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APATÍA CARTAGENERA

APATÍA CARTAGENERA

Sea por acción o por omisión, todos hemos permitido la decadencia galopante de Cartagena. Pero ahora que nos ahogamos en una charca de aguas pútridas, y sólo cuando la gran prensa capitalina nos ha hecho el favor de poner el dedo en la llaga, ahora sí, y solo por algunos días, nuestra osadía nos ha permitido balbucear algunas palabras tímidas, pero sólo eso; o en el mejor de los casos nos hemos dedicado a realizar mutuos extemporáneos juicios de responsabilidades en un peligroso juego retórico que nuevamente va adormeciendo las conciencias y cediendo paso al olvido indolente sin que se encauce esta gesta huérfana de líderes ni aparezcan en el horizonte las acciones redentoras. Desde hace años, nuestra incuria viene permitiendo que se desmorone y descomponga este pobre rincón de mil ageros destruido en nombre del progreso, con el beneplácito de las hordas turísticas que ni el país ha educado, ni a quienes la ciudad ha exigido respeto. Asistimos así al gran bazar de las ilusiones do

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
07 de marzo 1993 , 12:00 a. m.

Pero de Bocagrande, qué decir?... Cedamos aquí la palabra a mi amigo el Abate Raynal quien ya desde hace algunos años así se expresaba: ... Del barrio de antaño no queda más que el nombre y la discutible exclusividad de pregonar que se vive en él. Fue sí, hace varios lustros, un sector residencial bellísimo, con casas de estilo republicano tardío con amplísimos jardines. Un barrio con ejemplos estupendos de arquitectura moderna. Pero hoy no vemos más que una avenida San Martín tugurizada y convertida en un camuflado expendio de drogas; zonas donde la saturación habitacional y la insuficiencia de servicios hacen que florezcan en sus calles espontáneos surtidores de aguas negras. Vías sin andenes, y andenes convertidos en parqueaderos, mientras el peatón, relegado a la última escala de valores, debe asumir indefenso los riesgos que le brinda una ciudad que así pretende atraer a un turismo internacional de cinco estrellas... .

No va quedando nada de aquello que hacía de Cartagena un lugar residencial, grato y seguro, donde el bienestar de sus habitantes era el objetivo primordial y donde los niños podían salir a la calle sin temor de ser agredidos por esa jungla ruidosa y caótica que hoy le estamos legando a nuestros hijos.

Por Dios! Qué hemos hecho con nuestra ciudad? ... Dónde estarán las águilas caudales que opongan su estirpe a esta condena...? .

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