QUÉ AÑITO EL 97!

QUÉ AÑITO EL 97!

La mejor terapia que cualquier colombiano debe hacerse para entrar desestresado al 98 es, sin duda, omitir de la memoria los sucesos funestos del 97. Lo que sucede es que son numerosos, y borrarlos del subconsciente no es un ejercicio fácil, máxime cuando muchos de ellos sobrepasaron el límite de la indignidad.

07 de diciembre 1997 , 12:00 a. m.

Año, de verdad, para no recordar. Fue perverso con el empleo, proclive a la corrupción, pletórico de incertidumbre para los empresarios y condescendiente con logros laborales y congresionales obtenidos a punta de presiones indebidas.

Eso para no hablar de la adversidad de la misma naturaleza. El 97 engendró el fenómeno de El Niño , que, pese a fatigar menos de lo esperado, dejó grandes pérdidas al sector agrícola en regiones como Tolima, Huila y la Costa Atlántica. Todavía falta sentir su herencia devastadora porque, según la Nasa y el Inat, lo duro viene en el primer semestre del 98.

Quizás valga la pena retroceder a enero. Cuando menos se esperaba, el Gobierno acudió al expediente de la emergencia económica por la sencilla razón de que las autoridades fiscales mataron el tigre y se asustaron con el cuero. Las privatizaciones inundaron de dólares, si así se puede decir, al Banco de la República. La revaluación parecía inminente. Pero, además, los ingresos tributarios se fueron al piso y el déficit de las finanzas públicas era una pesadilla.

Se decretó la emergencia. Y, por supuesto, la incertidumbre fue total. El ministro de Hacienda, José Antonio Ocampo, reconoció antes de irse para la Cepal que ese fue su principal error.

Hubo gente realista y profetas del desastre. Mientras el Gobierno sostenía la caña de que no había recesión, ni siquiera a la colombiana porque este es un país atípico en comportamiento económico, la demanda caía y la tasa de desempleo superaba el 13 por ciento en el segundo trimestre.

Por fortuna, a estas alturas, la tendencia empieza a revertirse y la economía vuelve a recuperarse, aunque muchas empresas quedaron golpeadas.

Pero el 97 ha sido el año del miti-miti , de muchos funcionarios indelicados que erosionaron el presupuesto de las entidades oficiales, del uso indebido de los bienes del Estado, y del favoritismo, que es una forma injusta de distribuir el patrimonio común.

Y no es negativismo, ni que se quiera desconocer lo plausible. Lo que se hace bien no necesita reconocimientos porque eso es lo normal. A un empleado le pagan por hacer las cosas bien, no por hacerlas mal. Así debería ser el Estado. Pero el balance no es ese, por desventura.

El 97 deja muchas preguntas sin responder. Por ejemplo, qué se hizo la plata de las privatizaciones? Fueron a la inversión social? Los juiciosos del análisis económico sostienen que no. Gran parte del billón de pesos de aquellos activos que se vendieron, que provocaron la emergencia, fueron a tapar el hueco del déficit fiscal. Betania, Chivor y la EEB ya no son patrimonio nuestro. Por supuesto, no es que se cuestione la política de privatización, sino que esa plata no revierta en progreso. Eso de sin el pan y sin el género no tiene sentido.

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