ELLA CANTABA BOLEROS

ELLA CANTABA BOLEROS

... Ya eran casi las cuatro y me disponía a idear un nuevo golpe de teatro (más bien literario) que aboliera el azareo y me acercara a aquella muchacha tan elusiva, cuando justamente a la hora señalada (no puedo evitar sonreír al escribir la frase que era el título habanero para High Noon: como si la confrontación de Gary Cooper y los cuatro villanos fuera una ocasión amorosa o como si mi cita cuasi amorosa fuera un duelo del Oeste) ella hizo su entrada. Empujó una de las puertas de vaivén y por un momento se extravió, casi como si no supiera a quién buscar entre el público del lobby (debía de acabarse una tanda), hasta que sin moverse de la entrada, dejando que los futuros espectadores y los pasados parroquianos la envolvieran en su ajetreo, me vio porque yo me ponía de pie después de haberla mirado bien: más que linda estaba (o tal vez era) bella, con su pelo castaño en ondas que bajaban desde lo alto, como una corona suave, por los lados de su cabeza y su cara.

14 de diciembre 1997 , 12:00 a. m.

No podía ver, por supuesto (debido a la distancia a mi miopía), sus ojos violentamente verdes, pero sí contemplé por un momento su figura, fijándome por primera vez, creo, en sus piernas, que eran tan perfectas como las de Julieta, tal vez más llenas, pero siempre bien hechas, con tobillos largos (no tan largos como los de una muchacha que todavía no ha cruzado mi camino, no ha entrado en mi camino de visión, que encontré más tarde en mi vida cuando sabía apreciar la belleza de un tobillo por sí, no porque formara parte de las piernas) y la falda a la moda no dejaba ver sus rodillas feas, al menos grotescas, excepto cuando las mujeres están sentadas. Venía vestida con un vestido, no con blusa y falda, sino con un traje de salir, cuya parte superior le llegaba hasta el cuello y al tiempo que dejaba ver sus senos bien colocados, sin la desmesura de Dulce y sin la perfección de Julieta, que había que verla desnuda para apreciar sus tetas tiernas, le descubría los brazos que estaban tan bien modelados como sus piernas, asombrosamente curvos para no ser delgados. Tal vez su talle fuera demasiado corto pero esta era una apreciación de concurso de belleza y yo no era juez, ni siquiera un jurado, sino un testigo tímido. Su color claro (y lo que yo más podía apreciar desde mi punto de mira miope eran colores), su piel trigueña pero sin la palidez de Dulce, aunque carecía del dorado delicioso de Julieta, era de una belleza habanera y el tono de traje verde claro, con algo de gris, estaba evidentemente escogido para realzar sus ojos lo que comprobé momentos más tarde cuando me acerqué a ella a saludarla tanto como su boca escarlata. Me sonrió y sus labios fueron tan acogedores y vulgares como las palabras que salieron por entre ellos...

*Fragmento de Ella cantaba boleros, de Guillermo Cabrera Infante

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