LA NOCHE TRISTE DEL COMUNERO

LA NOCHE TRISTE DEL COMUNERO

Como don Simón Bolívar nació tan lejos del Reino jamás le contaron nada de Galán el Comunero. Lo supo ya estando en bronce a veinte pasos del ruedo donde le asaron las tripas, roto ya en cuatro el cuerpo. Solo quedaban flotando al aire tristes recuerdos. Lo que sigue es como un diálogo doliente entre dos espectros. Donde plantaron los árboles de los racimos funestos se alzó el tablado de gloria. Lindas Ibáñez tejieron guirnaldas de amor y triunfo sobre los jóvenes héroes... Frente al balcón de la esquina cambió la historia los pliegos... Ahora inclina don Simón la frente y escucha atento las razones que movieron a entrar en la guerra a muerte al antiguo Comunero.

02 de agosto 1990 , 12:00 a. m.

Perdonad, señor, que os llame llanamente compañero pero vengo de una vida que más que vida fue infierno... Tuve por gran capitán al tal Francisco Berbeo, que disparó sus esbirros y sus carniceros perros queriendo agarrarme en Honda a que me dieran tormento. Me le salí de las garras y los otros socorreños los Platas que se fingían capitanes compañeros me cogieron y esposaron con herrajes traicioneros.

Así descendí el camino a paso de canta el fierro... para entregarme a la fuerza del brazo santafereño. Para anudarme el pescuezo y colgarme en esta plaza, el más digno caballero y venerable arzobispo hizo falsos juramentos dizque en servicio del Rey... Sin que hubiera nada nuevo para él, en esta historia quedó don Simón perplejo.

Eran dos melancolías que araron en el océano, Galán recordando marchas al engaño de su pueblo y don Simón el galope final del negro primero, tantos afanes y luchas, tantos peligros y riesgos, sin pedir nada distinto de ofrecer su propio cuerpo.

Galán dijo a don Simón: Señor: El amor es ciego y el comunero mestizo nació a la luz de un lucero que alumbra en la noche negra del despertar de un deseo.

Se volcaron los cristianos sobre este antiguo pueblo y de ahí salimos todos, como se ve, comuneros. La justicia que pedimos era de cristianos fueros. El agua que nos rociaron es un bautismo sincero.

Quedó temblando la espada de don Simón como acero de imán inclinado al cerco donde fue colgado un día José Antonio el Comunero en la Plaza hoy de Bolívar, que por eso es la del Pueblo.

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