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LA TENTACIÓN CONSTANTINIANA

LA TENTACIÓN CONSTANTINIANA

El padre Llano se refirió en su columna a la laicización como factor del colapso nacional. Bien que mal, la separación entre Iglesia y Estado alude a la fractura entre feudalismo y modernidad, representados aquí por liberalismo y conservatismo, cuando eso tenía significado. El proceso fue claro en las metrópolis. En colonias aún está en marcha, a las buenas o a las malas, pero con deformidades de las cuales ellas mismas no tienen control ni conciencia. Al tiempo, el New York Times reseña tres nuevos libros sobre el papado, institución que ilustra la ambigedad religiosa y temporal de la Iglesia. El suscrito conoce un proyecto de libro al respecto, del doctor Hernán Vergara, que enfrenta la confusión entre fe y poder, nacida de la simbiosis entre trono y altar desde Constantino, que por lo pronto le supuso dos cismas a la catolicidad, el de oriente y la reforma. Es la llamada tentación constantiniana contra lo de mi reino no es de este mundo .

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
16 de diciembre 1997 , 12:00 a. m.

Es conocida la anécdota del historiador protestante Pastor, que después de estudiar el pontificado del Renacimiento, regresó a Roma convertido por la inmunidad de la doctrina a semejante contradicción, o sea, la piedra de Pedro. El Concilio Vaticano redefiniría la función social de la Iglesia, con el eco en Latinoamérica de la proclama del Celam en Medellín, de servicio al débil y no al Estado. El reciente sínodo de la jerarquía americana discutió el desarrollo del norte protestante y la pobreza del sur católico, como efecto de morales divergentes.

Segregada de Europa por los Austria, España escampó modernidad y reforma. Hubo Inquisición, por la que el Papa pidió perdón. Aquí, conquista y colonia fueron sociedad de soldados y misioneros. Luego, el liberalismo perdió las guerras religiosas del siglo pasado. La metamorfosis ulterior universal de moral teocrática conservadora en capitalista laica liberal ha tenido aquí vicisitudes confusas, principalmente por la perversión y manguala crecientes de los partidos, para los cuales ideología y moral son ya insignificantes, con la consecuencia de un país descerebrado. En medio de la anomia y la semianarquía, nadie tiene claro adónde vamos: difícilmente, de regreso al Estado confesional, como el Islam; tampoco al liberalismo ilustrado democrático; más seguramente, a la rendición incondicional al dinero, de mano del agnosticismo moral, que no obstante hace agua en todas partes.

Pero se señala que la inquietud moral de cualquier índole conduce siempre a su fundamento y que allá se reconcilian Kant y San Pablo. En cuanto al hombre, como es libre, a veces confía en liderazgos corrompidos o coyunturales, o en los de la moral; es su riesgo. Desde Auschwitz, el gulag e Hiroshima, la relación entre poder y moral es la preocupación mayor del pensamiento, como lo fue en el libro inaugural de la Política, donde Platón propuso la moral como la ciencia de los gobernantes. Algo que visiblemente no saben aquí.

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