MAL DE OJO

Vayamos de nuevo al licenciado Juan Méndez Nieto y sus Discursos medicinales, de los que he hablado en ocasiones anteriores. Vayamos, por ejemplo, al célebre mal de ojo , un fenómeno inexplicable e inexplicado, en que nuestros antepasados creían a pie juntillas; y no a la bulla de los cocos , como por acá decimos, sino basados en respetables autoridades de la antigedad, como Plinio el Viejo, y otros. Lógicamente, nuestro licenciado, que era hombre culto, creía también en ese mal, cuya causa se pensaba que residía en la fuerza de la mirada de algunas personas.

03 de agosto 1990 , 12:00 a. m.

El propio Méndez Nieto fue su víctima, en una hija suya, y nos relata la escena con patetismo en la siguiente forma: Es, pues, el casso que estando un día hablando como a las diez horas con Juan Lebrón, acertó una niña, hija mía, de edad de hasta cuatro años, a bajar a la sala donde estábamos hablando, desde una azotea baxa que a un lado della estava, a donde se subía por cuatro escalones, y luego que hubo baxado el primero, y el Juan Lebrón la vido, dixo, con grande admiración y en boz alta: Válame el cielo, qué criatura tan bella! Y no lo hubo bien acabado de decir quando cayó la niña, de golpe, de los tres escalones abaxo, y de mui blanca que era, se paró más azul que una turquesa, y caídos los brazos y cabeza, como si del todo estuviera muerta. Acudió su madre, dando mil gritos, y teniéndola en sus brazos, parecía una madeja, según que estaba floxa y relaxada.

Acudimos luego a santiguarla y zahumarla con romero bendito, que era lo que más a mano se halló; y en el entretanto embié por una dracma de triaca de esmeraldas, y, desleída con un poco de vino blanco, se la hice echar por la boca, y, juntamente con esto, le hice echar cantidad de ventosas secas por toda la región de pecho y espaldas, teniendo entendido que es gran fuerza de veneno que va al corazón lo que puede hacer tanto mal y tan breve. Y con esto fue Dios servido de darle nueva vida, como quien la reservaba ya para sierva y esposa suya, como después lo fue antes que llegase a los quince años .

En otra ocasión, regresaba el buen licenciado no de Sabana, sino de la Vega de Santa Fe de Bogotá, baxado a esta cibdad de Cartagena con el Gobernador Pedro Fernández de Bustos (al que le tocó la mala suerte de la visita del Draque) y vieron una manada de carneros en que habría más de mil, que andaban paciendo en aquella ancha y fértil vega, y dixo el Gobernador: Muy gordos están esos carneros, paréceme que son de Doña María de Rego. Miremos si parece por áy el mayordomo, y darános uno que cenemos aquí esta noche, y para almorzar mañana antes que salgamos . A lo que respondió el hombre que al estrivo venía: No parece por aquí el mayordomo. Vea Vuesa Merced qual dellos quiere que le mate, que yo se lo mataré dende aquí . Díjele: Con qué diablos lo habéis de matar, si no traéis arcabuz ni aún espada? . Señáleme Vuesa Merced el que quiera y verá lo que passa . Pues mate aquel de la mancha negra en el anca. Veamos cómo matáis .

Y sigue el licenciado: En esto se paró el hombre a mirarlo en hito, y nosotros con él para ver el misterio; y en espacio de un credo cayó el carnero patas arriba y comenzó a patalear para morirse. Entonces dixo el Gobernador a un indio anacona que con él venía: Corre, deguéllalo ante que se muera, que de otra arte yo no lo comeré . A lo que yo repliqué: No me entrará él en el cuerpo degollado, ni por degollar, que no pudo ser este carnero ser herido ni morir, sino por causa de un cruel veneno de las exalaciones y malos vapores de los ojos que ese hombre arrojó penetrándolo en el corazón, y no tengo su carne por buena, ni segura . Pues déxalo, dixo, y vámonos... Mas no hay que pensar que del mal de ojos podían ser víctimas tan solo hombres y animales. También los objetos, y si no lo creen miren vuesas mercedes lo que nos cuenta Méndez Nieto: Muchos años desde antes de esto, estando yo en la Ysla de Palma, cuando venía a las Yndias, y va por una calle (que pocas más tiene ella) en compañía del dueño de un navío que allí estava cargando vino, y me llevaba a visitar a su piloto, que havía enfermado; y vido, al pasar, una hermosa redoma de agua rosada, que estaba en una ventana, y dixo: Qué hermosa redoma! . Y aún no havía acabado de dizirlo, quando dio la redoma grande estallido, que lo oymos bien claro desde la calle, y juntamente se vinieron abaxo redoma y agua. De donde se colige que todo lo de Plinio cuenta del ojo, que parece duro de creer, es, y puede ser verdad .

Amén.

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