ENTRE CABALLEROS Y RUFIANES

ENTRE CABALLEROS Y RUFIANES

Qué pensaba Cervantes sobre las artes? Cuáles eran sus gustos estéticos? Nada sistemático nos dejó escrito sobre ello, pues al fin y al cabo no era un filósofo al modo como se entiende la filosofía, pero se puede espigar aquí y allá en lo que pone en boca de los personajes de su creación y sobre todo en Los trabajos de Persiles y Sigismunda, su última obra (1616), en cierto modo autobiográfica, en la que centra algo más su pensamiento.

14 de diciembre 1997 , 12:00 a. m.

El autor del Quijote osciló entre el Renacimiento y el Protobarroco o más precisamente entre los idealismos y los realismos, hablando por supuesto en términos amplios; y no solamente porque lo hubiese manifestado así mediante los dos famosos protagonistas de su novela universal sino porque así se percibe a lo largo y ancho de toda su obra de poeta, novelista, comediógrafo y entremesista. No podría afirmarse que va desde la influencia renacentista italiana hasta un naturalismo hispánico, pues no se marca un trayecto en ese sentido, sino que fluctúa entre ambas tendencias en cualquier período de su producción literaria.

Se recibe la impresión de que los personajes que describe con más realidad, humanidad y vigor son los de extracción popular pícaros como Rinconete, Cortadillo, Monipodio, Pedro de Urdemalas, Trampagos; rústicos como Sancho, rufianes, ladrones, gitanos... y casi por excepción alguno que otro hidalgo venido a menos, como Alonso Quijano. En cambio, príncipes y falsos pastores enmarcados en idílicos paisajes aparecen algo descoloridos, carecen de la personalidad de aquellos y hablan con libreto idealista bastante plano y artificioso.

Cervantes ama la poesía aunque dista de ser un buen cultivador de ella como él mismo lo reconoce en Viaje del Parnaso, largo poema donde elogia a ciertos autores de su tiempo: Yo que siempre trabajo y me desvelo por parecer que tengo de poeta la gracia que no quiso darme el Cielo... .

Entiende de poesía más que de las artes hechas para la vista, de las que escasamente habla y lo hace un poco de oído . Admira al dulce Garcilaso y, en general, la poesía clásica, medida, clara, ética, serena, bien estructurada, pues en cuanto a ella, su gusto se atiene a normativas renacientes. Su idea de lo poético queda establecida así en boca de don Quijote: La excelencia de la poesía es tan limpia como el agua clara, que a todo lo no limpio aprovecha; es como el sol, que pasa por todas las cosas inmundas sin que se la pegue nada...] Es instrumento acordado que dulcemente alegra los sentidos, y al paso del deleite lleva consigo la honestidad y el provecho .

Para Cervantes, el poeta nace y no se hace. Parece coincidir en esto con su contemporáneo Huarte de San Juan, aquel médico-humanista precursor de la psicología profesional que relacionaba las habilidades con los humores, al decir que la caja y el temperamento del cuerpo donde el Hacedor encierra las almas es la que explica las aficiones a las artes y las destrezas.

Hablando de habilidades, estima el Príncipe de los Ingenios que una de ellas, para el novelista y el artista, es la de la mentira verosímil. Mejor cuanto más parece verdadera y que tanto más agrada cuanto tiene más de lo dudoso y posible . Lo diría más tarde Picasso al afirmar que el arte es una mentira que nos revela la verdad. Las verdades ( quién sabe en realidad lo que es La Verdad!) residen para Cervantes en la Naturaleza; las mentiras, en el arte. En alguna parte habla de La verdad de la imaginación como la verdadera-verdad del artista. Con la defensa de lo imaginativo verosímil, el autor del Quijote se coloca en una posición destacada de la moderna estética, aunque considera cosa corriente en su tiempo que el pintor se forma mejor imitando las obras más reconocidas de los mejores. Así lo dice en el Persiles: Cuando algún pintor quiere salir famoso en su arte procura imitar los originales de los más únicos pintores que sabe pero reconoce que con el paso del tiempo el arte cambia. Lo pone en boca de la alegoría de la comedia en El rufián dichoso: los tiempos mudan las cosas y perfeccionan las artes .

De la escultura no nos dice nada interesante y de la pintura no mucho. Habla de pintura a lo valiente quizás para contraponerla a la ejecutada por suaves capas como lo hacía Rafael, a quien califica de devoto ; a Miguel Angel, de divino . (Hay que suponer que conoció en sus originales las obras de ambos durante sus años romanos al servicio del cardenal Acquaviva). Y aunque no se extienda en sus apreciaciones sobre pintura y escultura sí nos deja su alta estimación por ellas cuando aconseja a los gobernantes que no sean remisos en invertir sus caudales en la adquisición y conservación de tales obras. Cuando se refiere a Hipólita, una cortesana a la que no le descubre más que vicios, le encuentra sin embargo una virtud: su devoción por las bellas artes. A cambio de mostrar escaso interés por las que hoy llamamos plásticas , lo muestra con creces por la música; pero a diferencia de su admiración por la poesía elevada y culta, en materia musical su gusto se inclina por la popular y no por la que él llama aristocrática . Se ve que de la primera sabe bastante y la considera no solamente como un sano entretenimiento sino como un medio moral pues, como dice Sancho a la Duquesa, donde hay música no puede haber cosa mala .

Comparte tales gustos, coherentemente, con la canción y la danza populares, de la que también muestra muy buenos conocimientos. La zarabanda, baile y cantar lascivo a juicio de su contemporáneo el jesuita historiador Padre Mariana y tan feo en los meneos que basta para dar fuego a las personas honestas estaba entonces muy de moda en España y hasta se colaba en los conventos al decir de Lope de Vega: ... de las celdas religiosas a inquietar la honestidad que en las santas celdas mora moda que se mantuvo hasta 1630 en que fue prohibida, entre otras causas por los meneos de caderas (se nota que aún no se conocía la Lambada). Pues bien: a Cervantes no le desagradaba en absoluto, según se deduce de la exaltación que hace de ese y otros bailes de jacarandana en El rufián viudo.

Hay, en fin, otra clase de arte: el ars amandi. No sé bien si en La casa de los celos o en El laberinto del amor (cito de memoria) un andaluz vive enamorado con ternura y pasión simultáneas de una linda mujer de vivo temperamento, pechos valientes, y alma buena, pero de genio alborotado y humor mutable. Dice el andaluz que lo que les afecta es arte tan divino como humano . Detrás del que así dice está, naturalmente, Cervantes quien, como tantas otras ocasiones, opta por aliar a menudo el idealismo neoplatónico con el realismo aristotélico.

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