Pues, aunque parezca que es un sentimiento que nos llevaría a tratar al otro, o a la otra, como un trapo, se trata en realidad de una versión barranquillera del amor, o de la falta de amor.

04 de diciembre 1997 , 12:00 a. m.

Sí, muy a pesar de que la espantosa jerga psicológica ya haya lanzado su lápida sobre la trapológica barriga (Es un caso de baja autoestima, sentencian con seguridad de manual recién subrayado), parecería que una mujer dispuesta a enrollarse bajo el vestido un montón de viejos pedazos de tela, durante largos meses de inclemente calor, es en realidad un ser humano agobiado por una avidez de afecto de tal magnitud que mercería ingresar, por derecho propio, a las páginas de una novela romántica escrita al estilo currambero.

Una vez más queda demostrado, por otra parte, que nuestra ciudad es el reino de la ficción por excelencia. Cuánta vocación para la hipérbole imaginativa y desaforada, qué maestría en el manejo del relato novelesco. Una mujer que logró burlar, con su estratagema fantástica, al marido, los vecinos, los periodistas, los médicos, los psicólogos, la ciudad y el mundo merece, por lo menos, el Premio Nóbel de Literatura.

Salvador Dalí era un pobre aprendiz de surrealismo al lado de esta criatura que deambulaba por nuestras soleadas calles ostentando su barriga ficticia. Su amor de trapo debería ingresar a la galería de las tragicomedias sentimentales, al lado de La Celestina, de Fernando de Rojas, y Las novelas ejemplares, de Miguel de Cervantes.

Su preñez de serpentina, que responde al arquetipo universal de la mujer manipuladora, se inscribe en los graves y a la vez cómicos asuntos (el honor, la hombría, los celos) de nuestra tradición hispanoárabe, pero alcanza la dimensión específica de una farsa barranquillera.

De manera que bravo por ella, que es el único personaje de esta historia que se empina hasta una estatura mítica. Los demás, seamos francos, no hicimos sino el ridículo. En primer lugar, los médicos, apoltronados como siempre en la seriedad acartonada de sus diagnósticos infalibles que, ya sea frente a un embarazo inexistente o ante un riñón que no vieron, se sumen en la invencible ignorancia del más común de los mortales.

A renglón seguido los periodistas, quienes, también como siempre, tras la coartada de la objetividad escasamente pueden disimular que en realidad lo que les fascina son las historias fantásticas. Después, como ya decíamos, los psicólogos, que salen a posteriori, con sus rótulos bajo la manga, a decir que ellos ya sabían lo que en verdad ni siquiera sospechaban.

En seguida nosotros, esa cosa inasible que llaman opinión pública, aquejados por una voracidad insaciable por que nos cuenten historias que tengan la suficiente dosis de cursilería como para mover nuestros sentimientos adocenados y con el morbo necesario como para excitar nuestra predispuesta imaginación.

El único que no es ridículo, sino patético, es el pobre marido, quien deberá prepararse para ser víctima, durante los próximos trescientos años, de los apodos más creativos del imaginario popular.

Por lo demás, el asunto es digno de un bolero posmoderno, que no dudaré en escribir o ya estoy escribiendo. Los elementos: hombre, mujer, locura, ya están dados; el título: Amor de trapo, me parece sugestivo. Me seduce, así mismo, la didáctica paradoja según la cual, después de que todos -psicólogos incluidos-- le creímos a Liliana Cáceres su voluminosa carreta, al enterarnos de la verdad nos ponemos tácitamente de acuerdo para decir que la loca es ella. Nosotros, los cuerdos, que estamos dispuestos a destrozarnos en el cruce de un semáforo, ya estábamos organizando colectas para solventar el embarazo múltiple. Nosotros, los cuerdos, pusimos a circular la noticia por cadenas de radio y televisión a nivel nacional e internacional. Nosotros, los cuerdos, estuvimos cuatro horas acosándola para practicarle un examen porque nuestra ciencia médica no alcanzaba para saber lo que sabe una comadrona a simple vista. Nosotros, los cuerdos, nos sacamos del bolsillo un cuentecito sobre la autoestima porque no tenemos más lenguaje que ese triste telex para enfrentarnos a los complejos vericuetos del alma humana. Y como nosotros somos los cuerdos, ya la encerramos, a ella, la loca, con todo su amor de trapo.

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