LA COSECHA DEL MONO

LA COSECHA DEL MONO

Una mañana fría de 1944, cuando tenía nueve años, Jorge Hernández decidió demostrarle a su profesor de tercero elemental que no había necesidad de regañarlo ni obligarlo a calcar mapas. De memoria, dibujó en el tablero el mapa de Colombia, con todos sus ríos, montañas, valles, capitales y algunos mamíferos que, desde entonces, empezaban a fascinarlo. Sin saberlo, su cuestionamiento precoz al sistema educativo se convertiría, medio siglo después, en su testimonio de vida: el niño autodidacta es hoy una autoridad latinoamericana en ciencias naturales y, sin ostentar diplomas ni doctorados, ha educado en bares y oficinas a dos generaciones de ambientalistas.

30 de noviembre 1997 , 12:00 a.m.

Precisamente, su resistencia a la academia convencional y a la especialización lo han hecho dueño de un saber integral que abarca no solo la zoología, la botánica y la ecología clásicas, sino también el dominio de la mastozoología, ornitología, herpetología, taxonomía animal, paleontología, geología, virología, genética y estadística, por citar algunos. Incluso ha participado en estudios biomédicos sobre cáncer del colon en primates no humanos, en colaboración con las universidades de Ohio y Nevada.

No ha sido fácil para el Mono , como llaman sus innumerables discípulos al doctor Jorge Hernández Camacho. Y menos en un país que vive de las apariencias, se arrodilla ante los PhDs y otorga cargos y salarios según los títulos extranjeros que aparecen en la hoja de vida. El costo ha sido una vida entera en la sombra de las oficinas públicas, al ritmo precario de las cómodas cuotas mensuales de la clase media bogotana.

Este año, por fin, el Mono Hernández empieza a recoger su cosecha: la Universidad Nacional le otorgó recientemente el doctorado Honoris Causa y el jueves pasado, el Fondo Fen para el Medio Ambiente le concedió el premio a la vida y obra del mejor científico colombiano, por valor de diez millones de pesos.

Además del reconocimiento a una persona, estas distinciones deberían ser vistas como un homenaje al saber universal que el Mono encarna, porque él es, sin duda, el último de los naturalistas vivientes que tenemos en Colombia , dice el biólogo Germán Andrade.

Sin embargo, desde muy temprano el Mono renunció a la carrera de las vanidades: Al principio, era muy buen estudiante en el colegio. El primer año saqué un promedio de 4.8. El segundo, ya el puesto 22. Llegué a perder un año por fallas .

Su descenso en el desempeño escolar tuvo una razón poderosa, que habría de marcar el resto de su vida: Muy rápida y claramente perdí la idea de que sacar el primer puesto era una cosa buena. Y perdí esa sed por obvias razones: por ver cómo se calificaba, cómo eran de relativos y desconfiables los sistemas de valoración del conocimiento. Fue muy útil aprender a desconfiar de las calificaciones .

Este descubrimiento del niño superdotado explica, en parte, la vocación autodidacta del adulto, su preferencia por la pedagogía informal, su desinterés por títulos y chequeras, sus dudas sobre la mitificación de los doctores , su irrefutable tendencia hacia lo marginal, sus bigotes pintados de nicotina y su perenne exceso de modestia.

También explica su voluntad de permanecer como cerebro en la sombra de la gestión pública ambiental en Colombia, durante el último medio siglo, desde la fundación del Inderena hasta su liquidación. Como director de investigaciones de ese instituto, al Mono se le debe la paternidad del Sistema de Parques Naturales Nacionales, de las políticas sobre biodiversidad y de la creación de los institutos de investigación adscritos al Ministerio del Medio Ambiente, especialmente el Von Humboldt y el Ideam. Es paradójico que ninguno de ellos recurra hoy a su asesoría oficial.

Los recuerdos de otro pionero ambiental, el maestro Julio Carrizosa, ilustran las labores del Mono: Más que el Mono , Jorge era, en el Inderena de los años setenta, el sabio de quien dependíamos todos los gerentes de esa institución. El sabio defendía los parques nacionales con dardos científicos contra los desarrollistas de 1973 o libraba batallas institucionales contra el contrabando de fauna, las intenciones de urbanizar el Parque Tayrona, las oposiciones a la creación del Código Nacional de los Recursos Naturales, las arremetidas de los economistas, los políticos, los abogados y los burócratas profesionales contra los ecosistemas .

No se ha dicho advierte Julio cuántas batallas ganó el Inderena gracias a la imagen y a las estrategias gestadas por el sabio Hernández . Quizás la anécdota que las sintetiza con mayor precisión es la que Carrizosa relata así: Recuerdo una tediosa sesión del Conpes en 1977 en presencia del entonces presidente Alfonso López, cuando, después de una minuciosa argumentación de Jorge para crear en un solo día 17 parques naturales, el más escéptico y economicista de los ministros insistió en que le explicaran el concepto de endemismo . Miré al Mono y percibí en sus ojos el brillo con que apreciaba el plato que se le servía. Minutos después de que el Mono se remontara a la teoría de la evolución y al proceso de diversificación de las especies en América Latina, se levantó un rumor de aprobación en la sala y entonces el presidente López se apresuró a frenar la disertación, al declarar que él sí estaba suficientemente ilustrado. Esa suficiente ilustración es la que el sabio ha proporcionado a las instituciones ambientales del país durante más de treinta años .

Con la misma generosidad, el Mono se explaya ante cualquier auditorio en la descripción precisa y detallada de cada especie y cada ruta migratoria, en largos y pulcros relatos que empiezan en los refugios del Pleistoceno y terminan en la última referencia bibliográfica sobre el tema. Una tarde, Carlos Fonseca, ingeniero ambiental, le preguntó por los delfines rosados del Amazonas. Era la una de la madrugada y el Mono seguía hablando, gracias a ese recurso ingenioso de inventarse una universidad virtual en cada oficina y cafetín, el más célebre de los cuales es el de la 34 con Caracas .

Al calor de unos tragos o perfumado ante auditorios internacionales, el Mono va en contravía de la tendencia global a privatizar y patentar el conocimiento, para compartir sin avaricia la obra oral más prolífica de la taxonomía americana. Apoya sus explicaciones en sus dotes de dibujante. Según otra de sus discípulas, la experta ambiental Diana Pombo, el Mono es capaz de dibujar el contorno de la barriga de una mariposa nueva para la ciencia o las curvas del cráneo de un murciélago sin que le tiemble la mano .

Precisamente, el murciélago es uno de sus mamíferos voladores preferidos. No es extraño verlo embelesado ante un bicho con las alas abiertas, susurrándole como si se tratar de un bebé. Colombia dice es uno de los países con mayor diversidad de especies de murciélagos del planeta: de cerca de novecientos conocidas en el mundo, el país tiene unas 160 . Es capaz de suministrar la misma información sobre aves, anfibios, orquídeas, primates, frailejones.

Es impresionante la solidaridad y asistencia que despertó la entrega del premio al Mono Hernández, la noche del 27 de noviembre en Bogotá , dice Angel Guarnizo, director del Fondo Fen. De alguna manera, la forma como las instituciones han tratado al Mono, refleja la importancia o la indiferencia que estas demuestran hacia el medio ambiente. El mejor homenaje que el país puede hacerle, es recuperarlo como asesor honorífico de la gestión ambiental actual .

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