LOS FANTASMAS DE LA HACIENDA NÁPOLES

LOS FANTASMAS DE LA HACIENDA NÁPOLES

Alertados por la súbita presencia de los intrusos, dos murciélagos revolotean a ciegas estrellándose contra las paredes ruinosas de la casona campestre de quien fue considerado uno de los narcotraficantes más poderosos del planeta.

07 de octubre 2001 , 12:00 a. m.

Alertados por la súbita presencia de los intrusos, dos murciélagos revolotean a ciegas estrellándose contra las paredes ruinosas de la casona campestre de quien fue considerado uno de los narcotraficantes más poderosos del planeta.

Sobre el marco descascarado de la ventana, una lagartija asoma su cabeza color terracota. Espera unos segundos, inmovil, y luego serpentea hacia abajo por el muro salpicado de excremento de murciélago, hasta desaparecer bajo un tapete de hojarasca, tabletas de cerámica rotas y algunos mangos y limones podridos.

Esta era la habitación de Pablo, señala don Octavio, un paisa de pelo gris que oficia como mayordomo de la hacienda y a quien su amabilidad no le impide poner en práctica un lema que le recalca como letanía a su esposa: Entre menos se converse, mejor, porque por la boca muere el pez.

Ellos, los habitantes más antiguos de la Hacienda Nápoles, le dicen simplemente `Pablo a quien algunos llamaban en vida `don Pablo Escobar Gaviria , y muchos más, `el enemigo público número uno o `el narcotraficante más poderoso del país , y la revista Forbes de los años 90 y 91, uno de los hombres más ricos del mundo.

Pero ocho años después de la muerte de Pablo Escobar, la Hacienda Nápoles, uno de los más grandes símbolos del poder económico del `capo de las drogas, se ha convertido en un montón de ruinas y de estancias abandonadas, por las que deambulan los fantasmas de una época tan dorada como ilegal.

El lugar está a cargo del Incora desde 1993. Lo habitan nueve familias desplazadas, don Octavio y su esposa y cuatro trabajadores que reparan cercas y caminos. Los paramilitares, que dominan la zona, recorren a veces las trochas enfangadas en camionetas de doble tracción.

Piscina para cachamas.

La maleza y el musgo anuncian el abandono del predio desde la reja de ingreso. De la parte alta de la entrada ha desaparecido el cascarón de la avioneta en la que Escobar Gaviria `coronó su primer contrabando de droga a Estados Unidos y que el `capo exhibía con orgullo.

Los trabajadores dicen que el Ejército bajó el aparato y lo arrumó en uno de los hangares de la pista de aterrizaje. Pero allí lo único visible es un tapiz de excrementos dejado por las vacas que deambularon durante muchos meses.

Casi nada queda del centenar de animales exóticos que admiraban miles de turistas durante los fines de semana. Los elefantes, canguros, camellos, dromedarios y jirafas, entre otros, fueron a dar a los zoológicos de Pereira y Medellín.

Algunos de estos animales murieron en cautiverio. De los tres elefantes trasladados a Pereira, el único que sobrevive es `Pirinolo , un paquidermo de 25 años, que convive con una elefanta decomisada, el año pasado a un circo, por las autoridades de Risaralda.

En la Hacienda Nápoles solo quedó un ñú, una pareja de cebras y otra de hipopótamos. Estos últimos son los que más parecen disfrutar de los potreros y del clima cálido, por encima de los treinta y pico de grados, pues la familia ya tiene cuatro jóvenes hipopótamos, que retozan en los charcos.

Temporalmente, otros animales fueron huéspedes de la hacienda, pero no corrieron con suerte. Eso ocurrió hace cinco meses con las mil cachamas que Amparo del Socorro Ruiz, una mujer desplazada de Urabá, comenzó a engordar en la misma ostentosa piscina, con bar incorporado y quioscos de palma, donde Escobar celebraba algunas de sus fiestas.

Los peces terminaron convertidos en un lío de policía entre los desplazados. Ya casi estaban pa fritar y amanecieron envenenadas, con la barriga blanca pa arriba, cuenta la mujer.

Los desplazados hablan poco. Apenas si dicen saber que la finca pertenecía a Pablo Escobar. Los adultos jornalean en las fincas vecinas y los niños se la pasan corriendo por los potreros y cazando ranas en la piscina enmohecida.

Las únicas instalaciones que se conservan en buen estado son las dedicadas a la vivienda y oficinas del mayordomo y un inmenso cobertizo repleto de botes, carros y esqueletos de motos.

Todo luce oxidado y desvalijado. Dicen que muchos de los que llegaban a la Hacienda Nápoles se llevaban un souvenir, incluidos algunos de los policías que permanecieron durante casi tres años, funcionarios del Estado y periodistas, como alguno que reconoce tener en su casa un pocillo con la dedicatoria: Para don Pablo y su Hacienda Nápoles. Enero de 1983. Otro visitante se llevó la placa del carro perforado a balazos que afirman perteneció al mafioso Al Capone, a quien Escobar admiraba.

