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MIRAR Y SÍ TOCAR

MIRAR Y SÍ TOCAR

La garra estirada de un oso, esculpida del mármol blanco en la Roma el siglo segundo, ha sido acariciada con tanta frecuencia por los visitantes al museo J. Paul Getty que se encuentra profundamente manchada.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
14 de diciembre 1997 , 12:00 a. m.

La panza redondeada de una mujer embarazada es rutinariamente acariciada por la gente sin siquiera un me da usted permiso? .

Los compradores de automóviles que consideran un vehículo en particular corren su mano a lo largo de sus guardapolvos e incluso ocasionalmente dan a las llantas una rápida patada.

Favor de no tocar? No podemos evitarlo. Los humanos, como la mayoría de los primates, estamos tan orientados al tacto que resulta difícil para nosotros resistir incluso cuando hay estrictas indicaciones, personas de adusta mirada y madres germenofóbicas que nos advierten que podemos ver todo lo que queramos, pero mantener las manos fuera.

La urgencia instintiva a experimentar al mundo a través del tacto es parte del deseo humano de explorar e interactuar con nuestro medio ambiente. Las manos y las puntas de los dedos son el equivalente a las antenas de otros animales, sensores que nos dan información inmediata, nos dicen cuando algo es peligroso y nos asisten cuando la vista falla.

El tacto es el único sentido que nos permite tener una experiencia directa, dice Robert La Motte, profesor de neurobiología en la Escuela de Medicina de la Universidad de Yale. Uno no puede percibir la suavidad sin tocar... la micro-textura solo puede percibirse mediante el tacto. Con la uña puede sentir una diferencia menor que una fracción de micra. Es una forma de confirmar que algo esta ahí .

La curiosidad motiva la mayor parte del tocamiento, lo que nos lleva a ignorar tabúes sociales y leer los avisos de no tocar como si tuvieran una nota invisible que dijera excepto usted .

La gran mayoría del público está tan emocionada al ver los objetos de arte, especialmente la escultura, que casi de manera inconsciente extiende el brazo para tocarla, dice Jerry Podany, conservador de antigedades en el museo Getty. Es un poco más atrevido, pero tenemos un trono del siglo cuarto antes de Cristo y hay gente que se ha llegado a sentar en él . Ser destronado por el personal del museo es un precio que algunas personas están dispuestas a pagar por lo que Podany considera una experiencia trofeo , el derecho a presumir que su trasero tocó (y cupo) en un antiguo trono griego.

El tacto tiene elementos de superstición. La idea de que tocar un icono o símbolo religioso de alguna manera puede transmitir poder. Vea los millones de personas que besan o tocan los pies de San Pedro en la Basílica de Roma (el bronce está siempre brillante debido a toda la atención). Creo que es un poco como ser tocado por Dios, dice La Motte. El tocamiento hedonista o tocar por placer, es un ritual que comparten todos, desde el niño que frota el satín de una cobija contra su nariz hasta hombres y mujeres quienes se visten en telas que simulan el contacto de la piel, como la seda y el terciopelo. Estos sentimientos táctiles se programan en nuestro cerebro desde el principio mismo de la vida.

Como bebés, nuestro sentido del tacto mucho más desarrollado que la audición o la vista es el escape a través del cual interpretamos al mundo. Cuando usted ve a su bebé tocar, está viendo el desarrollo de la inteligencia , dice Edward R. Perl, profesor de neurofisiología en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. El bebé está programando estos sentimientos táctiles en las neuronas y en la corteza cerebral. Cuando se activan estas neuronas, mandan una señal al cerebro .

El tacto también entra en juego con los demás sentidos para interpretar nuestro alrededor. El tocar es un instinto básico que dura la mayor parte de la vida , dice Stanley J. Bolanowski, un neurocientífico en el Instituto de Investigaciones Sensoriales de la Universidad de Syracuse. Es la fuerza unificante para todos otros sentidos . El más sensible de estos receptores está en las yemas de cada dedo, los labios, la lengua, dice Bolanowski.

Cuando corremos nuestros dedos a lo largo de una cabeza recién rasurada, la concha de una tortuga, el capote de un automóvil, la sensación enciende una red de receptores al tacto. Los receptores después disparan una serie de señales al cerebro y el conjunto es decodificado como algo suave, filoso, caliente, frío o una presión.

Las investigaciones sugieren que hay seis tipos de receptores táctiles (la temperatura, el dolor, la vibración, las presiones, lo intermitente y la frecuencia), cada uno con su propio canal. Alrededor del 80 por ciento de los receptores de la piel están dedicados a sentir el dolor, un crítico sistema de advertencia para la supervivencia. Pero el tacto hace más que satisfacer la curiosidad o permitirnos encontrar un interruptor para la luz en la oscuridad: cambia y amplía el cerebro.

Es similar a la catación de un vino , dice Bolanowski. Uno puede capacitar a la gente a distinguir diferentes ritmos de vibración e intensidades de presión, adaptando selectivamente el cerebro. Esto fue necesario para sobrevivir para nuestros ancestros porque nos da una ventaja sobre los demás para el manejo de la situación en un ambiente peligroso . Incluso patear las llantas de un automóvil demuestra nuestro hábito de interactuar de manera táctil con nuestro ambiente para recibir información, dice Perl.

Helen Fisher, profesora de antropología en la Universidad Rutgers, dice que pedir a la gente que no toque, como deben hacer los museos para la supervivencia de los objetos de arte, es un poco como decir: no respire .

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