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FILOSOFÍA FISCAL DE CLINTON

FILOSOFÍA FISCAL DE CLINTON

Cualquiera que haya sido la retórica de los presidentes Reagan y Bush, la verdad es que durante sus gobiernos la economía norteamericana hizo una expansión a debe , en el más puro espíritu keynesiano, hasta llegar a niveles insostenibles, en los cuales el déficit fiscal anual bordea los 300.000 millones de dólares, alrededor del 4 por ciento del PIB de Estados Unidos. El peso acumulativo de los sucesivos déficit anuales se está volviendo insoportable para los norteamericanos, y una de las promesas que llevó a Clinton a la Presidencia fue precisamente el poner en orden la casa, y devolverle a la economía norteamericana un ritmo satisfactorio de crecimiento sobre bases financieras sanas.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
07 de marzo 1993 , 12:00 a. m.

Hace ya algunos días que el presidente Clinton presentó ante la opinión pública su estrategia para reducir el déficit fiscal a niveles más manejables, del orden de 200.000 millones de dólares, que para 1997 equivaldrían al 2.7 por ciento del PIB. Lo interesante de la propuesta es que este saneamiento fiscal no se lograría simplemente con una elevación de los impuestos, como lo habrían hecho los keynesianos ortodoxos, o con una reducción del gasto público y del tamaño del Estado, como lo pretendería la nueva derecha.

El programa del presidente Clinton se propone reducir entre 1994 y 1998 el déficit fiscal en 473.000 millones de dólares, de los cuales 168.000 millones se conseguirían por reducciones en el gasto, y 305.000 millones por incrementos en los impuestos. La mayor parte de la carga tributaria adicional vendría de la elevación de las tasas del impuesto de renta a los contribuyentes más ricos, hasta llegar casi al 40 por ciento para aquéllos con rentas líquidas gravables por encima de 250.000 dólares por año. También se incrementarían al 36 por ciento las tarifas del impuesto a la renta de sociedades, y habría una significativa contribución de la clase media vía los impuestos a la energía (gasolina, ACPM, energía eléctrica).

Sorprendentemente, el proyecto del presidente Clinton también incluye algunas reducciones en impuestos, fundamentalmente para promover la inversión en activos fijos, especialmente de la pequeña y la mediana empresa, y para disminuir la carga tributaria a los grupos más pobres. Queda aquí claramente reflejada la convicción presidencial de que el modelo neoliberal de Reagan y Bush no se preocupó suficientemente por los problemas de empleo, cuyo mejor generador son precisamente las pequeñas empresas, ni por los de la pobreza, que se expandió considerablemente durante los años del experimento neoliberal en Estados Unidos.

Las reducciones en el gasto público ocurrirían ante todo en el sector de las partidas correspondientes a las Fuerzas Armadas, aprovechando la desaparición de la amenaza soviética y con ella la de la carrera armamentista. El sistema federal de salud sería puesto bajo control, para frenar su tremenda escalada en los costos, especialmente en las remuneraciones de los médicos. También se buscarían ahorros a través de una reducción del 3 por ciento en la nómina federal.

De nuevo, sin embargo, hay sorpresas. El Presidente Clinton propone incrementar el gasto público en una serie de sectores que a su juicio son claves para devolverle a la sociedad norteamericana la capacidad de competir en mejores condiciones en el mercado mundial. Estos sectores son la formación de recursos humanos, a todo nivel, desde programas de nutrición a los niños hasta el reentrenamiento de la fuerza de trabajo; la protección del medio ambiente; las campañas preventivas de salud, el mejoramiento de la infraestructura de transporte y la financiación de programas prioritarios de ciencia y tecnología, que aumenten las ventajas competitivas de la economía.

En resumen, el programa del Presidente Clinton busca reducir a tamaños más manejables el déficit fiscal norteamericano, aumentando la equidad de la sociedad a través de mayores impuestos a los ricos, y mayores subsidios a los pobres, mientras se busca simultáneamente darle a la economía más capacidad de competencia en la guerra de los bloques internacionales, a través de inversiones selectivas en recursos humanos, en infraestructura y en ciencia y tecnología. Hay mucho que aprender en este programa, que riñe con algunos dogmas preciados del modelo neoliberal que tan a destiempo y con tanto entusiasmo han venido copiando los gobiernos latinoamericanos.

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