LA CONSTRUCCIÓN Y OTROS TEMAS

LA CONSTRUCCIÓN Y OTROS TEMAS

A finales de 1991 fui designado sorpresivamente, y por segunda vez, como presidente Nacional de Camacol y aunque no era mi intención prolongar más mi ya larga participación en la vida pública, acepté para colaborar a la solución de algunos problemas internos del gremio y en lo posible ayudar en el fortalecimiento del sector, a través de una organización de la cual fui uno de sus fundadores.

20 de diciembre 1997 , 12:00 a. m.

En esos momentos el país estaba comprometido en la fase inicial de una apertura económica de choque adoptada desde inicios de ese año por la administración Gaviria y la cual, sin mayores elementos de juicio, fue apoyada en general por la opinión pública, aunque no faltaron voces que expresaron reservas y temores. Resultaba obvio que el país ya estaba cansado de esa política de circuito cerrado, establecida por la Cepal desde los años 50 y por ello el destape o supresión del cinturón de castidad comercial fue recibido con mucha efusión por la inmensa mayoría de los colombianos.

Pero además, retardar esta importante decisión era dejar rezagada a la nación frente al vigoroso proceso de integración y globalización de la economía mundial, hecho que fue posible, en buena parte, debido al fin de la guerra fría y la expansión de los grandes mercados.

Para el sector de la construcción en Colombia, la apertura coincidió exactamente con el final de la rama recesiva de esta actividad que venía desde el año de 1988 y que afectó, con cierta severidad, la industria de la Construcción.

En estas condiciones, la apertura económica con todos sus aldehalas, como fueron el ingreso de capitales, la estabilidad cambiaria, una demanda interna en acelerada expansión y una oferta reducida en el mercado inmobiliario, permitió fortalecer notablemente el ciclo expansivo del sector, el cual durante cuatro años batió todos los récords históricos y posibilitó la construcción de más de 45 millones de metros cuadrados y dar empleo a cerca de 800.000 colombianos.

Dicha bonanza terminó en 1995, llevando consigo un gran volumen de oferta y una notable caída en la demanda interna que indujo, en parte, a un proceso generalizado y desacelerativo de la economía nacional del cual apenas hoy estamos comenzando a salir, pero cada día con mejores perspectivas para el futuro inmediato.

En los últimos tres años, los problemas económicos referidos, añadidos a un gran déficit fiscal, afectaron claramente el desarrollo nacional y el clima de los negocios, ello es cierto pero resulta poco, comparado con el perturbador efecto que ha generado la crisis política acompañada por una voraz corrupción en todos los niveles, cuyo costo real -según ciertos estimativos- puede alcanzar una suma superior a un billón de pesos y la única acción conocida hasta ahora, fuera de las que adelantan las autoridades judiciales, es aparentemente la presentación de un proyecto de Ley para que la Nación, asuma la pérdida de 120.000 millones de pesos defraudados a Caprecom por delincuentes de cuello blanco, cuya proliferación por estos tiempos tiene asombrada a nuestra sociedad y asolado el tesoro público, siendo este un sólo ejemplo de lo que podría denominarse como una feria del tesoro público.

Habiéndome correspondido vivir difíciles episodios de la vida nacional a lo largo de esta segunda parte del presente siglo, esperaba confiado que pese a nuestros grandes conflictos y falencias del Estado, Colombia pudiera entrar al nuevo milenio con una imagen de país moderno, civilizado y con gran capacidad para intervenir como líder en los procesos políticos y de integración económica del continente.

Las condiciones las teníamos para ello, pero todo parece indicar que dado lo acaecido y el tiempo disponible, solo será posible en el mejor de los casos, preparar las bases y acuerdos necesarios para que una nueva nación, constituida por lo mejor de nuestra sociedad, pueda poner manos a la obra a tan trascendente tarea. Pero ello no pasaría de ser una grandiosa utopía, si buena parte de la clase política actual, que tanto conocemos, logra su claro empeño de seguir siendo dueña de los destinos del país y su mejor usufructuaria.

Debemos tener una clara conciencia, que lo suceda en materia política en el año de 1998, situado en la misma frontera del nuevo milenio, definirá sin la menor duda la suerte del país y el papel que habremos de jugar en la ardua y fascinante búsqueda de un mundo más justo y digno para toda la humanidad y allí debe estar Colombia.

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