Sin embargo, para la esposa del administrador, una paisa desconfiada e irascible, esto es una fantasía inventada por los periodistas.

La mujer camina hasta el cobertizo. Se para frente a lo que queda del vehículo y suelta una de sus andanadas: Qué va, hombre, si este carro costó 50 mil pesos. Se lo compraron a un señor de La Dorada, que lo tenía como chatarra. Los huecos se los hicieron aquí. Yo pa qué te voy a mentir. Aquí todo el que venía cogía el arma y tin!.. tin!... le pegaba unos tiros dizque para que se pareciera al carro de Al Capone.

La comida de Onassis.

Hasta los remaches metálicos del portón de madera que da acceso a la casa principal fueron víctimas de los cazadores de recuerdos. Al correrse esta puerta, aparece un corredor alfombrado de hojas secas y amarillentas de cocoteros y mangos, bordeado por diez grandes jaulas oxidadas en las que antes revoloteaban docenas de loros. Al fondo se ve una construcción de aspecto lúgubre.

La casona, de dos pisos, pintada de blanco y con barandales de madera en los balcones, parece haber sido azotada sin misericordia por un vendaval, que descuajó puertas y ventanas. Las telarañas se extienden por las paredes, el techo amenaza con caerse y en los muros percudidos quedan jirones del papel de colgadura.

El Incora asegura que la casa fue recibida en total abandono y completamente saqueada. Sin embargo, el acta de entrega del Consejo Nacional de Estupefacientes, fechada el 21 de diciembre de 1993, contiene dos páginas de elementos que van desde colchonetas y ventiladores hasta una mesa de billar-pool, refrigeradores, vehículos y maquinaria.

Don Octavio recorre con paso rápido los pasillos. No oculta su tristeza por el estado de la construcción. Aquí dormía el primo de Pablo, dice el hombre asomándose a otra alcoba donde de inmediato se alborotan los murciélagos.

En lo que fue el patio principal, hasta las hormigas arrieras desvalijan en hilera el follaje de un almendro.

A unos doscientos metros de allí están las caballerizas, con alojamiento individual para una docena de corceles. Ahora, todo el lugar es para `Lucero , un jamelgo de color bayo que no vale más de 300 mil pesos y que le sirve al mayordomo para rodear la hacienda.

De las paredes de la caballeriza aún cuelga un tablero con la plegaria del caballo, escrita en tiza blanca, y un letrero con caracteres negros que seguramente nadie incumplía: Prohibido sacar las bestias sin autorización.

`Apache , `Guerrero y Corsario son algunos de los nombres de los costosos caballos en los que paseaban Escobar y sus invitados.

Eran las épocas doradas y ocultas del narcotráfico, cuando los capos se llamaban `benefactores y aparecían en las secciones sociales o políticas de los medios periodísticos y no en las judiciales, y cuando construyeron monumentos al poder del dinero fácil, como este pedazo de la frica salvaje en pleno corazón de Puerto Triunfo, a mitad de camino entre Bogotá y Medellín.

Entonces, la plata era tanta que todo se puede resumir en una de las pocas frases que deja escapar, con nostalgia y exageración paisa, la esposa del administrador de la Hacienda Nápoles: Es que ni Onassis comía lo que comían aquí los animales.

La Posada de Ledher.

La Posada Alemana, uno de los grandes tesoros del confeso narcotraficante quindiano Carlos Enrique Ledher Rivas, aún alquila cabañas y un gran salón o vinería, con toneles de madera y escudos alemanes, para pequeños congresos o actos sociales privados.

Hoy quedan 14 cabañas y 15 habitaciones que se alquilan a 90 mil y 110 mil pesos la noche. El Restaurante Los Leñadores y la Taberna Quimbaya son ruinas, producto del desmantelamiento, un incendio, la humedad y el paso de los años.

A la entrada de la Posada permanecen, oxidadas, tres jaulas que solamente encierran maleza. Allí, a partir de 1979, cuando se inauguró el complejo turístico, y durante los cinco años siguientes, se exhibieron un cóndor, un león y varias guacamayas, mascotas consentidas de Ledher.

Esos animales, una estatua de John Lennon y un diseño arquitectónico de campiña alemana daban la bienvenida al complejo de cabañas, habitaciones, restaurante, bar, discoteca, vinería y caballerizas distribuidas en más de 30 hectáreas, a ambos lados de la carretera que conduce de Armenia al municipio de Salento, a sólo 20 minutos de la capital quindiana.

La discoteca John Lennon, en cuyas paredes colgaban 25 afiches del ex beatle, fue alquilada durante los últimos 10 años a distintas personas. Pero hace siete meses cerró definitivamente.

La Posada Alemana está sometida a un cuarto proceso de extinciónde dominio y permanece administrada por la familia Ledher, de quienes poco se sabe y nunca hablan con la prensa.

Foto Carlos Julio Martínez / EL TIEMPO.

El auto baleado, que algunos dicen, que perteneció a Al Capone, fue desvalijado por los visitantes.

Otros aseguran que fue comprado como chatarra a un habitante de La Dorada.

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