GLORIA ZEA EN SI SOSTENIDO

GLORIA ZEA EN SI SOSTENIDO

Gloria Zea ha sostenido la nota, como se dice en el argot, desde cuando Hjalmar de Greiff, su segundo en Colcultura, y Alberto Upegui, subdirector de Bellas Artes, le propusieron hace veinticinco años hacer una temporada de ópera. Ella dijo que bueno, sin saber en qué berenjenal se metía, y terminó enamorándose de la trasescena, de las orquestas, de los coros, de los solistas, de los dos de pecho, de la coloratura, y de los Donjuanes, Aídas, Rigolettos, Mimís, y Cármenes que, entre otros personajes de 36 títulos, se han paseado, salvo un corto intermezzo, por la escena bogotana. Se explica el interés inicial: el Colón se acababa de abrir tras una interminable restauración; a la Sinfónica, dirigida a la sazón por Daniel Lipton, le venía bien explorar géneros, y a Colcultura le convenía mostrar diversidad.

28 de octubre 2001 , 12:00 a.m.

Gloria Zea ha sostenido la nota, como se dice en el argot, desde cuando Hjalmar de Greiff, su segundo en Colcultura, y Alberto Upegui, subdirector de Bellas Artes, le propusieron hace veinticinco años hacer una temporada de ópera. Ella dijo que bueno, sin saber en qué berenjenal se metía, y terminó enamorándose de la trasescena, de las orquestas, de los coros, de los solistas, de los dos de pecho, de la coloratura, y de los Donjuanes, Aídas, Rigolettos, Mimís, y Cármenes que, entre otros personajes de 36 títulos, se han paseado, salvo un corto intermezzo, por la escena bogotana. Se explica el interés inicial: el Colón se acababa de abrir tras una interminable restauración; a la Sinfónica, dirigida a la sazón por Daniel Lipton, le venía bien explorar géneros, y a Colcultura le convenía mostrar diversidad.

Pero la cuestión no se quedó en la tarea oficial: después de retirarse del gobierno, Gloria siguió adelante y ha roto más de una lanza por mantener la caña. Hoy, en medio de una crisis como no había visto otra el país, cabe preguntarse si tanta obstinación tiene vigencia. Claro que, en la temporada que acaba de terminar, cinco funciones a reventar en el Municipal (1.700 localidades) y otras cinco con boletas agotadas en el Colón (930 puestos), sugieren que se está saliendo con la suya: muchos prefieren tener ópera a verla en Nueva York, haciendo caso omiso de la sentencia de Carlos Valencia cuando, desde la dirección de la entidad que la había impulsado, canceló la temporada.

Pero, no todo ha sido miel sobre hojuelas: la lírica hasta 1976 no tenía una sólida tradición local, -las presentaciones dependían de compañías que, de tarde en tarde, venían de Europa, o del empeño de unos alucinados que no sobrevivía a dos o a tres años- y una cosa es disfrutar de un título favorito y otra exponerse a la jauría de presuntos conocedores que, al menor falsete, lanzan dentelladas a diestra y siniestra. Hacer ópera entraña riesgos y dificultades. Cuáles son, entonces, las claves de la permanencia de una empresa que, para muchos, no deja de ser extravagante? La propia Gloria habló sobre el tema.

Usted podría ver ópera donde se le antoje. Hacerla significa estar en el filo de la navaja; no faltan, año tras año, los ataques sin compasión. Vale la pena?.

Este año, en una función de Rigoletto, mientras escuchaba a Valeriano Lanchas, cuya carrera nació en la Nueva Opera, y con el niño de siete años que cuida los carros frente al Camarín del Carmen, a mi lado, absorto con el mundo de la escena que a lo mejor un día será suyo, entendí, una vez más, que no sólo vale la pena sino que hacerla es una de las razones de mi vida. La recompensa por estar en el filo de la navaja, como usted dice, es cultivar un público que, de otra manera, no tendría acceso al género. En esas circunstancias la crítica destructiva deja de importar. Entre nosotros se da el fenómeno de un arribismo que impide apreciar lo que ocurre aquí por añorar mundos cuyas características, en una paradoja, desconocemos. Voy para adelante y dejo de lado comentarios tan predecibles que podría recitarlos antes de su aparición. Ahora bien, si el precio de la satisfacción de participar en el desarrollo de carreras exitosas de los cantantes colombianos, o de sentir cómo, en un país como el nuestro, una multitud se sumerge por un rato en el arte, es el de recibir palo, bienvenidos sean los palos.

