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GUSTAVO ZALAMEA

GUSTAVO ZALAMEA

El hombre, para qué, desarma. Es discreto, casi tímido. La antítesis, de alguna manera, de su madre, la crítica, polémica y controvertida Marta Traba. Una madre así es una lotería. Porque además de su ternura, aunque a veces distante, le inoculó en el mismo biberón, el virus artístico.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
27 de septiembre 1990 , 12:00 a. m.

Desde pequeño vio desfilar por su casa a los más grandes pintores y escultores. Creció yendo a acompañarla a los museos y galerías de arte y a las conferencias y programas de televisión que ella hacía. A los 10 años, ya había visitado los talleres de Wiedemann, Roda...

A Marta, como la llama, la vio escribir y trabajar con esa honestidad que la convirtió en la mejor crítica de arte del país. Eso explica su respeto profundo por los críticos que escriben hoy sobre su trabajo y que lo contextualizan. Es uno de los pocos creadores que no les retira el saludo cuando lo sacuden. Hasta los llama para agradecerles que hayan reflexionado sobre lo suyo.

Hay pocas opciones que han sido tan evidentes como la suya por el arte. En la pintura se instaló, definitivamente, a los 18 años y desde los 22 vive de eso. De eso y de su trabajo como grafista. Porque si su madre aportó, su padre, Alberto Zalamea, también le ofreció su cuota: los textos.

De su mano circuló por las redacciones de los periódicos entre plomos, lingotes, galeras. A EL TIEMPO primero, y la Nueva Prensa después, iba hasta cuatro veces por semana. Esa pasión por la prensa la involucró en su obra haciendo muchos collages y la está ejerciendo poniendo, en escena, todos los días, el diario La Prensa: es el jefe de diseño y el responsable de que haya tantas páginas culturales dignas de ser coleccionadas.

Pintura y diseño gráfico: entre esos dos mundos se ha movido con una naturalidad que sorprende. Más que disimularla, se ha esforzado por poner en evidencia esa relación. En el fondo, Gustavo Zalamea es un ferviente del mundo de la imagen y de la creación gráfica en libros, carátulas, afiches, catálogos, periódicos... Bajo ese esquema hay que ver la exposición que presenta a partir de hoy en la galería Sextante de Bogotá.

Ciudadano de su época, ha tocado los temas de sus presentes. En 1973, estando en Chile, donde conoció a Elva, su esposa con la que tiene dos hijos, lo impactó el golpe militar. Eso se vio en su obra. Con imágenes denunció cosas y dijo su horror por la corrupción y la institucionalización de males funestos para el país. De ese mundo de convicciones pasó a sus pasiones íntimas, a sus obsesiones: Zalamea es un sensual, un romántico.

Eso está presente en sus aficiones musicales (clásicos y boleros, ópera) y en su manera de vivir: se ha construido en Bogotá una casa sobre medidas. Con espacios para las obras de sus amigos y con énfasis en los espacios vacíos y en los materiales contemporáneos criollos: el ladrillo y el concreto. Lo amplio lo conjuga con lo sólido.

Estar en su nido es lo que mejor controla en su agenda. Ahí lee con mucho rigor pero sin inclinación particular por las ideas: en Marguerite Yourcenar, Canetti, los clásicos latinoamericanos y estadounidenses busca sobre todo el goce estético, las impresiones. En ello es sistemático pero en temas y libros es muy desordenado.

Casero no significa muchas cosas: por ejemplo ser buen cocinero aunque es buen anfitrión.

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