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CRÍTICA

CRÍTICA

Prometo firmemente no hablar una sola palabra de Lady Di. Además, todo ya está dicho. Hablaron los expertos en protocolo real, los enemigos de las monarquías, los profetas de desastres, los sabios de la toxicología. Se vieron hasta la saciedad los mares de flores ante las balaustradas de los palacios, las salidas del Ritz por la puerta falsa, la triste soledad del Pont D Alma. Pero lo que más me extrañó, lo que francamente no pude soportar fue la ausencia total e inexplicable de la espléndida Barbara Cartland. Pongamos las cosas en su sitio: Barbara Cartland es algo así como la Corín Tellado inglesa. Ha escrito más de cinco mil novelas rosas rebosantes de amores imposibles, dramas de suspiros y aventuras sin límites.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
14 de septiembre 1997 , 12:00 a. m.

Llena de años como de diamantes, no se puede olvidar su imagen de dama de la corte, sentada en todo su esplendor en un mueble de época, perfumada y rodeada de tules vaporosos.

Pero hay otro detalle decisivo: Barbara Cartland es la abuela de Lady Di. Antes que su nieta de la realidad esta abuela de fantasía hizo llorar a generaciones de ingleses con sus travesuras de folletín.

Afortunadamente, esta ausencia irreparable fue de alguna manera subsanada por la visión de la reina madre. Debo confesar, aunque esto me cueste seguramente las inventivas de mis detractores (que no son pocos) mi admiración reverencial por la reina madre. Más concretamente: mi absoluta devoción de plebeyo por los sombreros espectaculares de la reina madre.

Desde hace años sigo con un rigor sin paliativos la aparición de cada uno de sus sombreros. Unas veces son ramilletes de flores que caen en cascada por los bordes de raso de su real montera, y otras son cisnes que chapotean en sus lagos de fieltro. Verdes aguamarinas, fucsias, rosado pétalo o carmesí suelen ser de los colores menos previsibles en las ceremonias más aburridoras. De plumas de faisán, de pelo de marta, de encajes finísimos, de pedrería, pueden pasar con una facilidad pasmosa por todos esos otros reinos que estudiamos en biología: el animal, el vegetal y el mineral. Verdaderos reinos sobre su monárquica cabeza.

Si la televisión deja ver los tocados de la una nos negó los diamantes de la otra. En esta semana de desdichas, otra adorable abuela hizo su tránsito al cielo: la Madre Teresa de Calcuta. Reposando al fin en una urna de cristal, ha visto pasar ante sus pies descalzos las romerías de los pobres en una época en que hasta la santidad necesita de televisión. En otros tiempos, posiblemente menos aciagos que los que vivimos, la santidad se comprobaba en la admiración de los milagros, por la revelación modesta de las virtudes heroicas o por las leyendas que se tejían acerca de las penitencias, los cilicios o las postraciones de los bienaventurados.

Ahora la santidad no corre de boca en boca sino que transita por las cámaras de televisión. Y no porque los santos de ahora busquen la pantalla sino porque las cámaras no se quedan quietas ni ante los sombreros de la reina madre, los diamantes de Barbara Cartland, las desgracias de las princesas o el reposo final de la Madre Teresa.

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