Y SE QUERÍAN MORIR!

Y SE QUERÍAN MORIR!

Aquí en Bucaramanga se querían morir.

11 de diciembre 1997 , 12:00 a. m.

A los 34 minutos de la complementaria se querían morir porque el Atlético Bucaramanga le ganaba 2-0 al Quindío, en el primer tiempo de la final del Torneo Adecuación.

Y, en el segundo tiempo, después de que Miguel Marrero descontó para el Quindío y puso el juego 2-1, y el Bucaramanga se confundió, perdió el balón y la gente terminó haciendo fuerza, mucha fuerza, para que Oscar Julián Ruiz, por fin pitara, cuando Quindío se veía más cerca, también se querían morir.

Se querían morir los hinchas del Bucaramanga, desde antes de que arrancara el juego, cuando para disimular los nervios acabaron con las bolsas de agua pura, para la sed, que anoche fueron los proyectiles perfectos para tratar de hacer blanco en el de la tribuna de abajo, en el de al lado, o en la niña delgadita y de ombliguera, que se había puesto los zapatos más altos y parecía recién salida del salón de belleza para ir al estadio.

A las 4:00 de la tarde mucha gente estaba lista en las puertas del estadio Alfonso López de esta ciudad.

Aún parecía un sueño. Bucaramanga, el bucaramanguita como le dicen unos, el Atlético, como le dicen otros, el mismo que en el 94 se fue a la primera B y muchos creían que nunca más iba a volver al la primera división, estaba ahí, disputando un cupo para la final del fútbol colombiano.

Sin grandes estrellas, con el Misil Restrepo, con José Fernando Castañeda, con el Fantasma Ballesteros, que aparece de la nada y casi siempre hace gol, jugadores que a muchos les sonaban, pero que nadie se quería morir por tenerlos en sus equipos.

Había motivo para quererse morir. Y es que los santandereanos se quieren morir, de la dicha, de la rabia, de la tristeza, por cuenta de Juan Manuel González, el narrador de Caracol, el hombre que más escuchan en Santander, porque a él le ocurre eso: se quiere morir. Y se quiere morir por lo bueno, por lo malo, por todo lo que tienen que ver con el Bucaramanga.

Todos de amarillo Y anoche con el Bucaramanga, amarillo de arriba a bajo, se querían morir.

Pero como por estos días todo, o casi todo, les sale a los santandereanos, se querían morir porque José Ordóñez, el que ha estado más de un día entero contando chistes, salió a la cancha, antes de que empezara el partido, como si fuera la Señorita Colombia, invitado a hacer el saque de honor del partido.

Ordóñez, que anda con su propia barra Ordóñese de la Risa, como su programa de televisión, es uno de los hinchas más populares del Bucaramanga.

Cuando Gustavo Restrepo marcó, de penalti, el 1-0, el estadio entero se quería morir, pero cuando Ballesteros, 50 segundos más tarde aumentó el marcador, con más ganas se querían morir.

Búcaros, Búcaros , gritaban los hinchas en las tribunas, en donde abundaban las camisas amarillas con vivos verdes, como si anoche el requisito indispensable para entrar al Alfonso López no fuera la boleta, sino la camiseta del Bucaramanga.

Pero no solo los del Bucaramanga, que tanto les suena a los de acá, se querían morir.

También se quería morir el técnico del Quindío, Oscar Héctor Quintabani, por los dos goles, los rápidos dos goles del local que en su momento lo pusieron a pensar en una goleada.

No fue así, aunque Daniel Tilger, la figura del Quindío, tal vez si se quería morir, porque ni siquiera veía el balón. La única vez que lo vio, fue cuando José Fernando Castañeda, en lugar de quedarse con el balón, trató de salir jugando, la bola, por pura casualidad golpeó a Tilger y casi marca gol. Ahí, Castañeda se quería morir.

Otro que se quería morir era Darío Aguirre, el arquero del Quindío. El más que nadie sabe qué clase de jugador es Ballesteros y así y todo se vio sorprendido en el segundo gol.

Pero, en una noche de fútbol, de final, de fiesta de grandes, con los chicos como gran atracción, los 22 hombres de la cancha se querían morir, pero de la felicidad. A muchos de ellos esto les pasa por primera vez.

Anoche, al final del partido, Bucaramanga se quería morir porque se llevó los puntos, pero algo muy parecido le pasó al Quindío, que anoche voló en un chárter a Armenia: se quería morir porque la diferencia es de apenas un gol y, el domingo, en Armenia, en el segundo tiempo, uno se querrá morir de la dicha y el otro, de la tristeza.

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