INSENSIBLES

En un país que tiene uno de los más altos índices de violencia en el mundo, pensamos que ella solo se tabula en muertes, atracos, secuestros, violaciones, boleteos, masacres. La constante divulgación de estos delitos ha ido insensibilizando a una opinión pública que ya solo reacciona ante hechos de proporciones mayúsculas. Lo desconcertante es la forma de reaccionar, pues ella parece no tener ninguna incidencia en el despertar de una solidaridad que se canalizara en medios de presión que obligaran a los mecanismos de esa sociedad a establecer controles colectivos que impidieran el libre transitar de los delincuentes. Independientemente del índice de violencia contra los seres humanos, Colombia tiene uno de los más elevados de violencia ecológica, que nos ha llevado a producir en los últimos años la más alta serie de masacres, ante la más irracional indiferencia de la opinión pública nacional.

01 de agosto 1990 , 12:00 a. m.

Nadie, como lo decía James L. Buckley, puede decir cuánto cuesta un caracol. Desde el punto de vista económico, tal vez muy poco, pero la verdad es que desde el punto de vista ecológico, no lo sabemos. O si no qué valor se les daba a los virus de los pezones de las vacas antes de que Jenner descubriese que de ellos se podía hacer la vacuna contra la viruela?; o a los hongos de la penicilina antes de Flemming? La irresponsbilidad colectiva destruyó, en solo tres años, la más importante marisma del continente suramericano --Isla Salamanca--. Allí llegaban las aves migratorias del norte en su ruta al continente suramericano, escapando del invierno. Nadie tuvo el sentido de responsabilidad para obligar al Ministerio de Obras Públicas a garantizar el flujo de las aguas que conectaban el mar, Isla Salamanca, las ciénagas y el río Magdalena.

Qué pasó? Primero murió Isla Salamanca. Y jamás volvieron las aves; murieron los caracoles, los cangrejos, los peces, los mangles, las ostras, los camarones, murió la belleza, solo quedaron la desolación, las fantasmagóricas formas de unos mangles muertos, como mudos testigos de la agresión del hombre y la muerte siguió su camino.

Por qué nadie mete a la cárcel a un ejecutivo que autoriza verter en el río Magdalena una sustancia tóxica que contamina un pez, que a su vez produce una lesión genética que afectará nadie sabe a cuántos niños? No es eso violencia? No es eso impunidad? No basta una legislación --Colombia la tiene--; sería necesario crear unos tribunales que conocieran de los delitos ecológicos para que ellos se encargaran de castigar penalmente. Sería también necesario una enorme campaña educacional que despertara una solidaridad ecológica, un amor por nuestros recursos naturales. Por eso miro con entusiasmo el enorme esfuerzo que periódicos como EL TIEMPO hacen al dedicar espacios a la conservación. El mundo tiene que saber que, o conserva su hábitat, o no sobrevive, como no sobrevivirá Cartagena con su irracional ataque a su bahía, o no sobrevivirán los corales de las Islas del Rosario y morirán como murió la Serranía de San Lucas.

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