EL PAÍS TAYRONA

EL PAÍS TAYRONA

Cristóbal Colón y Simón Bolívar se dan la mano en las cumbres heladas de la Sierra Nevada de Santa Marta. Allí, en los confines de la montaña de litoral más alta del mundo, y en plena frontera superior del país, estos dos picos gemelos, de 5.770 metros sobre el nivel del mar, conviven en abrazo fraterno como símbolo del encuentro de dos épocas de la historia nacional.

19 de marzo 1992 , 12:00 a.m.

Y es que la mole montañosa de la Sierra, que tiene 16.400 kilómetros cuadrados, fue sede, primero, de una de las civilizaciones más avanzadas de América en tiempos precolombinos; luego, escenario de los más cruentos acontecimientos de la conquista española, y, hoy, monumento de una república que dejó en manos del infortunio sus tradiciones.

Geográficamente, la Sierra es de por sí un fenómeno: una enorme pirámide con base triangular cuyas cumbres nevadas distan de las coralinas playas caribes escasos treinta kilómetros.

Abundante en paisaje, en bosques exuberantes y fauna autóctona, reúne como un libro de geografía todos los ecosistemas propios del trópico: selva húmeda cálida, selva húmeda templada, bosque húmedo frío, páramo, superpáramo y piso nival. El país tayrona Fue en ese entorno en donde se instaló una de las civilizaciones precolombinas más avanzadas de América: el pueblo tayrona. El mismo que hizo de la Sierra un gran país con más de 200 ciudades; una intrincada red de caminos de piedra, y las condiciones suficientes para que una población que superaba el millón de habitantes no ocasionara desmedro al entorno natural.

Y es que los tayronas, orientados por firmes principios religiosos, se vieron obligados a desarrollar altas técnicas de urbanismo y agricultura que no afectaran su pacha-mama: su tierra, su dios.

Construyeron enormes terrazas escalonadas para el cultivo, adecuadas a la topografía de la Sierra y buscaron el máximo aprovechamiento de los espacios horizontales. Acondicionaron drenajes para evitar la erosión, y muros de contención para regular el curso de las aguas y crearon un sistema de irrigación artificial que favorecía los cultivos sin someterse a las lluvias. Todo esto constituía un sistema arquitectónico que puede observarse hoy, intacto, en las ruinas de la que fuera Tayronaca, conocida ahora como Ciudad Perdida.

Esta última ciudad, que no fue de las más grandes, fue alcanzada por los españoles en 1630, cuando tenía por lo menos 3.000 habitantes en 250 emplazamientos de viviendas. Su acceso no era difícil: aún están ahí los 400 kilómetros de vías empedradas que, a través de la Sierra, conducen a ella.

El poder político, económico y religioso conformaba una unidad personificada en el Naoma o sacerdote mayor. La especialización por labores superaba la simple división por sexo y edad y llegaba a las mismas ciudades: las había de pescadores, de agricultores y de artesanos. Comienza el encuentro Vestidos con mantas de algodón pintadas con coloridas figuras y adornados con oro y plumas, los tayronas fueron sorprendidos por los españoles en 1498 cuando fondeó en las costas caribes colombianas Alonso de Ojeda. A partir de ese momento se inició un proceso irreversible que culminó, setenta años después, con el exterminio de esa cultura y el comienzo de un nuevo mundo, el que tenemos hoy.

El encuentro en forma se dio en 1500 con las repetidas visitas de Rodrigo de Bastidas, que negociaba en forma pacífica en busca de oro y perlas.

Bastidas fue llevado a juicio a España por una culpa que después se le condonó y el litoral fue virtualmente abandonado como posible colonia española por veinte años.

Pero no fue abandonada la idea de que de allí era posible extraer mano de obra esclava para trasladarla por la fuerza a las que en ese momento eran consideradas las islas útiles del Caribe: Jamaica, Santo Domingo, Cuba y Puerto Rico, y por ello se realizaron periódicos asaltos que se planeaban en Santo Domingo con el pretexto de conseguir riqueza a través del trueque.

Fue entonces cuando la población indígena de Santa Marta comenzó a huir hacia los casi inaccesibles valles de la Sierra Nevada y paulatinamente se convirtió de pueblo pacífico en acérrimo enemigo de los blancos.

Esa fue la situación que encontró en 1524 el mismo Bastidas, cuando regresó como acaudalado comerciante y rematador de rentas reales de Santo Domingo para capitular , es decir, convenir con la corona, la conquista y población de Santa Marta, hecho que efectuó en 1526.

Un año alcanzó a cumplir de gobierno cuando capitanes y soldados se sublevaron contra su pacífica política y, una noche, lo atacaron e hirieron con puñal y lo obligaron a huir a Cuba, donde finalmente murió a causa de las heridas.

Rodrigo Alvarez Palomino, Pedro de Vadillo, García de Lerma y Rodrigo Infante, los gobernadores que siguieron, aplicaron una política de sangre y fuego. Pocigeica, legendaria ciudad de los tayronas, Bonda y Taironaca fueron sitiadas, ocupadas y arrasadas continuamente.

El costo fue alto para los españoles: escaseó la mano de obra para la labranza y hubo hambre hasta el punto de que muchos colonos se arrojaban al mar con la esperanza de que los barcos los recogieran.

Fue en esas condiciones cuando llegó el adelantado Pedro Fernández de Lugo, con un pelotón de 1.200 hombres entre los cuales estaba Gonzalo Jiménez de Quesada. El quiso negociar pero ya era tarde. Los indios habían huido a las zonas más encumbradas de la Sierra con lo que necesitaban. Los vestigios, hoy En la actualidad habitan la Sierra los indios kogui, ijka y vintijua, conocidos como arhuacos y considerados los descendientes directos de la cultura tayrona. De su pasado conservan mitos y tradiciones, pero su situación es aún desesperada.

Sus poblados se sitúan siguiendo generalmente el curso de los ríos, desde la parte baja, en donde siembran cacao, café, plátano y caña, hasta los páramos, donde el cultivo general es la papa. Algunos tienen ganado vacuno y casi todos ovino, del cual obtienen la lana para vestidos y mochilas.

Entre las tradiciones, dos se mantienen como baluartes: la figura del Mamo, antes Naoma, y el rito de la coca.

Los pueblos arhuacos están diseminados en las partes de más difícil acceso de la Sierra. Su capital sagrada es Nabusímake, llamada San Sebastián del Rábago por los misioneros. Tiene cincuenta casas y es catalagodo por muchos como el pueblo más bello de Colombia. También allí se conserva, al estilo antiguo, la kunkurua o templo de los indígenas, construido en ocho niveles internos, en concordancia con los niveles de los dioses.

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