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HARRIET DE ONÍS

HARRIET DE ONÍS

En la época del buen vecino, durante la administración de Roosevelt, trabajé en Nueva York por cosa de siete años, cuando don Federico de Onís dirigía en Columbia University el Departamento de Español. Don Federico, que sabía más que todos los otros jefes del Departamento de Español en Estados Unidos, fue el primero que nos abrió el campo a los de Nuestra América. Se vino a enseñar entonces en Columbia University mejor que en México, Buenos Aires, Lima, Caracas o Bogotá, la novela, la poesía, el ensayo, cuanto formaba el tesoro literario del Nuevo Mundo castellano.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
11 de diciembre 1997 , 12:00 a. m.

A su lado trabajaba, como una hormiguita callada, Harriet. Todo lo que era rotundo en don Federico, en ella era una sombra silenciosa. Antes de don Federico no hubo en Nuestra América quien llegara al profesorado en Estados Unidos. Don Federico, más salmantino que ninguno, con un temperamento como de Unamuno, inició el cambio en la república del norte. Me tocó presenciar esta brusca apertura en la vida universitaria y ver hasta dónde la enseñanza de don Federico, autor de una extraordinaria antología de poesía castellana, que comprendía las obras de Nuestra América, vino a modificar en forma radical lo que había estado en poder de los inmigrantes ibéricos.

Don Federico podía aparecer demasiado fuerte como líder de un cambio radical en la enseñanza del español en Estados Unidos. Pero era tal su autoridad y tan sabio su magisterio que se impuso, primero porque sabía más que los otros, y luego porque Columbia tomó la iniciativa que muy pronto se extendió a todas las universidades de Estados Unidos.

La persona que visiblemente impuso el cambio fue Don Federico. A su sombra fue creciendo silenciosa su mujer, Harriet, que naturalmente callaba donde Don Federico hablaba. Yo la conocí mejor que nadie, porque ella, la primera gran discípula de su marido, habiéndose leído cuanta novela, poesía o libro de Nuestra América llegaba a Columbia, maduraba un juicio personal y, sin contradecir a su marido, iba siguiendo su camino en una forma un poco irónica, con un humorismo que corría debajo de sus palabras, llevando a quien se interesaba en las cosas de Nuestra América un asombroso caudal de conocimientos y, sobre todo, una opinión muy definida. Yo entré a Columbia a trabajar con Don Federico, pero muy pronto comprendí que Harriet resultaba hasta más accesible que el maestro. Entré a trabajar con Knopf llevando a Harriet por traductora. Y sería apenas creíble la correspondencia que tuve con ella durante los años en que trabajamos como una sola persona.

Cuando ella me tradujo The Green Continent, publicó más tarde The Golden Continent, una traducción suya, paralela a la que había hecho de mi libro. Era delicioso trabajar al lado de la universidad, donde Harriet no ocupó nunca ningún puesto pero recogía, con más fidelidad que nadie, las páginas de los latinoamericanos. No quiero decir que Don Federico fuera tan avasallador que desalojara totalmente a su mujer del trabajo literario. Pero Harriet era silenciosa y la voz de Don Federico dominaba en todo el departamento.

The Green Continent fue el primer libro que me tradujo Harriet antes de la Biografía del Caribe. Como ahí se recogen páginas de diez o quince latinoamericanos, mi editor, que era Knopf, descubrió en ella la traductora ideal que sabía recoger y buscar el giro correspondiente a los autores de todos los países. Harriet corría como una sombra, calladita, trabajadora, y fue imponiéndose como el mejor puente para hacer llegar a los americanos la historia de Nuestra América.

Yo no volví a tener traductora como ella. Habiendo llegado a dominar nuestra manera de manejar la lengua venida de España, ofrecía lo mismo del español y últimamente del portugués, versiones que recogían de modo perfecto nuestra manera de ver la vida. Todo calladito. Knopf fue viendo en ella una aliada perfecta. Y para mí era un placer repasar lo que yo mismo escribía para darme cuenta de lo que podía ser oscuro para el lector del norte.

Yo recuerdo a Harriet en su trabajo, haciendo preguntas que me obligaban a poner más cuidado en todo lo que escribía. Ella, sin estarse metiendo en nuestros estudios, nos enseñaba tanto como Don Federico. El mismo genio del marido, que fue la primera autoridad en los Estados Unidos sobre nuestra literatura, hasta el día en que se retiró a Puerto Rico. Fue para nosotros, quienes tuvimos la suerte de trabajar bajo su dirección, lo mejor que la universidad pudo ofrecernos. Esto no se ve leyendo los papeles oficiales, pues, como he dicho, Harriet nunca ocupó puesto alguno en la universidad y la figura de Don Federico se imponía sobre cuantos dirigían departamentos de español en todo el país. Tuve la suerte de que mis libros fueran las primeras traducciones entre las que luego hicieron que el nombre de Harriet se impusiera como la traductora por excelencia de Nuestra América al inglés.

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