LA NOTICIA QUE ESTREMECIÓ A COLOMBIA

LA NOTICIA QUE ESTREMECIÓ A COLOMBIA

Los familiares de las víctimas lloraron otras vez el martes de esta semana al recordar la tragedia ocurrida en Chiquinquirá el 25 de noviembre de 1967.

28 de noviembre 1997 , 12:00 a.m.

Y otra vez regresaron a la memoria las imágenes de aquel sábado de intenso frío, hace treinta años, cuando en la ciudad muchos se preparaban para asistir a la clausura de estudios de los planteles educativos.

Fue un día de confusión, histeria, muerte y amargura, como lo recordaron casi todos los asistentes a una misa que como conmemoración se celebró en horas de la mañana del pasado martes 25 de noviembre, en la Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá.

El sábado 25 de noviembre de 1967 también ocurrió el último hecho de una racha, de la que los habitantes del Occidente boyacense contabilizaron cinco tragedias en un lapso de siete años.

Sábado de clausuras Los testigos del que es recordado como el día de la intoxicación masiva, recuerdan que aquella fue una mañana fría, más fría que de costumbre.

Como ya era tradición en la ciudad, muchos chiquinquireños mandaron temprano a algunos de sus hijos o a las empleadas de servicio a comprar el pan para el desayuno a la panadería Nutibara, de Aurelio Fajardo Arévalo, ubicada en la esquina de la calle 18 con carrera octava, en donde se preparaban los mejores amasijos.

Muchos madrugaron porque la Escuela Normal de Señoritas Sor Josefa del Castillo y Guevara iba a hacer la clausura de estudios a las diez de la mañana en el teatro Furatena. De igual manera, se tenía previsto para ese día, a las tres de la tarde, el acto de terminación de clases del Colegio Sagrado Corazón de Jesús.

Todo transcurría con normalidad: algunos padres de familia desayunaron con sus hijos y se salieron a cumplir con sus quehaceres. A los pocos minutos los niños empezaron a quejarse de fuertes dolores de estómago y falta de respiración. Algunos de ellos sufrieron desmayos.

Simultáneamente, en varios hogares los padres cargaron a sus hijos y comenzaron a correr hacia el hospital. En pocos segundos la histeria se apoderó de la ciudad, pues algunos niños no alcanzaron a llegar vivos al centro asistencial.

Las escenas que se registraron esa mañana en las calles y en el Hospital San Salvador fueron inenarrables. Los quejidos de los niños agonizantes, el llanto de las madres angustiadas, la ofuscación de las gentes que despavoridas no alcanzaban aún a medir la magnitud de la tragedia, hicieron que Chiquinquirá viviera los momentos más dramáticos de toda su historia.

Se riega la noticia La emisora Reyna de Colombia, único medio de comunicación de la ciudad, difundió la noticia de que se estaba presentando una intoxicación masiva en la ciudad y que no se sabía si era el agua o el aire que estaban envenenados.

A medida que pasaban las horas, y cuando ya se comenzó a recibir el reporte sobre los primeros muertos, cada uno de los chiquinquireños tenía su propia hipótesis sobre las causas de la intoxicación.

Al escuchar la noticia suministrada por la emisora, Rafael Sanabria Valderrama, historiador, politólogo y comerciante que aún reside en el marco de la Plaza de La Libertad, acudió al hospital a ver que sucedía, al igual que lo hicieron muchos curiosos..

Al llegar al centro asistencial, Sanabria fue testigo de la angustia de muchos padres de familia que gritaban impotentes viendo morir a sus hijos. Nada se podía hacer porque nadie sabía qué estaba pasando.

Entonces Sanabria y su vecino Carlos Castañeda disidieron recorrer la ciudad para recoger enfermos. El panorama que encontraron era conmovedor: muchos yacían en las calles esperando que alguien los ayudara a llegar al hospital. Otros eran sacados de sus residencias agonizando.

Jorge Arévalo, mecánico de profesión y dirigente deportivo de la ciudad, le contó Boyacá 7 días: a las nueve de la mañana yo estaba en mi taller y pronto llegó la empleada de servicio y me dijo que mis niñas estaba graves; corrí hasta la casa y las llevé al hospital y cuando llegué encontré a todo el pueblo amontonado en la pequeña puerta de entrada.

Con ayuda de mi cuñado entregué a mis niñas, pero yo no sabía que detrás de mí traían a mi esposa, a mi otra hija y a mi suegro. No sé en que momento alguien me quitó a una de las niñas, como pude ingresé a buscarla y me encontré a mis amigos y mis vecinos. Todo el mundo estaba rogando para que no le dejaran morir a sus hijos .

Caos en el hospital A las siete y media de la mañana los primeros padres de familia empezaron a llegar al Hospital San Salvador con sus hijos agonizantes. A esa misma hora se producía el ingreso a sus labores del médico Rubén Camargo Acosta, quien se desempeñaba como director de ese centro hospitalario.

Camargo le relató a Boyacá 7 días: Yo no alcancé a colocarme la blusa, cuando comenzaron a entrar los enfermos. No alcancé a decir al primero de ellos que siguiera y se acostara, porque otras personas no me dieron tiempo. Varias mujeres me jalaban del brazo para insistirme que por favor atendiera a sus hijos, que no los dejara morir. Todos llegaban gritando y llorando, yo no entendía que estaba pasando, era una confusión total .

El galeno también recuerda que todos trataban de dar explicaciones sobre lo que estaba sucediendo. Algunos me decían que era el agua que estaba envenenada, que era el aire, que era el chocolate o la leche. Pasaron varias horas sin que alguien pudiera dar alguna explicación sobre el agente transmisor del tóxico, y otro rato para determinar cuál era el antídoto , agrega.

