Secciones
Síguenos en:
CADENA DE DEFRAUDACIONES

CADENA DE DEFRAUDACIONES

Buen servicio prestaron el ministro Orlando Cabrales Martínez al denunciar y la Fiscalía al investigar la pérdida o desfalco eventual de cuarenta y tres mil millones de pesos colocados por el Inurbe en entidades financieras aparentemente incapaces de responder por su devolución.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
13 de diciembre 1997 , 12:00 a. m.

Por desgracia, tan grave como es en sí, el hecho no da trazas de ser excepcional. De un tiempo a hoy, ha florecido en numerosas dependencias del Estado la extraña propensión a mantener cuantiosa e injustificable liquidez, aun a costa de las inversiones. De consiguiente, no resulta insólito que las defraudaciones y los escándalos proliferen, en cuanto las empresas receptoras de tales recursos se ven en dificultades.

Las sospechas de procederes indelicados si no ilícitos acaban por confirmarse y el Tesoro Público por sufrir sustracción ominosa. En el caso específico de Inurbe, se perjudican además, en materia grave, los programas de vivienda social. En otras palabras, el daño final corre por cuenta de los más pobres y necesitados. Y, aunque no fuera este el desenlace, habría la irregularidad intolerable de cobrar o percibir comisiones por la colocación de los fondos, tendencia delictuosa que ha venido abriéndose paso al favor de la competitividad financiera.

Valdría la pena establecer la razón por la cual se ha permitido a las dependencias oficiales disponer durante lapsos muy prolongados de grandes sumas en dinero contante y sonante. En el pasado se hallaban expuestas, por lo menos, a que por orden perentoria y en aras de la política anti-inflacionaria esos recursos se esterilizaran de golpe y porrazo en el Banco de la República. O a que, en virtud de los ahora abolidos acuerdos mensuales de gastos, se les graduaran con rigor los flujos de caja, hasta tanto no invirtieran los sobrantes.

Otro mecanismo de utilidad imponderable lo constituían los delegados de la Dirección Nacional de Presupuesto, a través de los cuales se tenía noticia diaria de los movimientos pecuniarios y se preservaba la disciplina fiscal. Era antes del virtual desguarnecimiento del Estado.

Indisciplina institucional En principio, ante defraudaciones como las que se han descubierto y denunciado, se las atribuirá, lisa y llanamente, al abandono de los valores morales y a la corrupción que corroe al país. Se clamará por localizar a los responsables, por juzgarlos y hacerles pagar sus culpas con cárcel, dentro de los límites del derecho penal. Santo y bueno. Lo que no se preguntará es hasta dónde podría prevenirse y reprimirse esta profusión delictiva corrigiendo las fallas y vacíos de los actuales procedimientos administrativos y presupuestarios.

Todo indica que al Estado se le privó de los dispositivos de prevención y vigilancia que lo capacitaban para el coherente manejo fiscal de tantas dependencias. Las ruedas sueltas se ingeniaron el modo de sobrevivir, so pretexto de la eficiencia y en gracia de la ventolera de la desregulación.

A la autoridad fiscal se le parcelaron y distribuyeron sus terrenos. Se le preasignaron las rentas y se le impusieron compromisos constitucionales y legales incompatibles con la limitación de sus funciones. Se le convirtió en rey de burlas al autorizar que las entidades beneficiarias realizaran en forma automática las apropiaciones presupuestarias y adquirieran compromisos contractuales por su valor total. De ahí salió el engendro de los llamados rezagos, en concepto de personas familiarizadas con el intrincado asunto.

Periódicamente, la noción y la práctica del presupuesto hacen crisis. Su disciplina termina por fatigar y fastidiar a esferas influyentes. Así vimos cómo llegó a haber uno expedido por ley y otro de facto. Se pensó que la Constitución del 91 restablecería el orden, pero fue todo lo contrario. Desembocamos en la anarquía que actualmente reina y en el rompecabezas del déficit estructural cuyo escrutinio no podrán eludir las campañas electorales.

Reformas sustanciales van a ser necesarias. Por lo pronto, sin embargo, toca valerse con imaginación y energía de los instrumentos a la mano. No escudarse en la crisis moral, sino ver cómo se le sale al paso con actos ejemplarizantes. Por ejemplo, ante tantos fiascos y desfalcos originados en la disponibilidad y movilidad de fondos líquidos y en su colocación improvidente, algún arbitrio ha de hallarse para cortar el mal de raíz y no obrar tan sólo sobre las defraudaciones consumadas.

Oportunidades proclives Demostrado está que no basta con el disuasivo de las sanciones contingentes. Ni con la aplicación rigurosa e irrenunciable del Código Penal. Con las posiciones públicas se trafica en la medida en que haya posibilidades de hacerlo. Sobre su abundancia dan testimonio las defraudaciones e imprevisiones que han salido a la luz.

La excusa puede ser que el funcionario no es culpable de dolo por la circunstancia fortuita de que se quiebre cualquiera de las empresas o cooperativas financieras en las cuales depositó su confianza. Ni que hubiera sido de balde. En la mejor de las hipótesis, no habría cuidado de los bienes a su cargo como buen padre de familia, según la fórmula del Código Civil. Por ser los recursos del Tesoro Público, no se les debe manejar con menos esmero y mucho menos convertirlos en alegre piñata.

Combatir y erradicar la corrupción es tarea indispensable. Pero, aparte de los procedimientos penales, urge estudiar cómo llevarla a cabo y cómo quitar a la dolencia oportunidades propicias. En anomalías como las ocurridas en Inurbe y en otros establecimientos públicos, no existen señales claras sobre sus facilidades e incitaciones administrativas y presupuestarias? Más vale eliminar las tentaciones a delinquir y procurar para los fondos públicos finalidad permanentemente constructiva, diáfana y fecunda.

Estampas de la patria En medio de tantas conturbaciones, como las que implican el asalto guerrillero a Mogotes y Guaca (cunas de gentes austeras, esforzadas e ilustres en el corazón mismo del departamento de Santander), alegra el espíritu recibir la agenda de Benjamín Villegas con las estampas simbólicas de la patria y, a la vez, el libro Trópico , con las visiones iluminadas de la naturaleza colombiana.

Está bien y es indispensable abrevarnos en lo típicamente nuestro. En las riquísimas fauna y flora nacionales. En los bellos paisajes que arrancan de los horizontes marinos y suben a las nieblas delgadas de las cumbres andinas. Inspirarse en su rica variedad y sacar lecciones operantes de convivencia civilizada en vez de enconarnos en discordias suicidas. Sentir y cultivar el orgullo de ser colombianos, superando violencias y combatiendo corruptelas. Comulgando en el altar de la patria que Dios nos dio.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.