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A RESCATAR EL LIBERALISMO

A RESCATAR EL LIBERALISMO

Hoy se celebra en Medellín el Foro Ideológico del Partido Liberal, precisamente cuando la colectividad se debate en medio de una crisis de liderazgo, de ideas, de contradicciones y de toda índole. Por eso, recordando una frase de Alfonso López Pumarejo, más válida hoy que nunca, el liberalismo debe prepararse para asumir el poder .

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
05 de diciembre 1997 , 12:00 a. m.

Antes que condenar al liberalismo a una muerte prematura, hay que entender que sin partidos la actividad política se vuelve caótica. La legitimidad de un régimen democrático y el concepto de gobernabilidad se sustentan en el accionar de los partidos políticos como órganos colectivos de expresión.

De ahí la importancia de invitar a la reflexión y de actuar para devolverle al partido su motor doctrinario, su ideología programática, su sintonía con las bases populares, y rescatarlo de los afanes electoreros que se inflaman al iniciarse la campaña presidencial talvez más importante de este siglo, no solo para el futuro del liberalismo, sino para el porvenir de Colombia.

El talante liberal es el que más se asemeja a la manera de ser alegre y extrovertida de los colombianos. La esencia del liberalismo en la vida ordinaria como en la política, más que ideología es temperamento. Liberalismo es tolerancia, es respeto a las ideas ajenas, es reconocimiento de la falibilidad de los criterios propios, es la permanente disposición al cambio y al debate de tesis y programas.

De manera que no podemos minimizar la importancia, más que la urgencia, de rescatar al liberalismo. Porque sólo renovando el partido, produciendo un relevo modernizador en sus estructuras, sus jerarquías, y su interacción con el electorado, podremos iniciar, desde los cimientos, la reconstrucción y recuperación del Estado.

Pero sobre todo, como decía un famoso pensador liberal del siglo pasado, en el centro de la filosofía liberal está la idea de un bien general o bienestar humano común, capaz de ser compartido por todos y que sirva de norma a la legislación . Porque el deber moral del liberalismo es no solamente asegurar la igualdad ante la ley, sino la igualdad ante la vida.

El suprapartidismo está de moda, y hoy no hay nada más popular que declararse enemigo de los partidos, acudiendo al facilismo de desechar lo que no funciona, en lugar de componerlo y renovarlo. Pero es el momento de pensar en el próximo siglo y no en los próximos cuatro años. Necesitamos menos de la anacrónica y corrupta manera de hacer política, la de la demagogia y el populismo, y más administración, entendida como gestión pública eficaz. Y para lograrlo es indispensable salir del marasmo, devolverle el dinamismo participativo al liberalismo y sacudir las estructuras anquilosadas de una colectividad que se acostumbró a detentar el poder, pero que no lo está ejerciendo para beneficio de la patria, sino para perpetuarse en él.

La disciplina es condición elemental de triunfo, siempre y cuando sea fruto del convencimiento y no de la coacción. Disciplina de entusiasmo, no de miedo. Las disidencias son funestas en táctica, pero hay disidencias impuestas por elemental decoro, porque los principios no se pueden transar. Como bien lo dijera Alberto Lleras, no creemos que la unión sea un acuerdo o un pacto sino un resultado político .

El liberalismo no puede dar la sensación de que, ante el juicio implacable de las encuestas o ante el descontento e inconformismo de un país defraudado por un cúmulo de promesas incumplidas, opacado por un manto de indignidad, la tolerancia se confunda con laxitud, y no se respeten las reglas y la ley.

Como liberales, por principios y por convicción, no podemos rehuir el debate ideológico y la confrontación de tesis y propuestas, escudándonos tras las mayorías radicales o las vetustas maquinarias de la vieja forma de hacer política. Por eso hay que hablar claro, y de frente. La actitud vacilante y personalista de algunos dirigentes liberales pone en serio peligro la supervivencia del partido. Y no me refiero solo a las próximas elecciones, sino al liberalismo que nos dejaron los grandes de este siglo, y que tenemos la obligación de preservar como el partido del cambio, precisamente en la era del cambio.

De nosotros depende el futuro del ideario liberal. Y tenemos que ser optimistas. Porque estoy seguro de que Colombia sabrá elegir y se pronunciará masivamente por un cambio de ruta y una nueva concepción de la forma de hacer política. En 1998 el país le pondrá una lápida, no al liberalismo, sino a aquellos que lo secuestraron para su beneficio personal. La lápida dirá: no más de lo mismo.

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