FORCEJEOS POR EL PODER LOCAL

FORCEJEOS POR EL PODER LOCAL

A dos meses de las elecciones de alcaldes y gobernadores, se alborota el cotarro político en todas las ciudades y pueblos de Colombia. La facultad de elegir directamente a los mandatarios locales y seccionales, unida a la descentralización fiscal, despierta la inquietud de los ciudadanos y abre el apetito de los aspirantes a ocupar tales cargos. No es de escasa monta la oportunidad de poner carne y huesos humanos en escalones fundamentales del poder público.

05 de agosto 1997 , 12:00 a.m.

La rama ejecutiva era unitaria en los tiempos de la centralización política de la Carta del 86. Quien ganaba la cima presidencial formaba el gobierno, en todos los niveles, a imagen y semejanza de la bandera victoriosa. Todo se ganaba o se perdía, como en un golpe de dados. Razón por la cual se luchaba con singular empeño por retener el poder o por reconquistarlo.

Con todos sus problemas y defectos, muy ostensibles en las zonas de violencia y en la capital de la República, la elección de alcaldes y gobernadores vino a matizarlo y pluralizarlo. Ninguno de los partidos o movimientos con apreciable anclaje popular quedó excluido por sistema de los cuadros oficiales de mando. Todos aspiran a una cuota, grande o pequeña según su capacidad de voto, incluso los situados al margen de la ley o contra ella.

Curiosamente las ciudades y poblaciones de tamaño medio entendieron mejor que la megalópolis de Bogotá la importancia decisiva de la designación democrática de su burgomaestre. Aquí han prevalecido la apatía y el escepticismo, quizá por ser la sede de los poderes nacionales y por la costumbre de esperarlo todo de su cúspide. También porque en los medios políticos la función de gobernar el denso enjambre metropolitano se ha condicionado a uno de dos fines subalternos: o servir de ficha dócil de grupos y de ambiciones personales o de estación de paso a más altos destinos.

La primera de estas consideraciones dominó en el flanco liberal al comienzo del régimen electivo local y le allanó el camino al triunfo del candidato conservador, Andrés Pastrana. La segunda se ha vuelto toda una obsesión, sin caer en la cuenta de que el único Presidente de la República con paso anterior por la alcaldía de Bogotá fue Virgilio Barco.

Si se juzgara por la multitud de candidatos, la apatía ha cesado en Bogotá. Los hay de los más diversos colores y, en el partido liberal, de profusión insospechada, aunque algunos se revistan de ropajes multipartidistas. Son nueve o diez en busca del mismo puesto, frente al sorprendente movimiento populista de Moreno de Caro y, de pronto, de un candidato conservador con agallas e idoneidad para reunir en torno suyo a la opinión de variada procedencia.

* * * El partido liberal ha otorgado su aval a una personalidad joven, experimentada e irreprochable, la de Enrique Vargas Lleras. Pero resulta que a su vera, punteando en las encuestas, figura Enrique Peñalosa Jr., quien se ha consagrado por más de cinco años a prepararse para acceder a la alcaldía. Y, en medio de la dispersión anárquica, se hallan en trance de competir los veteranos Antonio Galán, Carlos Ossa y Jaime Castro, así como los ex ministros Néstor Humberto Martínez y Rudolf Hommes, y el escuadrón nuevo de Juan Carlos Flórez, Dimas Rincón y Luis Fernando Rosas.

Desde el punto de vista patriótico y liberal, el propósito esencial debiera ser el de sacar de su presente caos a la capital de la República. Imprimirle vigoroso impulso; hacerla más habitable, equitativa y grata. Liberarla de barriles de pólvora y restituirle la confianza en sus destinos. En una palabra, salvarla! Salvarla de sus múltiples y crónicas crisis, de las cuales la financiera es la única que no parece existir.

El sonsonete de constituir la segunda jerarquía, empleo o poder en Colombia mucho ha dañado y torcido las conciencias. Es en el servicio y no en la espectacularidad y el brillo de la posición en lo que corresponde poner el énfasis. No se la erija en ficha sumisa de astutas combinaciones electorales, ni en trampolín para escalar mayores alturas. Sea un objetivo en sí misma. De la capacidad de juicio, del buen juicio de los habitantes de Bogotá, depende en último término su suerte.

* * * Con motivo de la elección en la capital de México de un fuerte y prestigioso adversario del partido de gobierno, se dijo que se había desmontado una pieza maestra de su largo predominio. Con perversidad, desconociendo claras diferencias de ideología y régimen, se ha pretendido parangonar su caso con el del liberalismo colombiano.

Sin embargo, de volver a perder la alcaldía de la capital de la República y de morder el polvo de la derrota en otras ciudades principales, presagios adversos estarían gravitando sobre su futuro. Por la época de su elección, el presidente Samper observó que con sus solos efectivos no ganaría en las urnas, y, a la luz de esta convicción, procuró complementarlos con otras fuerzas.

Cualesquiera sean los indicios actuales a nivel nacional, conviene entender que a través de la elección de alcaldes y gobernadores se definirá en octubre le geografía política de la nación. Querrán los liberales empezar con una nueva derrota en Bogotá? Facilitar con su dispersión anárquica el éxito de lo incógnito y azaroso? abdesp

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