EL ESPECTADOR : CIEN AÑOS DE ADVERSIDAD

EL ESPECTADOR : CIEN AÑOS DE ADVERSIDAD

Juan Guillermo Cano, uno de los directores de El Espectador hasta el pasado miércoles, relató en 1987 con motivo del centenario del periódico que nunca había visto tan ofendido a su padre, don Guillermo Cano, un mes antes de su muerte, cuando la revista Hoy por Hoy publicó una noticia según la cual su diario había sido adquirido por el Grupo Santo Domingo. Al día siguiente, en la primera página del periódico, la versión de Hoy por Hoy aparecía calificada como una noticia absolutamente falsa de principio a fin

16 de noviembre 1997 , 12:00 a.m.

No era para menos. El diario más antiguo de Colombia estaba a punto de celebrar su primer centenario, y si de algo se enorgullecía era de haber conservado su carácter de empresa familiar, desde cuando fue fundado por don Fidel Cano, el 22 de marzo de 1887, en un modesto taller de la calle El Codo, en Medellín.

Otra cosa es que las finanzas del diario de los Cano no atravesaran entonces por uno de sus mejores momentos. Existía, sin embargo, la convicción de permanecer fieles a una tradición que don Gabriel Cano hijo de don Fidel y padre de don Guillermo había recalcado y hecho pública cuando el diario celebró los 80 años, en 1967.

En esa oportunidad, don Gabriel aseguró: El Espectador ha sido, es y seguirá siendo, mientras viva, una empresa estrictamente de familia, de casta, si se quiere... . Y más adelante anotaba que del destino del diario no dispondrán jamás, si no es por ministerio de la fuerza, manos distintas de nuestras propias manos .

Pero el ministerio de la fuerza terminó por imponerse esta semana. Luego de varios años de incertidumbre económica, la familia Cano se vio obligada a ceder una participación mayoritaria del diario, precisamente al Grupo Bavaria.

Era el último capítulo de una larga historia de luchas contra la adversidad. Tantas, que esta condición ha sido parte del espíritu de El Espectador y, si se quiere, uno de los rasgos que más ha fortalecido su imagen.

Desde cuando fue fundado, el periódico de los Cano ha enfrentado censuras, enemistades y ataques. Apenas llevaba cuatro meses de vida cuando el régimen de Rafael Núñez lo consideró enemigo del gobierno y lo silenció por un tiempo. Un año más tarde el obispo de Medellín prohibió a los católicos leerlo, comprarlo o auxiliarlo de cualquier manera, bajo pena de pecado mortal. En otra de sus arremetidas contra el Ejecutivo, en 1893, don Fidel Cano terminó tras las rejas, y el cuadernillo que entonces circulaba 500 ejemplares dos veces por semana tuvo que privar de nuevo a sus lectores de sus comentarios mordaces y de sus orientaciones.

Pero sobrevivió a la enemistad de Núñez, a la censura de Carlos Holguín, a la guerra de los Mil Días y a la dictadura de Reyes, y en 1913 se convirtió en diario y en 1915 originó una edición desde la Capital de la República. Al lado de EL TIEMPO, su eterno rival, luchó contra la hegemonía conservadora y se convirtió en uno de los dos brazos intelectuales y de opinión del partido liberal. En una época en la que era más común que hoy estar suscrito a dos periódicos, los liberales leían EL TIEMPO en las mañanas y El Espectador en las tardes, pues durante la primera mitad de este siglo fue de carácter vespertino.

Sumido en una grave crisis económica, a raíz de la recesión de los años 30, estuvo a punto de cerrar sus puertas, pero encontró el auxilio de sus propios competidores. Para salvarlos de la quiebra, el doctor Eduardo Santos les prestó una suma equivalente a la mitad de las acciones, y unos años más adelante prestó las rotativas de EL TIEMPO para imprimir el diario de los Cano.

Sobrevivió a los disturbios del 9 de abril de 1948, originados por el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, pero en 1952 sus oficinas y sus talleres fueron saqueados e incendiados, en una jornada de violencia de la que también fueron víctimas EL TIEMPO y los dirigentes liberales Alfonso López y Carlos Lleras Restrepo.

La cuarta generación Si bien El Espectador conocía el sinsabor de la censura, fue durante la dictadura de Rojas Pinilla cuando enfrentó algunos de los más duros ataques que pretendían silenciarlo. Fue tal la campaña en su contra, que durante varios meses debió circular con el nombre de El Independiente y con la advertencia de que circulaba bajo censura oficial.

