CON EL RADIO EN EL OÍDO

CON EL RADIO EN EL OÍDO

Ni el equipo ni la hinchada de Millonarios pudieron vencer ayer al peor enemigo que se le puso al frente: la ansiedad. Ayer, pese a que en las tribunas de El Campín había cerca de 31.000 hinchas vestidos de azul y blanco, faltó la alegría.

08 de diciembre 1997 , 12:00 a. m.

Si los hinchas se concentraban un poco en el partido, podían escuchar si le pegaban fuerte o suave al balón. Tal era el silencio que había ayer en las graderías. Ni los Comandos Azules hicieron la bulla que los caracteriza.

Pero la gente tenía otras preocupaciones: unos 62.000 oídos estaban pendientes de la radio, esperando el resultado del juego en Barranquilla.

Al comienzo, todo parecía normal. Incluso la gente cantó el primer gol del Quindío como suyo. Pero esa bulla solo duró 10 minutos.

La gente seguía pensando en el Atlético Bucaramanga. Tanto, que no se dieron cuenta del penalti que pitó Julián Idárraga por una mano de Víctor Molina. Reaccionaron más o menos 30 segundos después. Ricardo Pérez erró el cobro y regresó el silencio, que apenas era interrumpido por unos cuantos insultos.

Cuatro minutos después, Villarreal marcó el 1-0 y la gente reaccionó: el equipo de Diego Umaña estaba en la final del Torneo Adecuación. Pero los oídos seguían en Barranquilla.

Nueve minutos después sonó una fanfarria y un canto de gol: Bucaramanga acababa de irse arriba 1-0. Los hinchas de Millonarios se tomaban la cabeza. Algunos jugadores hacían lo mismo en la cancha. Poco después llegó el segundo gol canario y Millos se desconcentró. Volvió el silencio.

Luego llegaron el penalti para el Tuluá, que atajó Burgues; el gol de Marcio Cruz y el descuento de Rogeiro, todo eso en seis minutos. La gente, como si nada: los oídos seguían en Barranquilla. Terminó el primer tiempo y los hinchas, pese a que el equipo ganaba 2-1, movían sus cabezas en señal de desaprobación.

Antes de comenzar el segundo tiempo, los altavoces del estadio dejaron de dar información acerca del resto de la fecha. Parece que alguien allegado a Millonarios hubiera hecho apagar el sonido interno del estadio. Diego Umaña, mientras tanto, salió a mirar a la tribuna con un cigarrillo en la mano.

Arrancó el juego y comenzó el despilfarro de Millonarios. El silencio se rompió con algunos insultos para El Gato Pérez. El equipo en la cancha estaba desesperado. Umaña salió a la pista atlética.

Los altavoces seguían apagados. Ya no hacían falta: la gente seguía pegada al radio y Diego Umaña tenía una persona que le iba avisando lo que pasaba en el Metropolitano.

Además, dicen que las malas noticias son las que primero llegan: el estadio se volvió a apagar cuando Bucaramanga marcó el tercer gol. En ese momento, Umaña volvió a la pista atlética. La orden: ir hacia adelante. Toda la gente vestida de azul comenzaba a desesperarse. Tanto, que el mismo técnico no soportó que el Choco Suárez hiciera un mal pase: inmediatamente lo cambió por Guillermo Rivera.

Seis minutos después, Julián Idárraga pitó penalti a favor de Millonarios. La gente estaba en silencio; ni la opción de marcar otro gol les hizo quitar los oídos del radio. Pero simultáneamente, en Barranquilla, había un penalti a favor de Junior: la tribuna comenzó a moverse.

Bonner Mosquera cobró la falta e hizo el 3-1. Otra vez salieron las banderas, las cornetas y los gritos. En la curva norte, los Comandos Azules comenzaban a cantar de nuevo. La gente, pese a que Bernardo Redín erró el penalti en Barranquilla, siguió gritando, mucho más cuando Javier Martínez puso el 4-1.

Los hinchas se olvidaron de todo. Algunos radios quedaron apagados en los bolsillos. Solo se escuchaba el coro de Millos, Millos .

El cuarto gol del Bucaramanga fue un golpe a la cabeza de los fanáticos, que no pudieron reaccionar. El equipo tampoco, pues Diego Umaña se encargó de avisarles a los jugadores. Quedaban cinco minutos y había que hacer dos goles: una tarea muy difícil.

Y fue imposible. El equipo no pudo ampliar la diferencia. El silencio llenó las tribunas de El Campín, de las que no salió ningún hincha, hasta que llegó el último pitazo de Julián Idárraga.

Cabizbajos, los jugadores se fueron al camerino, pese a haber ganado por goleada. Cabizbajos, los hinchas los despidieron con un cerrado aplauso, pese a que sabían que el triunfo no servía de nada. Los oídos y el alma de los hinchas de Millonarios se quedaron en Barranquilla.

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