JOSE LUIS DIAZ GRANADOS

JOSE LUIS DIAZ GRANADOS

Un día exigió que no le leyeran más cuentos para dormir. Versos, solo versos quería para arrullarse. Tenía entonces 7 años y había escrito su primer poema en una de las hojas en blanco que conservaba el álbum de autores famosos de su madre.

05 de agosto 1990 , 12:00 a. m.

Hoy, a los 44 años, publica cuentos, poemas y hasta novelas, que se recrean en su alma de lobo estepario allá en el barrio Palermo de Bogotá, donde ha vivido desde que abandonó su Santa Marta natal.

Alrededor de su máquina de escribir palpitan la técnica y el monólogo interior de James Joyce y la libertad para crear de Henry Miller. Ellos son su inspiración. La vena poética es latina: le encanta Pablo Neruda.

Escribir es la excusa para dejar salir sus demonios y obsesiones personales, aunque también la manera de recordar a sus viejos conocidos: Manuel José, su padre; Alba, la prima que se convirtió en su esposa... musas que ahora habitan prisioneras dentro de unos cuantos versos.

Del periodista, aquel que en Santa Marta fundó el periódico El Ciudadano, queda más bien poco. Guarda la nostalgia de no ser reportero, pero se resigna con Novedades colombianas , columna que publica hace 11 años en este diario. Nombre heredado de aquella otra, Libros colombianos , escrita por Luis Eduardo Nieto, su inspiración.

José Luis Díaz Granados es como un espía de Dios. Lee textos de teología mientras José Kristián, el protagonista de su libro Las puertas del infierno, anda por bajos fondos buscando a un ser superior.

En 1987 estuvo nominado al premio Rómulo Gallegos . Ahora acaba de recibir el premio Simón Bolívar en la categoría de reportaje, por su entrevista al escritor Luis Vidales. Trabajo que repitió tres veces: es un perfeccionista.

De sus años de farra conserva el gusto por el aguardiente. Es que después del divorcio decidió ingresar al club de los mujeriegos y dicen que por una pena de amor se enfermó de la garganta. Y eso que su verdadero gran amor es un hombre: Federico, su hijo.

Ya dejó el cigarrillo (se fumaba veinte diarios), pero no ha podido abandonar la colección de hojas de vida de sus amigos. El novelista Luis Fayad y el poeta Francisco Socarrás hacen parte de la muestra.

El tinto tampoco lo abandona, pues es su eterno compañero en las largas noches de creación, y una de sus especialidades culinarias. La otra es la bandeja paisa.

Viajar, más bien poco: ver las mismas esquinas en otros lugares no le gusta. Prefiere encerrarse en su habitación, salpicada con algunos de sus retratos, y dejarse consentir por la música andina o el rack-time, melodía de las antiguas películas de gangsters.

Al salir gambetea un poco por las canchas de fútbol, herencia de aquella época como mascota del Santa Fe. Sus amigos del barrio jamás le habrían perdonado ser hincha de Millonarios.

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