LA CHISPA DE LA VIDA

LA CHISPA DE LA VIDA

A los 65 años de edad al señor Roberto Goizueta se le ha acabado la chispa de la vida. Lo siento. Alguna vez le leí una entrevista muy ingeniosa. El periodista le pregunta: Cómo puede dormir usted con la tremenda polémica creada por el nuevo sabor de la Coca-Cola? . A lo que Goizueta responde: Duermo como los niños . Plácidamente? , se asombra el periodista. No aclara Goizueta, cada dos horas me despierto llorando . Eso es humor.

15 de diciembre 1997 , 12:00 a. m.

Los obituarios lo cuentan con todo detalle. Fue dieciséis años, presidente de la Coca-Cola, y bajo su dirección la compañía alcanzó el mayor crecimiento de toda su historia. Era el hispano más rico de Estados Unidos. Su fortuna personal se calculaba en mil trescientos millones de dólares.

Treinta y seis años antes había aterrizado en Estados Unidos con cuarenta dólares en el bolsillo y un título de ingeniero obtenido en Yale poco antes. Huía del comunismo, pues en el paraíso que Castro comenzaba a erigir no había espacio para los emprendedores capitanes de industria. Comenzaba en Cuba la era de los obedientes funcionarios, dóciles repetidores de consignas, y Goizueta, simplemente, estaba hecho de otra pasta.

Eso era todo? No: Goizueta tenía lo que el periodista británico Anthony Sampson llama el fuego de los emigrantes . Esa furia por abrirse paso a dentelladas dictada por la apremiante sensación de que se ha perdido una parte importante de la vida. Para los emigrantes la vida comienza en el momento exacto en el que se llega a la tierra de adopción. El antes se convierte en una cosa borrosa. No hay tiempo que perder.

Según Sampson, la explicación más razonable del milagro económico de los asiáticos en Singapur, Hong Kong y Taiwán hay que buscarla en el éxodo masivo de los exiliados chinos tras la toma del poder por los comunistas en 1949. Varios millones de chinos, muchos de ellos pertenecientes a la intelligentsia de Shangai la crema de la ciencia y, especialmente, del mundo empresarial huyeron hacia los enclaves que les abrieron los brazos, y allí, apuntalados sólo por el capital humano que portaban sus cerebros llenos de cierta información valiosa, y aguijoneados por la urgencia de reconstruir sus vidas rotas y desestructuradas, fueron capaces de crear una inmensa riqueza en menos de treinta años. Por primera vez en la historia se observaba el espectáculo de una sociedad que, en el curso de una generación, pasaba de la miseria a la abundancia.

Y lo curioso es que esta tensa ética de trabajo parece que se transmite a la segunda generación. Quien ha visto a sus padres levantarse al alba y acostarse en la madrugada para traer el pan a la casa, aprende a respetar esos valores y tiende a repetir este tipo de conducta. Ese fenómeno lo he contemplado entre los exiliados cubanos, siempre un poco locos, pero extraordinariamente laboriosos. Y no se trata de acumular dinero: se trata de cambiar la vida con el sudor de la frente. Se trata de trabajar por el extraño placer de trabajar, pues el estrés es como una droga que mata, pero sin la cual resulta muy difícil continuar viviendo.

Goizueta, me cuentan, trabajó mientras tuvo fuerzas. No era claro el dinero lo que lo motivaba. Era la pasión de hacer cosas constructivas y una repugnancia casi instintiva a perder el tiempo, pues hay algo oscuramente censurable en desperdiciar la vida en la inactividad o en el ocio improductivo.

Tal vez esto tenga alguna relación con el éxito económico y social de los judíos. Si ha habido un pueblo de emigrantes casi siempre a su pesar ha sido el judío. Desde el éxodo bíblico, hasta la diáspora provocada por la represión romana, y desde entonces a hoy víctimas de otras mil persecuciones, los descendientes de Abraham han tenido que liar los bultos con más frecuencia que ninguna otra etnia, circunstancia que debe haber dejado una huella muy peculiar en su sicología.

Esa tenacidad, esa intensa vocación por el trabajo y por la búsqueda de la excelencia, esa extrema competitividad, son los rasgos del emigrante. El judío errante nada tenía que ver con la caricatura antisemita. La maldición que supuestamente lo condenaba a vagar por el mundo acabó por dotarlo de grandes virtudes sociales.

Mi amiga Sofía Imber es una judía venezolana, procedente de Polonia o de Ucrania siempre me confundo, tan importante, que el mejor museo de arte contemporáneo de América Latina, situado en Caracas, lleva su nombre.

sofía es la viuda de Carlos Rangel, el ensayista que hace algo más de veinte años cambió la historia intelectual del continente con Del buen salvaje al buen revolucionario; autor que hace una década optó por morirse y se quitó la vida de un balazo. Carlos y Sofía eran una inseparable pareja en la televisión y en vida.

Quienes los conocimos sabíamos que se amaban profundamente. Carlos, incluso, se lo dejó escrito en la carta de despedida. Pues bien, Carlos se mató un viernes. Lo velaron el sábado. Lo enterraron el domingo. El lunes, Sofía Imber, con una increíble entereza sólo traicionada por los ojos hinchados de tristeza, estaba frente a las cámaras de la televisión. Uno puede morirse. Lo que no se perdona es dejar de trabajar. Son cosas de inmigrantes. (Firmas Press)

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