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LA BELLA Y LA BESTIA

LA BELLA Y LA BESTIA

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
07 de diciembre 1997 , 12:00 a. m.

La bella: Isabel Preysler Se nos acabaron las bellas locales, se nos agotaron las damas de alcurnia? Las mayorías colombianas, que no la conocen, ni siquiera como madre de Enrique Iglesias, han de estar preguntando si la llegada de esta filipina obedece a la apertura económica, que dejó sin valor a muchos productos nacionales, o si responde a un capricho de Semana, que quiso poner en sus páginas el exotismo de una bella extranjera y madura.

En España saboreó la gloria de ser mujer de Julio Iglesias. Los españoles se regocijaron con ella, pues el misterio de sus artes amatorias la llevó del divo de la canción al divo de la economía, ese Miguel Boyer que pasó del Palacio de la Moncloa a los palacios de Marbella. Ella, como el gringo de la historia local, siguió allí: belleza sin años, discreta, buena madre, buena esposa, alimentando la nostalgia filipina de los españoles, mojando páginas en Hola y en Diez Minutos, las revistas del corazón que no dejaron de preguntarse por su destino.

La vida de la jet set, que es una vida de vitrina y escaparates, se ha nutrido de esta imagen que rezuma una belleza apacible y un mejor manejo de sus años. La vida de la beautiful people, carne de folletines y telenovelas, ha tenido en Isabel el lado opuesto al escándalo: el conservadurismo de la aristocracia y el encanto del dinero, materia prima que nutre el imaginario plebeyo y las fábulas de cenicientas esposadas por príncipes. Es la madre de tres preciosas criaturas, es el producto de exportación que ha seducido a la familia López/Lee, que no conforme con el estilo de Semana, han querido ser Cromos, de la noche a la mañana.

Pasó como un relámpago que solo vieron unos pocos, mientras las mayorías preguntaban dónde estaba el misterio del producto. El misterio siempre se dijo en España estaba en sus desmayos. Una amante filipina que se desmaya en el acto que ustedes imaginan, merece la efímera gloria de ser invitada por Semana. Aunque no la conozca nadie, un desmayo femenino siempre vale un Potosí.

La bestia: Santiago García En este país, donde el respeto se transforma en devoción y la importancia pública se vuelve canonización, Santiago García es el merecedor de los mayores respetos que pueda merecer un artista del teatro, a quien le sentirían mal devoción y canonización. Así es él: un hombre que en la esquina de los setenta, despide esa clase de juventud que sólo un artista puede exhibir, porque si algo rejuvenece cada día es la libertad y el acto creativo.

Así es él: un hombre común y corriente, un artista que sus vecinos saludan como se saluda al portero, como se saluda a un cómico que lleva 40 años dando lo mejor de sí al público y a sus discípulos. García como todos le dicen, pudo haber sido arquitecto, pero renunció a ello picado por la ponzoña de la escena. Decisión sabia: sospechó que entre Fernando El Chuli Martínez y Rogelio Salmona, no había campo para otro genio. El sólo podría ser actor y director de teatro, constructor de uno de los mejores edificios de la escena colombiana.

Un hombre que no aprende a vivir irónicamente acaba sacrificado en el altar de su solemnidad. Así que García, que no ha dejado de vivir irónicamente, decidió un día seguir en este mundo con su teatro a cuestas, renunciando a la vulgaridad de hacerse rico, asumiendo que el teatro, que tuvo su origen en la pobreza, es la mejor manera de enriquecer la conciencia de los hombres.

Ha hecho lo que ha querido. Ha montado obras ajenas y propias. Y en una ciudad donde el oportunismo social marca la ruta del norte, él no ha dejado de repetir que el sur también existe . O el centro, que para los del norte, es un sur imposible. Por eso no ha salido de La Candelaria ni de su teatro-desafío. Con Enrique Buenaventura, es probablemente el único maestro de la escena colombiana, el único artista que ha hecho de la modestia y la ironía el capital de una vida.

Sin decirlo, sólo haciendo, García está en las antípodas de esos trapos y lentejuelas que le salieron al paso al teatro colombiano. En él, hay una lección de arte, una inmensa lección de vida.

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