EL MAESTRO DARÍO ECHANDÍA

EL MAESTRO DARÍO ECHANDÍA

El 13 de octubre se cumplen cien años de haber nacido en la población de Chaparral el maestro Darío Echandía. A lo largo de su vida sería entrañablemente fiel a su linaje tolimense, a su modo de ser, a sus costumbres campechanas, a su pausado y característico acento. El excelso humanista no perdería jamás el sello de su origen. Allí se apagarían sus ojos después de larga travesía por el mundo de la política, de las civilizaciones y las letras. Desprendido de bienes terrenales, sencillo y diáfano, sus días postreros transcurrirían en el escenario de la región nativa que tanto amara.

11 de octubre 1997 , 12:00 a.m.

Por su larga y silenciosa preparación en un juzgado de provincia, se diría que había en él, como en el Rodin de Rilke, una oscura paciencia que lo hace casi anónimo, una tranquila y superior mansedumbre, algo de la gran paciencia y de la bondad de la naturaleza que se inicia en casi nada para recorrer apacible y gravemente el largo comienzo que conduce a la abundancia . Como el glorioso escultor, tampoco pensó en hacer árboles. Empezó con el germen, de cierto modo, bajo la tierra. Y ese germen se acrecentó hacia abajo, hundió una raíz tras otra, se ancló antes de aventurar el primer retoño hacia arriba. Para eso fue necesario tiempo y tiempo .

Nunca lo abandonarían la tranquila y superior mansedumbre, ni la gran paciencia y la bondad de la naturaleza. Salido de los claustros del Colegio Mayor del Rosario con su formación humanística diestro en filosofías, códigos y latines volvió a sus lares e inició la distinguidísima carrera judicial que, luego de muchas peripecias y honores, culminaría en la Corte Suprema. Tras breve interludio bancario en Armenia, saltaría a la escena nacional con una curul en el Senado.

Poco conocido como todavía era, se le creía abúlico, callado, enigmático y siempre pensativo. Quien de verdad sabía de sus dones y talentos, el presidente Alfonso López Pumarejo de antaño su guía político lo llevó a ser la conciencia jurídica de la República Liberal, con el rango de ministro de Gobierno y más adelante de Educación.

La profunda y veloz transformación realizada por la República Liberal fue en gran parte obra de jurisperitos, a quienes el Jefe de Estado les encargó la tarea de estructurarla y articularla. Curiosamente, con Echandía llegaron otros togados del mismo origen regional: Antonio Rocha, Carlos Lozano y Lozano, Caicedo Castilla, Alejandro Bernate.

A ese semillero de juristas se agregaron Jorge Soto del Corral y Alberto Lleras que con razón fue más tarde honoris causa . Tal la profesión de actualidad y la fuente pródiga del remozamiento político. Jorge Eliécer Gaitán había sido formado en parecidos troqueles. Y, en 19O9, Eduardo Santos había recibido ese título universitario. Seríamos la nación de leyes que soñara Francisco de Paula Santander.

La revolución de las instituciones quedó consagrada en la reforma constitucional de 1936 que Echandía defendiera y explicara en tantos foros. Expedida por un Congreso homogéneamente liberal, dada la cerril oposición y abstención conservadoras, en 1957 se refrendaría con sus sufragios en aplastante votación plebiscitaria. A la Carta del 86 le remplazó unas cuantas vértebras y abrió la puerta al ingreso del país al siglo XX.

De las libertades públicas a las libertades sociales Cerca de veinte años después, Echandía demostró cómo este acto legislativo se inspiró en teoría distinta de los textos adoptados en 1986 y 191O. Una síntesis ilustrativa presentó: obligación social del Estado, intervención suya en la economía, restricción de las libertades individuales del siglo XVIII, garantía de la propiedad como función social que implica obligaciones.

A su autorizado juicio, las libertades públicas se trocaron en libertades sociales. Realmente afirmaba el derecho individual ha dejado de ser libertad individual para convertirse en derecho social, según la sociedad. Aquí se puede notar el viraje: de ser unas libertades con derecho a que el Estado las garantice, se convierten en créditos contra el Estado .

Cómo concebía la democracia social? Con papel activo del Estado. Al efecto, citaba la Constitución de la Italia de post-guerra, en la cual se declara que es deber de la República apartar los obstáculos de orden económico y social que, al limitar de hecho las libertades y la igualdad de los ciudadanos, impiden el desarrollo de la persona humana y la participación efectiva de todos los trabajadores en la vida política. Eso es democracia social, invitación a obrar.

En su entender, la expresión más exacta y genial de la llamada democracia social la encontró Keynes al pregonar que la finalidad de la economía política no es simplemente crear riquezas y acumular mercancías, sino hacer que la gente pueda vivir, realizando el pleno empleo. El derecho al trabajo implica el compromiso de procurarlo.

Humanista creador y combatiente Diplomático en el Vaticano y en Londres, acompañó a su patria y a su partido en todas las vicisitudes. Al caer abatido Gaitán, entró estoicamente al Gobierno de Unión Nacional, hasta cuando se convenció de que no era posible preservar el orden jurídico y las libertades públicas. Lanzada por el partido liberal su candidatura a la Presidencia de la República, empuñó la bandera y luchó por el triunfo, exponiendo incluso su propia vida.

Cuando su hermano Vicente marchaba a su lado, los fusiles oficiales le dejaron exánime. El episodio habría de persuadirlo de la adversidad irremediable de las circunstancias. Siendo a su parecer las elecciones un acto jurídico del pueblo no concebible sino dentro de un sistema jurídico el partido liberal no podría prestarse a la sangrienta farsa. A atravesar el desierto con valor, disciplina y mística debió disponerse. Echandía estuvo siempre en la vanguardia. Como lo estuvo en el movimiento final contra la dictadura y en el insurgir del Frente Nacional.

Era un demócrata integral. Le entusiasmaba dialogar con el pueblo, estar en contacto con la muchedumbre. Así como en la academia pronunciaba preciosos y sapientes discursos, con citas de poetas latinos, italianos y franceses en su idioma original, en el ágora su dialéctica convincente y fervorosa encendía los ánimos. Por el año de 1951, en Cali, debía abrir plaza en condiciones hostiles. Emocionadamente habló, habló y galvanizó al auditorio. Los demás oradores prefirieron no intervenir. Echandía lo había dicho todo.

Para el autor de estas líneas significó honor inmenso participar con el egregio varón, ya ex-presidente de la República, en el mismo gabinete ministerial. Por casualidad no lo tuvimos de profesor de Filosofía del Derecho, pero allí pudimos comprobar su discreta sapiencia, su realismo y su pasmosa diligencia de funcionario. También su amor apasionado por las causas del Tolima. En resonantes discursos parlamentarios enfrentado a los grandes tribunos de la época lo habíamos escuchado absortos, blandiendo la fuerza de sus silogismos. En esta ocasión lo veríamos reverdecer sus laureles, antes de retornar al Vaticano.

Maestro lo llamamos y maestro fue por la hondura y la extensión de sus conocimientos, por las virtudes diamantinas de su personalidad, por su patriótica vocación de servicio y su apego al derecho, por su fecunda obra de gobernante y de jurista, así como por sus lides en pro de las ideas liberales y democráticas.

Por vacaciones de su autor, esta columna no aparecerá en las próximas semanas.

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