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LOS REHENES DE LA PALMA AFRICANA

LOS REHENES DE LA PALMA AFRICANA

Abuela, ya no me acuerdo de la cara de mi papá . Eso le dijo Tomás Felipe a Marina, la madre de Leonardo Díaz. Si para eso hay fotos , le contestó ella, sacando fuerzas de donde no tenía. El niño la miró con una seriedad increíble para un pequeño de cuatro años y le contestó: Sí, pero es que cierro los ojos y no lo veo .

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
06 de diciembre 1997 , 12:00 a. m.

Díaz es uno de siete ingenieros secuestrados por las Farc en Puerto Wilches, Santander. También hay un médico y una comunicadora social. Todos jóvenes, todos trabajadores, todos amenazados por la guerrilla, asediados, asustados y sin otra opción que seguir trabajando en una empresa de palma africana para vivir.

Nos dijeron que nos quedáramos en Bucaramanga mientras que se calmaba la cosa , dice Alexandra Galeano, esposa de Francisco Meza, el médico. Las mujeres estaban nerviosas; incluso muchos de sus padres se sentaban horas a aconsejarlos: Mijo, devuélvase que eso está muy peligroso . Pero aunque la amenaza de un secuestro estaba latente, como una sombra mala, nadie creyó en realidad que les fuera a pasar a ellos.

Estaba en la plantación cuando llegó la guerrilla y se llevó a mi esposo. Al comienzo estuve calmada porque nos dijeron que al anochecer los devolvían, pero ya han pasado dos meses y aún no ha anochecido , cuenta Ana Lucía Arango, esposa de Gabriel Bedoya, uno de los ingenieros.

Eran las seis y media de la mañana cuando llegaron unos hombres encapuchados al campamento de la plantación de Bucarelia. Entraron a una oficina y secuestraron a las cinco personas que estaban allí. Cuatro hombres y una mujer. Un trabajador llegó temprano a la casa. Me dijo que le dijera a mi esposo que no saliera, que la guerrilla estaba en la plantación. Pues ya se lo llevaron -contesté yo- porque él ya se fue , dice Beatriz, esposa de Castor Jet Acevedo, otro de los secuestrados.

Salieron en dos carros de la empresa y llegaron hasta un río donde los esperaba una chalupa. Les dijeron que querían aclarar el rumor de que las plantaciones de palma estaban dándoles dinero a los paramilitares de la zona y que una vez tuvieran eso claro, los dejarían en libertad. Con ellos iba Marco Antonio Cruz, un directivo de la plantación de palma vecina, Monterrey, que había sido secuestrado al mismo tiempo Fueron trabajadores de la empresa , afirma Adriana de Díaz, la esposa de Leonardo, un ingeniero agrónomo que lleva varios años trabajando con palma africana. Son guerrilleros que trabajan para la palma de la zona, Leonardo los conoce, estoy segura de que ellos no son capaces de hacerles daño dice.

Las conversaciones comenzaron desde el mismo día en que se los llevaron: el 17 de septiembre. Por medio de la Cruz Roja Internacional las familias y los directores de la empresa han recibido noticias de los secuestrados. En papeles amarillos y con tinta azul, los seis comenzaron a contarles a sus esposas, familias y amigos lo que estaban viviendo.

Una de sus cartas habla del paisaje que está viendo. Dice que quisiera que Tomás Felipe, nuestro hijo, y yo, estuviéramos frente a esos atardeceres selváticos , cuenta Adriana, que tuvo el valor de decirle a su pequeño que su papá lo tenía secuestrado la guerrilla Desde el cinco de noviembre no reciben noticias de ellos, pero hasta donde saben están bien. Para María Alexandra Galeano, esposa de Francisco Meza, el médico de la plantación, ellos no nos dan malas noticias para que no nos derrumbemos, así como nosotros les escribimos diciendo que estamos bien y tranquilas y a veces sentimos que no podemos más .

El lío de los paramilitares se aclaró. La guerrilla se comunicó con Tito Eduardo Salcedo, el gerente general de Bucarelia, y le dijo que ya sabían que no había habido dinero para financiar a los paras , pero no los soltaron. Ahora pedían un porcentaje de las ganancias de la empresa para dejarlos en libertad. Eso, según la empresa, no se puede hacer.

Como tampoco pueden pagar un rescate sus familias. Los secuestrados no son dueños de las empresas, no son accionistas, no tienen corbatas costosas ni carros elegantes. Son ingenieros, comunicadores sociales, gente normal que paga arriendos y ahorra para comprarse un equipo de sonido. Aunque quisieran, sus esposas y padres no tienen con qué pagar... ni siquiera juntando las cuentas de ahorros de todos.

Las negociaciones van para largo , dice Adriana, la única de las esposas que está en Bogotá. Hace casi un mes secuestraron a tres hombres más de la empresa Brisas, y eso no le da a nadie muchas esperanzas.

Algo no está bien Mientras tanto, todas intentan ser mamás, papás, sicólogas y murallas para no derrumbarse ante sus hijos, muchos de los cuales están muy pequeños para entender.

Casi ninguna ha tenido el valor de decirles qué ocurre. Unas dicen que sus padres están de viaje, otras cuentan que están en las plantaciones, pero los niños se dan cuenta casi siempre de que hay algo que no funciona bien.

Y aunque unos preguntan, como Tomás Felipe, otros, como Francisco Alberto, uno de los tres hijos de Francisco Meza, y el más amigo de su padre, no dice nada. Silencioso y tímido como es, ha decidido ser el hombre de la casa mientras regresa su papá y, a sus cinco años de edad, no deja sola a María Alexandra ni un instante. El no sabe dónde está Francisco. Sin embargo, siente que hay algo que no está bien y no se separa de mí. Es como si buscara llenar ese vacío , dice María Alexandra.

