QUIÉN ESPANTÓ A LA PATASOLA

QUIÉN ESPANTÓ A LA PATASOLA

Hace más de 20 años que el llanto de la Llorona no se escucha en el país. Algunos creen que fue ahogado por el lamento de las víctimas de la guerra. Tampoco nadie da razón de la Madremonte y el Mohán; parece como si la contaminación de los ríos los hubiera extinguido. Algo parecido se podría decir de la Bole fuego, los duendes, el Hojarasquín del Monte, El pate tarro, El riviel, y casi del mismo Diablo.

28 de octubre 2001 , 12:00 a.m.

Hace más de 20 años que el llanto de la Llorona no se escucha en el país. Algunos creen que fue ahogado por el lamento de las víctimas de la guerra. Tampoco nadie da razón de la Madremonte y el Mohán; parece como si la contaminación de los ríos los hubiera extinguido.

Algo parecido se podría decir de la Bole fuego, los duendes, el Hojarasquín del Monte, El pate tarro, El riviel, y casi del mismo Diablo.

Los viejos mitos y leyendas colombianos están desapareciendo rápidamente. Los desterraron las ciudades con su modernismo, luego la televisión y el turismo, y finalmente la violencia. Hoy hay ya al menos una generación en los pueblos y en los campos que nunca han oído hablar de los espantos de antaño, y que viven más aterrados por los cilindros de gas, las motosierras y los petardos.

El caso más triste de los espantos desaparecidos puede ser el del Mohán, que rondaba las riberas del río Magdalena desde Honda hasta Barranca. Era un hombre desgreñado y perverso que fumaba tabaco y se llevaba a las muchachas más bonitas.

La última vez que lo vieron por allí fue hace 25 años, comenta Miguel de los Santos Prada, pescador hondano de 75 años, quien afirma haberlo conocido en sus épocas de adolescente.

Aunque ya no lo ven, como sí lo vieron sus padres y abuelos, muchos pescadores de Honda aún le guardan respeto. Algunos de no se atreven a lanzar una atarraya al Magdalena sin que tenga una plomada de cobre, para evitar que el Mohán se las enrede o les voltee las canoas. Hay quienes incluso todavía le dejan cigarrillos y aguardiente en alguna orilla para congraciarse con él.

En el departamento de Córdoba las Brujas Tierreras se fueron sin dejar huella. Eran tierreras porque, a diferencia de las de Europa, ellas no usaban escobas.

Algo parecido sucedió con El Gritón, que arrancaba árboles de raíz en las tierras indudables de Córdoba. Dicen, pero nadie lo confirma, que se ahogó cuando llenaron la represa de Urrá. No sabía nadar; solo espantar.

No solo los espíritus están languideciendo. Otros personajes vinculados directa o indirectamente con ellos también están en riesgo de desaparecer.

De los animeros, por ejemplo, esos oscuros e inexcrutables hombres que iban solitarios por las noches de los pueblos, bajo un sudario negrísimo y que rezaban letanías por encargos para los muertos, no queda casi nada.

Eran personajes que, siendo parte del pueblo, producían terror cuando se les oía acercarse con sus murmullos en latín, y que nadie se atrevía a salir a mirarlos pues detrás de ellos iban, en medio de lamentos, todas las almas del purgatorio.

Tal vez el último de esta estirpe es Jesús Chucho Torres, un atlético hombre de 56 años, que hoy todavía se cubre con una capa larga de cuero café, se pone un par de guantes negros y un sombrero que solo le deja ver el mentón.

En Copacabana (Antioquia) todos lo conocen e inclusive ya no le tienen miedo cuando ejerce su trabajo de arrear las almas en noviembre, mes de los difuntos.

Por qué se fueron?.

Por qué se fueron los espantos y otros personajes relacionados con su mundo? Para algunos, el desarrollo los acabó. Para otros como el médico e investigador de la cultura y el folclor de Córdoba, Omar González, muchos ni siquiera existieron.

Es que algunos terratenientes se hicieron ricos infundiéndoles terror a los campesinos con historias de aparecidos y fantasmas para que se fueran y les dejaran las tierras , dice él.

Otros, que sí existieron y eran espíritus silvestres de los ríos y los bosques, se empezaron a morir con la llegada del servicio de energía eléctrica, un servicio que en las zonas rurales colombianas no es muy viejo.

Otro factor -explica González- es que con la llegada de la televisión ya nuestras abuelas no se sientan en las puertas de las casas con sus tabacos a contarles fantasías a sus nietos".

La influencia de la TV ha sido definitiva en la muerte del Mohán y la Patasola. Personajes mucho más comerciales y sofisticados, como Frankenstein y Drácula los han suplantado.

La gran responsabilidad de la televisión, en el fondo, es haber desplazado la tradición oral y reemplazado los espacios de reunión que propiciaban el nacimiento y la propagación de las leyendas.

Además de que ya casi no hay abuelas en mecedoras narrando historias de miedo en las noches calurosas de Colombia, tampoco quedan arrieros que se reúnan alrededor de fogatas luego de salir a jornalear.

En esa misma línea, otra costumbre que desapareció, y que era una fuente enorme de historias de espantos, eran los largos velorios pueblerinos.

La gente se reunía durante nueve días en la casa del difunto a contar y escuchar mitos y cuentos, que ellos mismos iban enriqueciendo. Hoy los difuntos son velados en las funerarias.

Según Fernando Urbina, profesor de filosofía de la universidad Nacional, especializado en mitología indígena, los espantos como tradición campesina se acabaron en la medida en que se fueron acabando los campesinos.

Carlos Ojeda, un venezolano que desde hace nueve meses vive en Colombia y siempre se ha interesado por estos temas, tiene una explicación más metafísica, pero también más fatalista.

Esos seres existían porque el demonio necesitaba gente que le ayudara a conseguir almas. Ahora, como todo el mundo roba y mata, el Diablo no tiene necesidad de buscar aliados , asegura él.

Los nuevos espantos.

Los fantasmas y las almas en pena de la Colombia de hoy ya no surgen de los ríos ni de las maniguas oscuras en las veredas. Ahora su origen está en las matanzas, en el horror de las tomas de pueblos y hasta en la delincuencia de las ciudades.

Por varios años, un apartamento de la calle 52 de Bogotá sobre la muy concurrida carrera Séptima estuvo deshabitado por la negativa de la gente a ocuparlo inclusive a bajo precio.

Ese fue el hogar de Campoelías Delgado, el hombre que una tarde de 1986 abrió fuego contra 17 personas en el restaurante Pozetto, horas después de haber asesinado a su madre en ese apartamento y de haber hecho una ronda macabra por los pisos del edificio asesinando a la gente que le abría la puerta ante su petición de una llamada telefónica.

Durante mucho tiempo se dijo que en el apartamento de la 52 espantaban, y aunque nunca se vio a Campoelías por allí, sí se oían gritos y lamentos que helaban la sangre en las noches.

Algo parecido dicen que se oye en las madrugadas en Santa Lucía, corregimiento de Tuluá, en el Valle.

Allí, el alma en pena de Mireya Alpala, una mujer de 24 años, que fue descuartizada y violada por las autodefensas en enero pasado, deambula por las calles solitarias del poblado.

Después se pierde por montañas y cañadas, dejando atrás el aullido de los perros.

FOTO/Javier Agudelo EL TIEMPO.

Jesús Chucho Torres, se cubre con una capa de cuero café que lo identifica como animero. Su trabajo es arrear almas.

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