También dice que en el momento que comenzó la emergencia él estaba solo en el hospital y no sabía que hacer. Continúa relatando que no daba abasto, que luego llegaron otros tres médicos, cuando en el hospital ya reinaba el caos total. Los pasillos, las escaleras, el segundo piso, el jardín, todo estaba invadido de enfermos, muertos y familiares de los intoxicados.

Hasta las diez de la mañana se sabía que habían muerto más de 20 personas, y que más de 300 se hallaban en el hospital San Salvador, donde nueve médicos oriundos de la ciudad hacían lo posible por atenderlos.

La cifra de muertos fue aumentando progresivamente, hasta alcanzar a medio día 38, la mayoría niños. Cerca de 50 personas se hallaban agonizantes.

Después de medio día las autoridades tanto civiles como eclesiásticas y militares se movilizaron en todas las formas para pedir auxilios a Tunja y Bogotá, en dramáticos llamamientos.

Hubo casos de intenso dramatismo, en los que familias enteras que resultaron afectadas, perdieron hasta cuatro o cinco de sus miembros. Los adultos, que inicialmente no dieron muestras de intoxicación, fueron llegando más tarde a pedir auxilios y al atardecer algunos habían fallecido.

Prueba con pollos En horas de la tarde ya se había producido la llegada de delegados de la Secretaría de Salud de Boyacá y del Ministerio del Ramo. El propio Ministro de Salud, Antonio Ordóñez Plaja, llegó hasta la ciudad Mariana en helicóptero, al igual que el Gobernador de ese entonces, Antonio Bayona Ortiz.

Igualmente, hicieron su arribo varios científicos del Laboratorio de Toxicología de Bogotá que durante varias horas estuvieron examinando muestras de agua y comida para determinar las causas de la intoxicación.

Pedro Osorio, un ciudadano común y corriente, comprobó que era el pan el que estaba produciendo el envenenamiento: le dio migas a unos pollos y los animales murieron en unos pocos minutos.

Arturo Díaz Avellaneda, a quien se le habían muerto en el transcurso de la mañana cuatro de sus nietos, también hizo un angustiado experimento: le dio pan a su perro y el animal cayó muerto a los pocos minutos.

Al anochecer de ese 25 de noviembre el balance era estremecedor: más de 500 personas se habían intoxicado y hubo más de dos mil que alcanzaron a ser afectadas. Se registraron 78 muertos, pero se asegura que murieron más de 100, ya que algunos perecieron en hospitales y clínicas de Bogotá y otros en sus propias casas.

El 30 de noviembre de 1967 en la Basílica se realizó un sepelio colectivo en medio del llanto y el dolor de todos los pobladores. El Presidente del la República Carlos Lleras Restrepo acompañó el cortejo Cinco tragedias en siete años Asesinado un médico: El viernes 21 de abril de 1961, el doctor Pedro Alejandro Cortés, jefe liberal de la región, fue asesinado por un grupo de forajidos al mando de Efraín González.

El médico Cortés regresaba casualmente de oír misa por el alma de su señora madre cuando fue acribillado por disparos de ametralladora. También resultaron heridos, su hermano José Cortés y Darío Jordán Silva, cuñado de los Cortés.

Matanza en Saboyá: Año y medio después, a trescientos metros de la zona limítrofe con Santander, en la madrugada del miércoles 15 de agosto de 1962, en el sitio denominado El Crucero, en jurisdicción de Saboyá, fue asaltado un bus de la Flota Reyna y asesinados 24 de sus ocupantes.

Las víctimas, humildes campesinos, se dirigían a Chiquinquirá a pagar una promesa, cuando salvajemente fueron despertados por el sonido de las granadas y las balas, Los que lograron escapar lo hicieron cubriéndose con los cuerpos de sus compañeros muertos. La tragedia fue promovida por Efraín González, Sangre Negra .

Tercera tragedia: José Cortés Santamaría, sobreviviente en el asesinato de su hermano Pedro Alejando, y jefe liberal de la región, al salir de una corrida, el martes 7 de enero de 1964, fue ametrallado, con cinco acompañantes, por varios desconocidos.

Con él murieron su señora, Graciela de Cortés; el doctor Hernán Contreras, profesor de la Tecnológica de Boyacá; Argemiro Peña, José Arévalo Castellanos y Anita Castillo de Castillo, y lesionadas diez personas más.

Terremoto: Cinco muertos fue el saldo por el temblor de tierra ocurrido el 28 de julio de 1967 y que sacudió a la ciudad dejándola en lamentable estado de destrucción. Más de 500 casas resultaron gravemente averiadas. La Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá fue una de las edificaciones más azotadas por el temblor, que destruyó su cúpula principal.

Intoxicación: La intoxicación colectiva dejó un saldo de 78 muertos, aunque más de 500 personas se vieron afectadas.

Cargamento mortal Tres frascos de Paladión que hacían parte de 32 cajas despachadas desde Bogotá con destino al almacén agropecuario Mi Granja, de propiedad de Luis Alberto Rodríguez, de Chiquinquirá, se rompieron al tomar una curva forzada el camión en que se transportaba la arina solicitada por la panadería Nutibara. El tóxico impregnó diez de los 30 bultos que de ese artículo había adquirido el propietario de la panadería en los molinos Cundinamarca y La Concepción, en Bogotá.

Después de la tragedia, la panadería nunca se volvió a abrir. Por algunos meses el conductor del camión y el propietario de la panadería permanecieron detenidos, pero fueron dejados en libertad al no ser hallados culpables. En Chiquinquirá cuentan que el dueño del negocio murió años más tarde víctima de un accidente de tránsito; que en sus últimos días padeció de problemas mentales y nunca pudo olvidar el haber sido protagonista de la historia más dramática que ha vivido el pueblo chiquinquireño.

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