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UN APRENDIZ DE MAGO

UN APRENDIZ DE MAGO

Tomar distancia de la literatura no es fácil, sobre todo cuando los personajes que se crean se vuelven tan imprescindibles, que hasta aparecen en los sueños. Tras imaginarlos es imposible que no revienten en un cuento, una novela, un poema o una obra teatral (nunca se sabe si serán publicados). Lo más difícil es no involucrarse con ellos, sobre todo cuando se quiere escribir con el sello de alguien que mira pero no se involucra. Es decir, cuando en los textos se advierte un espectador. En eso, a Evelio Rosero Diago, autor de cinco novelas, tres libros de cuentos y una obra para teatro, puede dársele el título de fisgón, perseguidor, lector, observador y un largo etcétera.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
06 de marzo 1993 , 12:00 a. m.

Lo raro es que escribe en primera persona. Normalmente arranca con la voz de un tercero, pero en el texto final deja el papel de testigo para asumir el de protagonista.

A Rosero no se lo puede juzgar por sus personajes. Por lo menos, no por deducción. Y es que, literalmente hablando, nada tienen que ver un desnudo recluido en un armario, un mago ebrio, un bibliotecario jorobado que despierta pasión y aberración a la vez, o una mujer como Sofía que resulta ser producto de una ficción, con un escritor bogotano de 35 años, a quien consideran tímido.

Pero hay pistas. Uno que otro de esos seres de los cuentos o novelas tienen rasgos que lo delatan: imposible no ver al autor tras la espectadora ingenua de Juliana los mira, o en Sergio, el escritor de El incendiado.

La labor del espectador no se casa con la de un ausente. El cine, el arte, la poesía, la música clásica y los boleros y, eventualmente, el periodismo cultural son hilos que sostienen esa relación con el resto de la gente. De niño y adolescente, el fútbol era el pretexto para vincularse con sus compañeros, algunos de los cuales siguieron con él, pero como personajes.

Cuentos y novelas no se refieren a una época, ni a un país específico. Tales referentes, intencionalmente no figuran. El mismo Rosero opina poco de su contexto. Pero entre líneas es un defensor de la libertad y el respeto al otro.

Su escepticismo actual lo lleva a conservar una distancia. Antes, en los 70, la emotividad y el idealismo le dieron ánimos para ser un comprometido político.

Está claro que no es un especimen literario de la mal llamada novela urbana . No hay categorías: ni las da, ni busca alguna. La ciudad, como el campo, es mera escenografía. Qué cuenta entonces? Rosero es autor de cuentos y novelas hijos de esa actitud de espectador, pero más que nada de la imaginación, un término más universal que el de ficción o fantasía . Arma mundos a partir de lo onírico, lo erótico y lo absurdo. Sus personajes flotan en el placer y el dolor, el horror y la belleza. No es ficción. Tampoco realidad. Es su interpretación.

Cuando se habla del para quién, también hay una idea de universalidad. No son cuentos para niños, ni novelas para adultos. Evelio Rosero parte de escribir lo que quiso leer cuando tenía 10 años.

Su actitud corresponde con la generación de escritores y artistas provistos de una mirada escéptica frente a cualquier estigma. Las categorías detienen y, en este caso, se trata de apresurar la búsqueda de espacios, historias, temas, estilos. De eso nació, por ejemplo, Señor que no conoce la luna, un relato en primera persona basado en el personaje de El conde de Mirabeau y la Biblia. Es una especie de monólogo reiterativo que recuerda el Gaspar, de Peter Handke.

Evelio Rosero Diago cambia cuatro líneas contundentes de un poema por cien prolongadas páginas para una novela. La narrativa es su espacio. Explayarse es parte de su estilo. Necesita dotar de carne y hueso a sus personajes. En ello hay algo de desesperación. Lo reconoce. Concursos: única salida En el camino, Rosero ha tocado las puertas de la poesía, la novela y el cuento. Pero con la primera hay una negación: el hecho de que nunca haya publicado sus poemas lo confirma. La novela y el cuento, en cambio, encierran respuestas (lo cierto es que los cuentos son una especie de recreo entre aquellas).

Esta es apenas una de las elecciones. Para este escritor bogotano está claro que escribir es su oficio. La pasión está viva pero lo admite como un personaje que asume su condena también se ha vuelto un vicio.

Su biblioteca es escasa. Juan Rulfo, Jorge Luis Borges, los rusos, sus libros en otras lenguas y un diccionario. Abajo, esperando a salir, cuadernos cuadriculados donde ha escrito siempre (el reciente premio que les dio Colcultura a sus cuentos de El aprendiz de mago le permitió comprar el computador). Hay bastantes inéditos en busca de un editor o, como ha tenido que hacer hasta ahora, de un buen concurso, porque en Colombia no hay más alternativa para la literatura joven.

Precoz, escribía cuentos y novelas en el colegio. A los 12 años, había retenido a su familia en un diario que, como algunas novelas, cuentos y poemas, terminó hecho cenizas. Cuando tenía 16, se convenció de que iba a ser escritor. Terminó en una nocturna, en la cual funcionaron las cosas porque los días le quedaron para escribir. A los 20, su sueño era el mismo del de buena parte de los jóvenes escritores colombianos: publicar un libro con la editorial Planeta y ser traducido al sueco.

Hoy, al pie de los 35, ambos sueños se han cumplido. Pero, igual, poco importan. En eso les lleva ventajas a otros de su generación. Y no por ser publicado en Suecia, Dinamarca, Alemania, Noruega, Francia, sino por las definiciones.

Se ha vuelto un disciplinado y terco que escribe mañanas, noches y tardes enteras. No da crédito a la inspiración, sino al tiempo y la exigencia en sus escritos.

A pesar de que le ha tocado morder el polvo (lavar carros y tocar flauta en el metro, en Barcelona y París), nunca se ha ido por la salida de emergencia. Es inconforme: busca leer algo que lo estremezca. Hace años no lo encuentra. Razón de peso para esculcar entre lo que leía cuando apenas tenía 15 años; por eso se le ha vuelto a ver con Dostoiveski, Tolstoi y Dante. Qué ha quedado? Sucumbió ante el infierno de La divina comedia. Sin embargo, sigue buscando estremecerse: para eso escribe.

La inconformidad tuvo la culpa de que se volviera cenizas una novela escrita a comienzos de los 80: El rumbo de las cosas. Sólo sirvió para aprender a escribir mejor.

Por inconforme tampoco continuó su proyecto de novela histórica basado en Agustín Agualongo, defensor del rey de España en Nariño, durante la colonia. Esto le ha dejado la idea de escribir, antes de los 40, una novela épica. La persistencia lo mantiene con afán. Lo reconoce. Algo premonitorio, se atreve a confesar...

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