SALSA E IZQUIERDA EXQUISITA

SALSA E IZQUIERDA EXQUISITA

Música y poder han ido juntos desde David el arpista, el protoviolinista Nerón y Federico el Grande y Francisco Miranda, que soplaban la flauta. En Colombia, la relación se rastrea desde los tiempos heroicos del general Bolívar, que tuvo fama de bailarín, y la guitarra de Santander en las fiestas de las Ibáñez, hasta los años 60 de rock y socialismo puro y Violeta Parra, y los 70, cuando se encontraron en las pistas de baile la salsa y la nueva izquierda.

08 de diciembre 1997 , 12:00 a. m.

Nuestros historiadores han olvidado algunos capítulos divertidos y jocundos de nuestra historia política, como ranchera y liberalismo. Vallenatos y caciques. Bambuco y godarria. Charangos y ortodoxia marxista. Y el más reciente, salsa e izquierda exquisita.

En los 70, los clientes de las discotecas más parecían hordas de jóvenes guerrilleros barbudos en fuga recibiendo ráfagas de ametralladora en los talones. Todos simpatizaban con el lado negro de la música. Y con Camilo Torres. Leían a Mao. Y entre tanda y tanda discutían bajo el estruendo de los decibeles a grito pelado sus desavenencias en torno a Trotski y el papel de los sindicatos, el revisionismo y la revolución permanente. Algunos, incluso, se hacían la permanente para resaltar la porción de sangre ensortijada que les tocaba en genética suerte en medio del despelote sexual del mundo. Jaime Bateman recibía a los periodistas de guayabera, bailando y aireándose el afro con un secador japonés.

Gentes alborotadoras y alegres. Llenas de buena fe. Vanidosas. Y miopes. Que creyeron empujar el tren de la historia tirando paso. Y que para justificar la manera salvaje como sudaban en las salsotecas acabaron por convertir esa música zamba en una forma de la independencia latinoamericana y la lucha anticolonialista, en contraste con la bullaranga alienante del jipismo pequeñoburgués, que ofrendaba a los afiches del Che con incensarios de marihuana al son de las canciones amorfinadas de Mick Jagger.

En dos cosas estuvieron de acuerdo los tres mil grupúsculos de la izquierda entonces, que abarcaban todos los matices entre el rojo bakunin y el rosa luxemburgo, jucos, emes, elenos, independientes y simples ofuscados por la folletería de las ediciones extranjeras de Moscú en dosis masivas. Una, que salsa y vallenato representaban la autenticidad, la vocación oculta de la raza, el futuro; se hacía énfasis en el origen caribeño de Bolívar. Y la otra: que el decadente rock pasaría con el próximo advenimiento del reino de la tierra de las burocracias estalinistas.

Quién iba a pensar que sucedería al revés? Que el rock no solo iba a seguir atronando Buenos Aires, Méjico y Bogotá, sino que los mismos hijos de Stalin en Polonia, Varsovia, Moscú, Budapest y checos y eslovacos, bajarían a Lenin de sus pedestales y se pondrían a dar brincos con Gorbachov al compás de la música instrumentada por la dominación imperialista. Y que bajo los muros del Kremlin pondrían al día la cocaína, los bluyines y las mafias y demás síntomas del derrumbe del capitalismo.

Muchos como yo, por melancólicos o tiesos de las canillas, o simplemente radicales lectores de Kropotkin, no pertenecimos a ninguno de los bandos de esta pugna de fusas y semifusas por desconfianza en todo. Al de los roqueros de falansterio. Al de los salseros lectores de Deutscher. (Ni al otro, a la tercera fuerza de los huraños profesores de la izquierda aburrida, que consumían los kiries de la canción protesta de uso en las peñas de pacos de Chile, vagualas tristes de Atahualpa Yupanqui, anemias de los Parras y Mercedes Sosa, honor a su apellido, para quienes la salsa como el rock eran lo mismo: distorsiones de la estética popular, ruido comercial, productos de la gran industria disquera, alimentados con los músicos gusanos de Nueva York y Puerto Rico, la salsa, y el rock con el lumpen drogadicto de los suburbios industriales...) Daniel Santos, Celia Cruz, Santa Bárbara Bendita y Changó eran santos del mismo santoral que Marx y Ho Chi Min. Salsa e izquierda exquisita se fundieron de modo que una de las orquestas más populares en Colombia se llamaba Los Tupamaros. Era una bomba.

No estaba entre las maquinaciones de esas noches de calistenia el mundo de desgracias, privatizaciones, violencias nuevas y alarmas inéditas, de perplejidad, callejón sin salida en que la historia resolvería nuestras queridas contradicciones. De globalización y neoliberalismo ni se hablaba. Y, por supuesto, nadie pensó, hubiera sido anatema, que Lenin iba a pasar de las plazas rojas al desván de los trebejos de los anticuarios con otros estorbos de la historia, y que los bolcheviques serían a lo sumo otra anécdota en los anales de la tierra, como los hunos y los cátaros.

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