ERA UN GRAN PERIODISTA AUNQUE NUNCA ESCRIBIÓ

ERA UN GRAN PERIODISTA AUNQUE NUNCA ESCRIBIÓ

Si existen dos términos amalgamados en una sola idea son el nombre de Enrique Santos Castillo y la profesión de periodista. La mención de uno de ellos trae automáticamente el recuerdo del otro. Creo que no existe en Colombia, ni en el continente entero, un galardón que estuviera a la altura de lo que él representó para el desarrollo y progreso de EL TIEMPO y, por extensión, de todo el periodismo nacional. Lo curioso es que siempre fue un hombre férreamente político, en una profesión cuyas calificaciones deben excluir la política. Fue inquebrantable en sus ideas derechistas y, sin embargo, fue el principal orientador informativo de un diario liberal. Es posible que esto, que parece un contrasentido, haya sido lo que impidió que EL TIEMPO se convirtiera en un periódico extremista.

27 de noviembre 2001 , 12:00 a.m.

Si existen dos términos amalgamados en una sola idea son el nombre de Enrique Santos Castillo y la profesión de periodista. La mención de uno de ellos trae automáticamente el recuerdo del otro. Creo que no existe en Colombia, ni en el continente entero, un galardón que estuviera a la altura de lo que él representó para el desarrollo y progreso de EL TIEMPO y, por extensión, de todo el periodismo nacional. Lo curioso es que siempre fue un hombre férreamente político, en una profesión cuyas calificaciones deben excluir la política. Fue inquebrantable en sus ideas derechistas y, sin embargo, fue el principal orientador informativo de un diario liberal. Es posible que esto, que parece un contrasentido, haya sido lo que impidió que EL TIEMPO se convirtiera en un periódico extremista.

Durante los seis años largos que yo trabajé junto a él, fueron numerosas las peleas que tuvimos en torno a la interpretación de ciertas noticias. Pero esas peleas tuvieron siempre un matiz sorprendente. En primer lugar, nuestras relaciones nunca se resquebrajaron, y en segundo término, cuando yo leía al día siguiente el texto publicado sobre nuestras discrepancias, lo encontraba centrado, ponderado, equilibrado. Posiblemente esto se debía a que en el fondo de su espíritu se mantenía viva una llama liberal, que superaba su aparente terquedad e intransigencia iniciales.

Como todo ser humano, Enrique fue una mezcla de bondades y defectos, pero las primeras eran grandes y acentuadas y los segundos relativamente leves. Le tocó hacer el tránsito de un periodismo en que se recibían las noticias sobre las sesiones del Congreso en papelitos manuscritos por el reportero y enviados a las oficinas del diario por mensajero a medida que avanzaba la sesión, al periodismo moderno de los satélites y las computadoras, que han vencido a más de un veterano de la profesión. Y este tránsito lo hizo sin que le costara ningún trabajo, porque tenía conciencia de que EL TIEMPO se debía mantener a la altura de las últimas técnicas, si quería seguir siendo el líder del periodismo nacional.

La fusión de la persona y la profesión era absoluta en Enrique. El no era ni un dueño de periódico, ni un empleado, sino que era parte integral de todo el complejo que constituye la planta de un diario, como lo puede ser la rotativa. Vivía y dormía en función periodística y su cerebro era un río inagotable de noticias y siempre más noticias.

Enrique tenía dos familias: la suya propia, la Santos, y la que formaban los empleados del periódico, y en muy raras ocasiones hacía una diferencia entre una y otra. De una memoria increíble, recordaba los nombres de todos los 1.500 trabajadores que había en mi época de tránsito por EL TIEMPO, y no solo de ellos, sino de sus padres, sus esposas o sus hijos, además de los problemas de cada uno de ellos. Era una gran familia que sentía que estaba trabajando para don Enrique . Este fenómeno era particularmente acentuado en la sala de redacción, pero ese hálito de camaradería se extendía por todos los rincones del edificio y no excluía ni a los operarios de la rotativa (los periodistas de overol), ni a los empleados del aseo. Todos solían decir que el corazón de Enrique era tan grande que tenía cabida para esa tremenda familia.

En cuanto al círculo más reducido de su propia familia Santos, era querido y venerado con devoción por todos.

Recuerdo haber conocido a Enrique alrededor de 1950, cuando apenas habían pasado unos cinco años de su ingreso al periódico. Y el Enrique fallecido este domingo era idéntico al de hace medio siglo, a pesar de la paulatina pérdida de la memoria, acentuada particularmente a partir de la muerte de Clemencia, su compañera de toda la vida.

