FUERZA RELIGIOSO-POLÍTICA

FUERZA RELIGIOSO-POLÍTICA

Al confirmarse la elección del doctor Jorge Serrano para presidente de Guatemala, el fenómeno de los movimientos religiosos diferentes del catolicismo, como fuerza política en América, es un hecho. Las consecuencias no se pueden predecir. El panorama administrativo en América, está cambiando fundamentalmente. En el Perú, apoyado por un centro derecha de origen fuertemente evangelista, se encuentra el presidente Fujimori. A Haití se lo tomó otro mandatario de origen religioso, Jean Bertrand Aristide. En Colombia, por primera vez en la historia, los evangelistas consiguen importantes posiciones para la Asamblea Constituyente. Para hablar religiosamente, son tres fenómenos diferentes y una sola realidad. Ella tiene implicaciones de diversa índole. No solo de carácter ideológico sino íntimamente relacionadas con las fallas que han venido mostrando los partidos políticos. Lo del Perú fue sorprendente. Allí se venció a una organización tradicional, disciplinada y de hondo calado popular,

08 de enero 1991 , 12:00 a.m.

En los partidos tradicionales, especialmente en Colombia, el toque de alarma debe repercutir. No es ya una lucha de clases, ni contra los extremismos, porque los evangélicos pertenecen casi siempre a un centro derecha. Se trata, para quienes están contra este fenómeno, de insistir en algo que parece fundamental, la separación de la Iglesia y la política. Son actividades que no deben mezclarse porque tienen cada una su campo de acción propio. Lo que puede ocurrir en un futuro, si se extiende esta modalidad política, es contemplar a una América con mandato de origen religioso. Lo cual no dejaría de ser algo incomprensible, fuera de lógica y capaz de producir extraños sucesos. La espiritualidad está venciendo al rigorismo político.

El clientelismo, que no es un fenómeno local, aburre a la gente. La inmoralidad imperante en casi todos los gobiernos de la América Latina, tiene como contrapeso la creencia de que un poderío espiritual como el de los evangelistas, llevaría un ambiente de honradez a las esferas oficiales. El acontecimiento del año sería: los evangelistas gobernando en la América Latina y un negro en la Casa Blanca.

El golpe en Haití es es un bofetón a América Latina. Las elecciones fueron limpias, por primera vez en la historia del desgraciado país. Si la OEA fuera sensata, podría jugar una carta definitiva para recuperar su credibilidad con una actuación firme en Haití. Lo que no hizo en Panamá puede hacerlo en la isla negra, y así evitar la intervención norteamericana.

Sacar al nuevo dictador haitiano con rudeza, si es necesario, a impulso de la OEA, es la acción lógica de esa organización. A Colombia se le presenta una gran oportunidad para encabezar la recuperación democrática haitiana.

El no tumbar al usurpador Noriega, después de unas libres elecciones en Panamá, motivó grandes tragedias. Pero insistimos, la OEA está de suerte, porque el destino de una nación a la que toda América ama, puede estar en sus manos.

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