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LA VERDAD DE LAS MENTIRAS

LA VERDAD DE LAS MENTIRAS

Las personas que hacen fila en Nueva York, frente a las vitrinas navideñas de la Quinta Avenida asisten, seguramente sin proponérselo, a la que será una exposición en algún museo de Norteamérica dentro de veinticinco años. Hoy, las vitrinas diseñadas por Andy Warhol en los años setenta están dentro de Whitney Museum of American Art.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
16 de diciembre 1997 , 12:00 a. m.

Con el nombre de The Warhol look, el Museo Andy Warhol de Pitsburg organizó esta muestra con pocas de las obras realizadas por Warhol y toda parafernalia que coleccionó, vistió y diseñó: la decoración y la moda Warhol de los setenta y los ochenta.

Warhol nos enseñó que una etiqueta de supermercado se puede convertir en obra de arte. Y ahora él mismo (un maniquí), sus trajes y hasta su peluca enmarcada, puestos entre un museo se convierten en piezas de arte.

Las obras de Andy Warhol son el reflejo de una época. Tienen un valor histórico. Son evocaciones de un intento fallido por desmitificar los íconos con que convivió toda una generación. Son un ejemplo concreto de la importancia que ha tomado en nuestro medio un facilismo que todos pueden consumir. Arte para todos los públicos justificado por su precio extravagante en el mercado.

Entrar en las salas de la exposición del Whitney produce añoranza para quienes vivieron la psicodelia y ven en The Factory un elemento fundamental contra las normas de las que hoy todavía pretenden librarse. Sus rostros se transforman mientras recorren el museo. Gozar reviviendo una etapa de su vida en la que creyeron que creían en sí mismos y durante la cual pensaron que tendrían la capacidad para llevar una vida acorde a sus propias alternativas. Al salir del museo vuelven a la cruda realidad. La misma que los agobia desde hace dos décadas cuando dejaron de lado sus sueños para convertirse en lo que son. Sufren, del mismo modo que debió haber sufrido en carne propia el mismo Andy Warhol, al ver el vacío profundo de toda una ideología, de toda una propuesta estética.

Warhol metió la calle en el arte y tomó la publicidad para convertirla en obra de arte hasta hacer de su arte algo tan ligero como la misma publicidad. La etiqueta de Campbell Soup, el diseño de la caja Brillo, el traje Fragile, todos se convierten en la forma de promover lo que los publicistas, los mayores mentirosos del siglo veinte, utilizan para timar a quienes se amontonan frente a las vitrinas navideñas de la Quinta Avenida y obedecen a un Santa Claus mecánico que los invita a entrar de compras en el almacén.

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