RECORDERIS A PROPÓSITO DE LA RECESIÓN

RECORDERIS A PROPÓSITO DE LA RECESIÓN

En las últimas semanas, después de la confirmación de la recesión del primer trimestre, los colombianos hemos comenzado a leer todo tipo de explicaciones sobre lo que está pasando. Una presentación cada vez más frecuente es que estamos en una grave crisis estructural por un desmoronamiento moral del país combinado con un atroz debilitamiento de la estructura económica como consecuencia de haber abandonado el modelo de disciplina y ortodoxia económica que, supuestamente, estuvo vigente hasta el final de la administración anterior.

16 de junio 1997 , 12:00 a. m.

Incluso una prestigiosa y para mi muy querida entidad, porque durante seis años estuve dedicado a construirle una reputación de objetividad y capacidad analítica, salió hace poco con la perla que lo que todos veían no era cierto y que la actual recesión no tiene nada que ver con el colapso de la demanda, sino (ya sé que parece una broma) con problemas estructurales de oferta.

Se ha vuelto tan descarada la pretensión de escribir como neohistoria lo ocurrido en los últimos años que ahora se pretende que la recesión de 1991 no tuvo que ver con los colosales errores de manejo macroeconómico de ese año y que la aceleración posterior tampoco tuvo que ver con la abrupta transformación de una política absurdamente restrictiva en la combinación más culiprontista de expansión monetaria y de gasto público de la historia moderna. Para completar se achaca la recesión posterior a un supuesto movimiento hacia la heterodoxia fiscal, amén de otros cambios estructurales.

Por ejemplo, el ex ministro Hommes nos sorprendió la semana pasada con la novedad de que la causa de la recesión de 1991 fue el temor de los inversionistas a las posibles consecuencias de la apertura económica y no, como lo apreció en su momento todo el mundo, el absurdo encaje marginal del 100 por ciento y la increíble política de colocación de OMAS a tasas hasta del 48 por ciento anual. También nos informó que la recuperación posterior fue la simple consecuencia de la desaparición de los infundados temores iniciales por la apertura económica y no, como era evidente para todos, que la tasa DTF anual hubieran caído de 39.3 por ciento en septiembre de 1991 a 21.90 por ciento en julio de 1992, que los medios de pago crecieran a una tasa anual promedio superior al 36 por ciento en la época del auge económico y que el gasto público real aumentara en el trienio 1992-1994 a una tasa promedio de más des del 10 por ciento anual.

Las razones Me aburre ir sobre el pasado, y me da todavía más jartera que alguno de mis escritos pueda interpretarse como un apoyo al actual gobierno, que no se lo merece y que en mi opinión ha incurrido en una larga serie de torpezas económicas, para no hablar de cosas peores. Pero la pretensión de reescribir el pasado reciente ha llegado a un punto donde, simplemente como analista económico, creo que es necesario poner los puntos sobre las íes porque ya se está volviendo peligrosa la pérdida de contacto con la realidad histórica.

Primero, no estoy de acuerdo en que a raíz del escándalo del 8000 el país se esté derrumbando moralmente, y este desacuerdo no tiene nada que ver con una actitud indulgente hacia el crimen, sino con la disciplina de un investigador entrenado para observar con objetividad.

Por supuesto, como todavía apenas está a medio salir de la pocilga en que vivió durante décadas el país todavía no tiene gran cantidad de porquería adherida, pero aunque ahora muchos parecen haberlo olvidado muy sinceramente, la verdad es que mucho peor que la situación actual, que nos asquea, era la de hace pocos años cuando estábamos tan inmersos en la inmundicia que no la sentíamos.

Qué la aprobación por el Congreso de una extradición condicionada huele mal?. Sin duda, pero durante cinco años el artículo 35 de la Constitución, que fue aprobado por una Constituyente amedrentada por los narcotraficantes caleños recibieron sentencias demasiado blandas y que no están en concepto, pero no hay alguna diferencia con la época, no demasiado lejana, cuando los asesinos ordenaban el envío de sus víctimas a las cárceles donde estaban detenidos para allá torturarlas a su gusto y nadie parecía darse cuenta de nada? Segundo. No, tampoco estoy de acuerdo en que la recesión actual tenga causas estructurales . En realidad encuentro ridículo que ahora se salga con semejante esperpento conceptual después de que durante dos años el Banco de la República hizo todo lo que estaba en su mano para frenar el crecimiento económico, comenzando por una incalificable alza de la tasa de interés de más de 13 puntos en 1994.

Y menos cuando se sabe que sólo suavizó esa política de tasas de interés en el segundo semestre de 1996, después de haber inducido una enorme revaluación que hoy tiene fregados a los exportadores y a los que compiten con importaciones. Qué la economía no se ha recuperado aunque la tasa de interés cayó 10 puntos durante el último año?. Claro, tampoco dio un brinco en 1992 a pesar de que la tasa había caído 18 puntos en nueve meses, que el gasto público iba disparado y que estábamos en plena bonanza de la construcción y de la coca.

Tercero (y último por razones de espacio). No, no estoy de acuerdo en que los problemas actuales sean causados primordialmente por un déficit fiscal consolidado que, en buena parte como resultado de la misma recesión, podría elevarse este año por arriba del 2 por ciento del PIB: Después de haber estado sobando durante año en la primera parte de la década con la necesidad de moderar la irresponsable expansión del gasto público de ese entonces, que a nadie parecía preocuparle, no puede dejar de extrañarme que muchos economistas de prestigio, que en esos años no escribieron una línea contra la expansión del gasto, encuentren hoy que su crecimiento reciente es la causa de casi todos los males y que el remedio mágico no es otro que eliminar de una tajo el gasto público, en medio de la recesión.

Inversión pública El afán de desacreditar cualquier voz que señale que no es del todo racional frenar la inversión pública en medio de la recesión, y colocar como primera prioridad del equilibrio fiscal en las actuales circunstancias ha llegado al punto donde al pobre señor Emontt, director de The Economist, que de seguro no tiene idea de la situación fiscal colombiana pero que no podría sino pensar, por la presión de los periodistas para que se manifestara sobre ese punto, que el déficit consolidado estaba llegando a las nubes, casi lo forzaran a decir que sí, que claro, que en Colombia debía buscarse el equilibrio fiscal ahora mismo.

Con más calma y mejor juicio The Economista acaba de reiterar una posición mucho más razonable y congruente con la tradición de sensatez de la revista, en los siguiente términos, en el editorial del último número, con referencia al posible abandono final del criterio de un déficit consolidado no mayor del 3 por ciento del PIB para los países europeos, como condición para la unión monetaria: El criterio del déficit estuvo mal concebido desde el principio. Es cierto que los gobiernos deberían balancear sus presupuestos en el largo plazo. Pero no hay ninguna virtud en reducir el déficit a menos de 3 por ciento como lo exige el Plan Maastricht, cuando el desempleo es de 13 por ciento de la fuerza de trabajo, como ocurre en Francia. Semejante celo es lo que le ha dado un mal nombre al conservadurismo fiscal .

Quienes aquí han optado por insultar a cualquiera que exprese dudas sobre la racionalidad económica de darle prioridad a la reducción de un déficit fiscal consolidado de menos de dos por ciento del PIB en medio de una recesión y han dedicado todo sus esfuerzos a desacreditar cualquier pretensión de una política fiscal anticíclica, debería tratar de leer con más frecuencia una revista que, como The Economist se ha conservado fiel a los propósitos de sus fundadores en 1843: tomar parte en una intensa contienda entre la inteligencia, que impulsa hacia delante y una lastimosa y tímida ignorancia que obstruye el progreso .

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