Cuando son mas grandes y pueden comprender las cosas, sus madres se apoyan un poco más en ellos. Es el caso de Luz Marina Zuluaga, esposa de Norman Correa, uno de los secuestrados de Brisas, que se llevaron hace tres semanas. Su hija Sara tiene 11 años y ya es mucho lo que sabe de la situación del país. Pero ella misma no siente fuerzas para ayudar a nadie ahora. Se sienta con el uniforme del colegio, las medias abajo y una mirada llena de tristeza, tan diferente a lo que deberían ser los ojos de una estudiante. Ya no me dan ganas de hacer nada , dice, como disculpándose porque bajaron sus notas. Hoy tenía un trabajo para entregar y no fui capaz de hacerlo .

Nadie la culpa. Ninguna de las personas que se reúne semana a semana en las oficinas de Bucarelia en Bucaramanga se atreve a hablar. Todas saben por lo que pasan sus hijos y eso quizás es lo que más les duele. Más aún que estar solas, porque en las largas horas de la tarde en las que se reúnen, hablan de las cartas, especulan dónde estarán y rezan para que sus captores se apiaden de ellos y los suelten.

Nunca han hecho nada más que ayudar a la comunidad. No me imagino por qué los tienen que secuestrar a ellos , dice María Alexandra, que lleva nueve años viviendo entre la plantación y Bucaramanga.

Con una sonrisa, su suegra, Chela Cadavid de Meza, le recuerda que ellos no han dejado de hacer el bien. El me escribe y me dice que tiene pacientes dentro de la guerrilla y que está enseñándoles primeros auxilios .

Chela es quizás la más tranquila de todas. Se sorprende de sí misma, dice, porque no sabía que podía ser tan fuerte, pero todo se lo atribuye a Dios. El sabe por qué hace sus cosas, y ella tiene la plena convicción de que su hijo está acercándose a la religión y se está convirtiendo en un evangelizador.

Esa férrea esperanza es la que los mantiene unidos. Esa férrea esperanza es la que ha hecho que Luis Ariza, el padre de Alda Yuceli Ariza, la única mujer secuestrada, una joven comunicadora social, se haya puesto en la tarea de escribir cartas. Primero al gobierno, después al zar antisecuestros, luego a las asociaciones de defensa de derechos humanos en el exterior y a cuanta persona lo quiera oír, porque no quiere sentirse impotente frente a la suerte de su hija.

Porque para ellos la impotencia es el peor sentimiento. Prefieren la rabia, la soledad y la resignación, pero la impotencia es simplemente invivible. Y ahora es eso lo que sienten. Después de más de dos meses de secuestro, las familias porque ellas también están secuestradas no tienen fuerzas sino para rezar, esperar y contener las lágrimas.

Ellos saben que finalmente se tienen a sí mismos, a sus familias. Se tienen entre ellos. Tienen la ayuda de una sicóloga del Gaula y una de País Libre. Tienen a Dios y tienen a sus empresas, que han sido las grandes protectoras en estos momentos. Ellos nos ayudan, les organizan los cumpleaños a los niños, nos cuentan siempre la verdad , dicen.

Solo queda esperar, es cierto. Pero si algo se puede hacer, ellos están dispuestos. Lo único que piden es que la gente se sensibilice. Los que pasan por la calle y ven el afiche con los nombres de los secuestrados, los que oyen la radio por la zona pidiendo la liberación de los empleados y la gente que lee este artículo. Piden que ya no haya silencio para que ellos no sientan impotencia. Piden que sus niños tengan un padre, piden que nunca le pase esto a nadie, ni siquiera a la guerrilla, porque dicen no tienen ningún rencor... solo un pesar profundo.

Con el miedo y sin el trabajo El drama del secuestro no siempre afecta solo a las familias y a los amigos cercanos. A veces llega a cambiar la vida de personas que no están cerca y sin embargo de una u otra forma los extrañan.

En el municipio de Puerto Wilches y los corregimientos aledaños hay 18,300 personas que sufren el secuestro de los nueve trabajadores de las empresas de palma. No los conocen, ni siquiera deben saber sus nombres, pero su ausencia cada día los asusta más.

Las empresas de palma han amenazado con irse del sector si siguen los secuestros, porque no pueden vivir con miedo. Con eso cerrarían la mayor fuente de empleo de la zona, de la cual dependen casi el 70 por ciento de los habitantes de la zona y que ahora ven peligrando sus trabajos por culpa de los secuestros de las Farc.

Los sindicatos han salido a hacer marchas y manifestaciones, el pueblo entero ha protestado y de nada ha servido. Es la comunidad la que tiene que exigirle a la guerrilla que libere a los secuestrados. La guerrilla habla de valores sociales y no defienden a los pueblos que dicen proteger , dice Rubén Darío Ramírez, el zar antisecuestro.

Y es que todos saben que la palma produce el 90 por ciento de los empleos de la zona (2,860 personas que trabajan en las oficinas y el campo), y paga en sueldos 17,040 millones de pesos al año (cifra de 1996), lo que implica el 77 por ciento del dinero que entra por empleo en la región.

Qué va a pasar si se va la palma? Nadie sabe. El presidente de Bucarelia, Tito Eduardo Salcedo, tiene miedo de las consecuencias. Es la mayor fuente de empleo, de ella dependen las mujeres y los niños del lugar y nosotros lejos de hacer daño le hacemos bien a la comunidad. Si nos vamos tendremos mucha más violencia en este lugar, porque va a haber pobreza y desempleo .

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