El Frente Nacional que sobrevino a la dictadura coincidió con los mejores años del diario de los Cano. El Espectador pasó a ser matutino en 1958, pero conservó una edición de la tarde con el nombre de El Vespertino, que permaneció durante 15 años, hasta cuando los medios electrónicos decretaron su muerte.

En 1964 se trasladó a la moderna sede de la Avenida que lleva su nombre, e inició una ofensiva tecnológica y periodística que lo convirtió en uno de los primeros periódicos del mundo en archivar el linotipo y en uno de los pioneros del país en la tendencia de circular revistas con el diario.

No obstante, buena parte de sus problemas actuales tienen su origen precisamente en una obsesión que los llevó a acceder a las modernas tecnologías antes de tiempo, cuando la calidad no era aún la mejor, pero en cambio el costo que esto implicaba se dejaba sentir con rigor.

Si se le suma a este factor el error estratégico de haber descuidado su circulación en Bogotá por la pretensión de convertirse en un periódico de gran fuerza en la provincia, el cuadro se hace más crítico. A la postre, su gran competidor se fortaleció aún más en la Capital de la República, y los diarios regionales despertaron y tomaron una fuerza inusitada.

Fue también en este periodo cuando llegó al diario la cuarta generación. Amparados en la consigna de ser una empresa eminentemente familiar, un exceso de Canos ocupó los principales cargos del diario y le cerró las puertas a una oportuna oxigenación administrativa y periodística.

En 1982, una serie de investigaciones sobre las irregularidades cometidas con los fondos de inversión del Grupo Grancolombiano originaron un fuerte enfrentamiento entre las dos partes, y el retiro de la pauta publicitaria de las empresas comandadas por el banquero Jaime Michelsen. Con este episodio, El Espectador sufrió un nuevo deterioro en sus finanzas, pero fortaleció su imagen de independencia y su carácter de permanente enfrentado a la adversidad. Para el Grupo Grancolombiano, esta pelea significó el comienzo de su fin.

Los dividendos para el diario de los Cano fueron peores cuando en la década de los 80 enfiló sus baterías contra el narcotráfico. En diciembre de 1986 fue asesinado su director, don Guillermo Cano, y en 1989 una bomba de alto poder estalló al frente de sus instalaciones y las dejó semi destruidas.

En las dos oportunidades, al día siguiente apareció un inmenso titular en la primera plana: Seguimos adelante .

El epílogo Por tres meses, don Guillermo no alcanzó a celebrar el centenario del periódico. Lo sucedieron en la dirección sus hijos Juan Guillermo y Fernando, al lado de uno de los más fieles seguidores del espíritu de don Fidel Cano y de uno de los más grandes periodistas que ha dado el país: José Salgar.

Ellos han llevado las riendas de El Espectador en la última década y han tenido que vivir el recrudecimiento de la crisis económica del diario, a la cual han llegado, según algunos observadores, por una serie de errores de vieja data en el campo administrativo. Estos se reflejaron en un deterioro de su circulación que, a su vez, llevó a gran parte de los anunciantes a retirarles la pauta porque el diario no les podía ofrecer la efectividad que requerían.

El último gran error fue el de haber comprometido una suma importante para ingresar a la televisión, en un espacio noticioso (lunes a viernes de 6:30 a 7:30 de la mañana) que no les ha ofrecido sino pérdidas.

Desde hace tres años se comenzó a insinuar la necesidad de que la familia Cano vendiera parte de las acciones, para hacerle frente a las millonarias deudas. El año pasado, de la mano de asesores externos, llegaron a la conclusión de que en el manejo gerencial del periódico necesitaba otras manos. Cano Isaza y Cía. se convirtió en Comunican , entidad que bajo la orientación de Carlos Gustavo Cano tenía la misión de salvar a la empresa. A pesar de su apellido, este Cano no es descendiente de don Fidel.

El epílogo de este capítulo de 110 años sucedió a mediados de esta semana, con la venta de una participación mayoritaria de las acciones de la empresa. Se habla de un 70 por ciento, que han pasado a manos del Grupo Bavaria.

Lo que sigue es un misterio. No obstante, las directivas del diario aseguran que se trata simplemente de una transacción comercial que no alterará los principios a los cuales se han mantenido fieles durante más de un siglo, y que sabrán mantener en alto el nombre que le han dado al periódico firmas de la talla de Gabriel García Márquez, Klim, Eduardo Zalamea Borda, Luis Eduardo Nieto, Fabio Lozano Simonelli y Héctor Osuna.

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