Después de Otto de Greiff, se esfumó el equilibrio de la crítica; pero se entienden ciertos rapapolvos: cómo es que se hace con extranjeros?.

El arte superó los nacionalismos exacerbados. Martha Senn decía con razón que el arte no tiene país. Si no fuera así, podrían los colombianos cantar afuera? Cualquier temporada utiliza solistas y técnicos de varias procedencias y, por chauvinistas que seamos, no podemos ser la excepción. La ópera ha sido el primer escenario de artistas nacionales cuyo talento se ha desarrollado en otros países. En la primera etapa, de Carmiña Gallo, de Marina Tafur, de Sofía Salazar, de Martha Senn, de Zoraida Salazar, de Manuel Contreras y de Juan Carlos Mera, entre otros. Algunos tenían ya carreras y buena formación, pero el contacto con el escenario, que habría de ser definitivo para ellos, lo hizo posible la pera de Colombia. En la Nueva pera esto se ha mantenido; Juanita Lascarro, Juan José Lopera, Gloria Londoño, Diver Higuita, Luis Fernando Tangarife, y Alejandro Escobar. César Gutiérrez, cuya calidad dará mucho que hablar, empezó en el Coro de niños de la ópera. A Valeriano Lanchas lo llevaban a las funciones desde pequeño; en 1993 audicionó para nosotros, cantó sus primeros papeles y poco después era uno de los finalistas del concurso Pavarotti. Luego vino su formación en el Instituto Curtis de Filadelfia, donde se graduó con honores. Hoy se da el caso de artistas que comenzaron en la Nueva Opera, y que cancelan sus presentaciones con nosotros por compromisos en el extranjero. Ocurrió este año con Juanita Lascarro y César Gutiérrez para quienes se programó Rigoletto. Juanita nos informó hace meses que no podía venir y César declinó la invitación poco antes de los ensayos, al igual que el año anterior con Romeo y Julieta. Tuvimos que reemplazarlos por cantantes de otras nacionalidades.

Qué pasa con otros recursos locales?.

Recurrimos, en primer término, a los solistas, con la salvedad de que no disponemos de todas las voces necesarias. Están los llamados papeles comprimarios, que casi siempre los encargamos a nuevos valores. Hay un sinnúmero de soportes que no tendría sentido importar: el coro, desarrollado a lo largo de muchos años con directores en principio internacionales como el maestro Gabor, pero hoy colombianos como Alejandro Zuleta. Están las orquestas: sin la Filarmónica de Bogotá y la Sinfónica de Colombia, la ópera sería imposible. Lo mismo ocurre con los directores; en la ópera han encontrado espacio talentosos colombianos: Manuel Cubides, Gustavo Yepes, Juan Carlos Rivas y Alejandro Posada. Además, todo un ejército de tramoyistas, de costureras, de técnicos, son locales. Hablamos de un arte muy complejo y, al estar el todo al servicio de la música, algunos profesionales, como directores de escena, escenógrafos y luminotécnicos, deben tener una cierta especialización. Es diferente dirigir teatro, o iluminar telenovelas, a hacer ópera. No significa que en el momento en que dispongamos de talento nacional calificado no lo utilicemos. Qué más querríamos que aliviar los magros presupuestos prescindiendo de erogaciones para pasajes y viáticos.

La ópera es un espectáculo centralista: apenas si alcanza para Bogotá...

Quiero ser enfática, pero al mismo tiempo alimentar esperanzas. La Fundación Camarín del Carmen, es bogotana. Cuando la ópera se hacía desde Colcultura, fuimos a Medellín, Cali, Barranquilla, Manizales... La ópera trashumante hoy es imposible por costos: sin el soporte de diferentes ciudades sería una locura. Francisco Vergara, quien fue un apoyo invaluable para la ópera, y su director durante tres años, ha anunciado una temporada en Cali. Me parecería ideal trabajar conjuntamente y estamos listos a colaborar. Así mismo, la Escuela de Canto del Maestro Detlef Scholz en Medellín, y Prolírica de Antioquia, estudian la posibilidad de coproducir. Este año Rigoletto, gracias al esfuerzo local, irá a Medellín. Ojalá en el futuro todas las ciudades tuvieran su temporada. A propósito de coproducciones, la temporada 2001 se realizó con el Teatro Teresa Carreño de Caracas. Las puestas en escena son caras y en la medida en que se puedan compartir costos la calidad será mayor. En noviembre nos reuniremos en Caracas, a propósito del estreno de Rigoletto, varios directores de ópera de la región para plantear proyectos conjuntos.

