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EL CEREBRO COMO ESPONJA

EL CEREBRO COMO ESPONJA

Llegó por las ovejas, comparte características de males análogos en renos, cabras, mulas y gatos; y representa una amenaza para la humanidad. Cuando se transmite al hombre, convierte su cerebro en una esponja. (VER CUADRO: COMO SE PROLONGA LA ECJ EN EL CUERTPO)

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
04 de febrero 2001 , 12:00 a. m.

Llegó por las ovejas, comparte características de males análogos en renos, cabras, mulas y gatos; y representa una amenaza para la humanidad. Cuando se transmite al hombre, convierte su cerebro en una esponja.

(VER CUADRO: COMO SE PROLONGA LA ECJ EN EL CUERTPO).

Es la encefalopatía espongiforme bovina (EEB), nombre científico del mal de las vacas locas, ocasionada por un agente infeccioso denominado prión, cuya naturaleza química no se conoce del todo.

Invisible aun al más potente de los microscopios, de tamaño menor que el de otros agentes infecciosos (virus, bacterias, hongos, parásitos) y muy resistente a cuanto los inactiva (el calor, los rayos ultravioleta, la radiación ionizante y los desinfectantes), el prión convierte una proteína normal de las células nerviosas en formas anormales.

Es un proceso que rompe los paradigmas clásicos de la infectología: un agente infeccioso lleva su información codificada en ácidos nucleicos y al atacar a un cuerpo obtiene automáticamente una respuesta inmunológica. Se produce entonces una batalla que el agente infeccioso puede ganar o perder.

Con el prión no hay tal, pues carece de las señas genéticas necesarias para que el cuerpo afectado lo identifique. Así, resulta indestructible para cualquier organismo o para los fármacos conocidos.

El médico bioquímico estadounidense Stanley Prusiner describió por primera vez el funcionamiento del prión en 1982 y eso, además de generar revuelo pues desafiaba los conocimientos biológicos básicos, le significó el Nobel de Medicina y Fisiología en 1997.

Sin terminar de explicar cómo, cuándo y por qué aparece, Prusiner dejó claro que el prión causa desórdenes en el sistema nervioso central. Por ejemplo, agujerea y convierte progresivamente al cerebro en una especie de esponja. De ahí que lo hecho por un prión se denomine encefalopatías espongiformes (EE) o priónicas.

En teoría, las EE pueden desarrollarse en cualquier mamífero, pero solo se logran diagnosticar cuando hay manifestaciones externas. Hasta ahora se han visto en gatos, visones, mulas, vacas, cabras, ovejas y humanos.

En cada caso recibe nombres diversos, pero en general ocasiona patologías similares: perturbaciones motrices, alteraciones de la memoria y el sueño, así como distintas formas de demencia. Incluso, la muerte.

De las ovejas a las vacas.

Las primeras señas de EE en los bovinos, aparecieron en 1986, en Inglaterra. Se presume que fueron ocasionadas porque los concentrados destinados al engorde eran preparados con carne y huesos de ovejas que padecían una EE llamada scrapie (tembladera).

Hasta el surgimiento de esa EEB, nadie sospechaba que el scrapie fuera capaz de brincar a otra especie. Se creía que eran algo esporádico o congénito. El prión, sin embargo, imitó a la liebre y saltó donde menos se esperaba.

Para evitar la extensión de la epidemia, las autoridades británicas prohibieron a partir de 1988 el uso de harinas de origen animal para el engorde de ganado ovino, bovino y caprino.

Sin embargo, el mal ya estaba hecho, y lo peor estaba por venir, puesto que, al contrario de lo que sucede con la EE de las ovejas (no pasa al ser humano), en 1996 se determinó que la EE de los bovinos se transmitió a personas que habían consumido tejido vacuno contaminado.

La esencia del problema de las vacas locas explotó: se sospecha que la EEB impulsa el desarrollo de una variante humana de las EE descubierta hace medio siglo -la enfermedad de Creutzfeldt- Jakob (ECJ).

En el viejo continente la paranoia ha crecido al punto que se habla de una revolución alimenticia por el miedo a comer carne vacuna, que igual sólo excepcionalmente es contaminante (ver recuadro).

Hace dos semanas la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), encendieron las luces de alarma y dijeron que a pesar de existir diversos grados de peligro, ningún rincón del mundo estaba exento de verse afectado por la enfermedad de las vacas locas y su manifestación humana.

Esto sucedía porque no se sabía cómo actuaban la EEB y la ECJ (pues se revelaban cinco o más años después de estar en el organismo). Pero sobre todo porque alguien, escondió la cabeza y se negó a ver la realidad.

Durante enero se difundieron documentos que evidenciaban como -a pesar de las prohibiciones internas- de Gran Bretaña salieron productos bovinos posiblemente contaminados para 87 países. Además, la sangre de algunos ciudadanos británicos que quizá padecían sin darse cuenta el ECJ pudo haber llegado a otras personas a través de donaciones.

La alarma cunde porque existe el riesgo de que los concentrados cárnicos para animales, ahora prohibidos en la Unión Europea, sean exportados por comerciantes inescrupulosos a otros continentes, que no cuentan con mecanismos de detección como los que allí ya se han puesto a punto.

El miedo crece cuando se piensa que de la vaca se hacen vacunas humanas y veterinarias, igual que caldos concentrados, susceptibles de ser transmisores del mal de las vacas locas.

Y se obtienen otros productos que por el momento nadie puede decir que transmitan el mal: el sebo que sirve para hacer jabones, los geles y los champúes, así como la gelatina (que se consigue de cocer sus huesos) utilizada en casi todas las cápsulas medicinales.

Ahora, aumentar la información suministrada e incrementar los controles es la mejor defensa. En tal caso, sobran los avestruces.

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