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ELOGIO DEL AIRE ACONDICIONADO

ELOGIO DEL AIRE ACONDICIONADO

No hay nada más sabroso que Cartagena con aire acondicionado. Eso de poder comerse una arepa de huevo o un sancocho de sábalo y no tener que sudar, gracias a un aire bien frío, es de las mayores delicias del mundo.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
12 de diciembre 1997 , 12:00 a. m.

Y no solo en Cartagena o Barranquilla, hay que decirlo. Tengo unos amigos con casa en Peñalisa, en la región de Ricaurte, que tan pronto como llegan, con sus invitados a bordo, encienden el aire acondicionado para refugiarse en el único cuarto con este aparato instalado, después naturalmente de tres horas de viaje mareador, y del hecho evidente de que no hay en el mundo un sitio más poblado de moscos que los que proliferan en este pomposo condominio vacacional.

Sea, pues, en Cartagena, como en Girardot, Santa Marta, Cúcuta o Barranca, o aun en climas menos calurosos como los de Cali, Bucaramanga y Anapoima ( ay!), el aire acondicionado es el milagro no apenas de los gringos sino de los dioses. Primero, porque es lo único que evita los bichos de tierra caliente; segundo, porque es lo único que permite sentarse a pensar; y tercero, porque si hay algún placer en la vida es dormir en tierras cálidas con sábanas y cobijas, al amparo del medio refrigerado. Por ejemplo hay que decirlo sin reparos el lobby del Hotel Hilton de Cartagena, más frío que una lluviosa noche bogotana, produce uno de los mejores impactos físicos, luego de que el viajero ha llegado en taxi, sudoroso, o peor todavía si es caminando...

Soy, pues, defensor y amante del aire acondicionado, tanto como de la causa de Serpa (por cierto; qué banquetazo el del martes pasado en el Salón Rojo del Hotel Tequendama!). Contrario a las supuestas ventajas de la calefacción, el aire acondicionado no aludo al ventilador o abanico que llaman en la Costa, permite graduaciones, y hasta la locura de poder apagarlo, ante los quejidos de cuantos sufren de catarro y moqueadera.

La calefacción, en cambio, es desesperante, aun en los inviernos más implacables, que aquí por fortuna no tenemos. La calefacción reseca y la única forma de evitar ese ambiente artificialmente cálido es abriendo las ventanas de los hoteles y de las casas para permitir que penetre algo de viento helado, a fin de no ahogarse uno de calor. Aunque afuera esté haciendo una temperatura bajo cero.

Hace un tiempo tuve no obstante un ligero susto. Estando en Cartagena con bermudas y en camiseta, me dediqué a leer en la cama cuanto libro pude, que es lo que siempre hago en tierras tórridas y bajo la calma de un aire prendido, bien sonoro para neutralizar los ruidos exteriores y eléctricamente fuerte. Después de tres días de mantener los pies al aire, comencé a sentir un dolor cada vez más profundo en las articulaciones de los dedos. Convencido de que todo ello no era producto sino de los excesos de las frituras cartageneras y del vino francés que se consigue en los sanandrecitos, fui como un tiro a un laboratorio para un examen de ácido úrico, bajo sospecha de que estaba más boliado que Don Pancho el de doña Ramona con gota. Pues, oh sorpresa! El ácido úrico se encontraba en sus niveles normales y lo que había ocurrido era simplemente que se estaban congelado los tarsos, es decir, ese conjunto de huesos cortos que, en número variable, forman parte del esqueleto de las extremidades posteriores de los batracios, reptiles y mamíferos, situado entre los huesos de la pierna y el metatarso. Como se sabe, en el hombre constituye la parte posterior del pie.

El fenómeno de El Niño ha cambiado el clima en Bogotá y en todo el país. Estos soles bogotanos de que gozamos generalmente no se vivían sino después del 24 de diciembre, cuando la ciudad quedaba desocupada y el aire de la capital de alguna forma se depuraba, sin tanto exosto causante de polución. Bogotá, pues, se ha calentado, para disfrute de aquellos provincianos no lo digo peyorativamente quejosos de que esta es una urbe húmeda y fría, que no permite sino enruanarse y ponerse las pantuflas tan pronto como uno llega a la casa para mantener los pies calientes.

Al contrario. Estoy por pensar que, con este nuevo clima, Bogotá ya es una ciudad que requiere aire acondicionado al menos a ciertas horas en reemplazo de los tradicionales calentadores, cuyas resistencias de paso se queman con frecuencia inusitada. Los bochornos del mediodía exigen, sin duda, aire frío en los carros, y a full . Es una apreciación que comparten inclusive gentes de la oposición. Semanas pasadas fui invitado a un programa en La FM por Julio Sánchez Cristo, su director (quien por cierto anoche lanzó un libro con sus mejores entrevistas) y, entre sorprendido y feliz, descubrí que Julio pone el aire en la cabina desde las seis de la mañana y, aún más, anda en manga corta durante las cinco horas seguidas de transmisión radial.

Eso sí es tenerle amor al aire acondicionado, porque lo único que sigue siendo frío en esta ciudad paramuna son los amaneceres, cuando la temperatura puede llegar a dos o tres grados y el ambiente hogareño se enfría hasta el extremo de que es a esas horas cuando resuelvo meterme debajo de las cobijas, en total discordia climática ( o climatérica?) con mi cónyuge, envuelta en cobijas y cubrelecho desde tempranas horas nocturnas y en total contraposición con la ardiente temperatura exterior de su pareja

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