Pero la ópera no debería trabajar más en la formación de un talento que a la postre la beneficia?.

La misión es un espectáculo de la más alta calidad y sobre todo establecer un escenario para un nutrido grupo de colombianos. Están los solistas, pero no hay que olvidar a los coristas, a los profesores de las orquestas, a los nuevos talentos, al público y a tantos para quienes esto es una razón más de vivir. La formación, en cuyo desarrollo hemos participado en numerosas ocasiones, es una tarea que le corresponde al Estado, en primer lugar, y a otras instancias, como fundaciones y universidades que ya se ocupan del tema. Adelantamos proyectos conjuntos con instituciones como la Facultad de Música de la Javeriana que rendirán frutos muy pronto. Nos hemos propuesto hacer producciones totalmente soportadas en nuevos valores de la lírica. En años pasados se montaron operetas que les permitieron a los jóvenes empezar a medírsele al escenario. Este año repusimos, con un elenco nacional, La Vie Parisienne de Offenbach, y en el 2002 realizaremos un título operístico con reparto íntegramente colombiano.

La ópera es un espectáculo un poco elitista?.

La ópera es cara en todas partes; sin embargo, en Bogotá muchas localidades cuestan menos que una de cine. Nadie puede hablar, en esas condiciones, de elitismo. En Aída, el aforo del Gaitán nos permitió ofrecer la mayoría de los puestos a precios populares a partir de ocho mil pesos. Además, los aumentos de precio en los últimos años han sido mínimos, y se refleja en el perfil de la audiencia: personas mayores sin la posibilidad de viajar, gran mayoría de público de clase media, estudiantes, familias completas; en fin una asistencia tan heterogénea que dista mucho de pertenecer a una élite. Me atrevería a decir que en la clase alta es donde hay menor interés.

Existe la idea de que la ópera padece los mismos males de hace 25 años...

La ópera nació en 1976 y murió en 1986. La Nueva pera tiene apenas una década y aunque la vieja época dejó experiencias, jamás tuvimos que afrontar una crisis como la de los últimos tiempos. Lo más importante es que la ópera pasó de ser un sueño a ser un patrimonio cultural del país. Aún tenemos un largo trecho. Este año, gracias a mecanismos como el de la coproducción y el uso de un nuevo escenario, la ópera dejó la infancia y llegó a una sana adolescencia. Estoy segura de que el público está de acuerdo conmigo, tal y como lo demostraron las manifestaciones de sorpresa de los asistentes a Aída y a Rigoletto. Quiero, sin embargo, destacar que una temporada de ópera, en un entorno tan turbulento, nace y se rehace cada año. Aunque se trabaja con criterios de planificación, la batalla de la financiación, por ejemplo, hay que darla cada día y la lucha por la supervivencia es ardua.

Menciona la financiación como problema. No dispone de un suculento apoyo institucional?.

Existe un generoso apoyo institucional pero está muy lejos de ser suculento. La situación de las instancias gubernamentales de cultura es conocida. Cuantos trabajamos por el arte estamos conscientes de las dificultades. En ópera, hemos encontrado un soporte invaluable en la empresa privada. La boletería apenas paga la tercera parte; el reto está claro: es imprescindible ser cada vez más creativos para acceder a mayores recursos, sin afectar el precio de las localidades más allá de la inflación, y apuntalar dicha estrategia con la calidad. Es vital explorar el abanico de posibilidades que nos da el hecho de ser un ente privado que, si bien no puede sobrevivir sin el decidido apoyo del Estado, tiene la facilidad de conseguir otros recursos como lo ha venido haciendo. La Fundación Camarín del Carmen está en la obligación de crear un producto atractivo que represente utilidad sin discusión para los patrocinadores tanto privados como oficiales y que contribuya a enriquecer el país. Todos queremos una Colombia mejor y desde un escenario de ópera, como ocurre con otras manifestaciones de la cultura, el aporte es permanente. Quiero hacer mío el verso de Antonio Machado: "Yo voy soñando caminos..."

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