Enrique parecía tener una vida organizada en torno a sus funciones de jefe de redacción, primero, y editor general, más tarde, del diario. Llegaba a su oficina alrededor de las nueve de la mañana, con los bolsillos repletos de papelitos con anotaciones hechas durante la lectura de todos los diarios de Bogotá, mientras tomaba el desayuno. Y tan pronto entraba a la sala de redacción, comenzaba a hacer observaciones o reclamos, sección por sección: por qué no tuvimos esta noticia? A quién se le ocurrió meter esta noticia en primera página? Quién es el responsable de este error? Cuando llegaba a su oficina, sacaba los papelitos e iba eliminando aquellos sobre los cuales ya había reclamado en su tránsito de ingreso.

Instalado en su oficina, cuando el periódico se trasladó al nuevo edificio de la Avenida Eldorado, dominaba la redacción a través de un amplio ventanal que le permitía ver toda la sala. Hablaba diariamente con casi todos los redactores, además de recibir a políticos, solicitantes de una recomendación para conseguir un empleo y lagartos por docenas. Revisaba todo el material que iba a salir publicado al día siguiente y muchas veces lo hacía mientras recibía una visita. En esos momentos se convertía en corrector de pruebas, pues tachaba las frases que consideraba superfluas, cambiaba palabras y modificaba los títulos.

Cuando lo veía haciendo todo esto, me preguntaba cómo era posible que tal función la ejecutara una persona que jamás en su vida escribió un párrafo, pero ni siquiera la leyenda para una fotografía de las páginas sociales. Nunca le pregunté por qué razón no escribía él mismo, cuando devolvía artículos y pedía al redactor que los modificase en determinado sentido. Muchas fueron las veces en que estuve tentado de hacerlo, pero me abstenía por temor a que la respuesta (más que la pregunta) lo incomodara, pues la respuesta podía ser una confesión de que no sabía escribir o de que no tenía buena ortografía o algo por el estilo. En todo caso, demostró que el jefe de redacción del diario más importante de Colombia no necesitaba escribir para que la edición saliera completa y correcta.

El salir del periódico, entre las siete y las nueve de la noche, no representaba su desaparición hasta el día siguiente. Vivía comunicado por cualquier medio: el radioteléfono desde el vehículo o los teléfonos desde la casa, el club, el teatro o el sitio a donde había sido invitado. Esta inmersión en la noticia es algo que no he visto en ninguna otra parte del mundo, ni en ningún otro periodista. Y a pesar de que prácticamente se acostaba después de leer todo el material, lo primero que hacía en la mañana era leer el ejemplar de EL TIEMPO, que le deslizaban por debajo de la puerta, en la camioneta que salía con los primeros ejemplares.

Ese volcán de ideas, que no eran ideas sino noticias, esa intuición para encontrar la noticia en donde nadie la había visto y esa permanente dinámica en torno a la información fueron los que hicieron de Enrique el personaje de mayor relieve en toda la historia del periodismo colombiano.

Una vida premiada.

Enrique Santos Castillo nació en Tunja el 12 de abril de 1917 y a lo largo de sus 84 años acumuló premios, condecoraciones y reconocimientos. Aquí algunos de ellos:.

Febrero de 1946: Fue elegido primer presidente de la junta del Círculo de Periodistas de Bogotá (CPB).

Junio de 1979: Recibió la orden Policarpa Salavarrieta, en Guaduas (Cundinamarca).

1986: Junto con su hermano Hernando recibió el premio de Periodismo Simón Bolívar a la vida y obra de un periodista.

Febrero de 1993: El CPB le otorgó la medalla Guillermo Cano en reconocimiento a su trayectoria profesional.

1996: El CPB le entregó la medalla Antonio Nariño como uno de los fundadores de la institución.

Octubre de 1997: Con su hermano Hernando recibió el premio de periodismo María Moors Cabot, que otorga la Universidad de Columbia (Estados Unidos) por sus contribuciones a la libertad de prensa y las relaciones interamericanas.

Abril de 1998: El Colegio de Abogados de Santa Fe de Bogotá, lo condecoró con la Orden del Derecho en el grado de Gran Cruz. Fotos. - Una verdadera dinastía heredó su vena periodística. Hizo de su hijo Enrique - Codirector de EL TIEMPO- el mejor columnista.Su nieto Alejandro, director de Semana , comparte la pasión por el oficio. - Sus nietos lo adoraban porque era un abuelo complaciente.

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