UN TIGRE QUE SE VUELVE DRAGÓN

UN TIGRE QUE SE VUELVE DRAGÓN

Que la devolución de Hong Kong a China el lunes a medianoche es un hecho histórico es obvio; a quién va a afectar más, a Hong Kong, a China o al mundo, no lo es tanto.

29 de junio 1997 , 12:00 a. m.

Que el príncipe de Gales y el veintiochoavo y último gobernador de la colonia británica en Hong Kong, Chris Patten, se van a embarcar a regañadientes en el yate real Britannia pocos minutos después de la medianoche del lunes no demanda explicación. Margaret Thatcher lo formuló con su habitual precisión al Asian Wall Street Journal de ayer: mi tristeza el 30 de junio, cuando termina el control Británico, estará ante todo temperada por un sentido de realismo .

Inglaterra no podía hacer otra cosa que devolver a Hong Kong. El arriendo del 93 por ciento del territorio de la isla terminaba, Beijing se negó en redondo a discutir siquiera su prolongación y los grandes magnates locales demandaron al gobierno inglés negociar. Realismo.

China, reasume su soberanía en medio de una fiesta nacional apoteósica, considerando el acto una vindicta secular. El Reino Unido se va insistiendo en que legar una roca pelada convertida en una de las más poderosas economías del planeta es el mejor argumento en favor del colonialismo. Asuntos para historiadores. Lo que cuenta es lo que sigue.

El futuro Hong Kong Inglaterra se ha asegurado una carta de garantías, que se llama Ley Básica, para que Hong Kong siga como tal por 50 años. China, el control práctico del gobierno. Tung Chi Jua, el nuevo jefe del ejecutivo es hombre de Beijing. El Consejo Legislativo Provisional, designado por un cuerpo de 400 funcionarios escogidos en Beijing y que sesiona desde abril en la vecina ciudad de Shenzhen, no es ni siquiera prochino; es chino. Status quo que, si del papel a los hechos ya difiere, sólo es parte de los interrogantes venideros.

El primero hace al futuro de la democracia en Hong Kong. La corona sólo consideró conveniente introducir reformas democráticas, innecesarias para ella por 150 años, previo a la entrega. Figuras democráticas coparon casi todos los puestos elegibles (20 sobre 60 diputaciones) en las elecciones de 1995. En protesta, China organizó el Consejo Legislativo Provisional, que reemplaza a su antecesor. Dejará a los demócratas sin puesto. Ha aprobado leyes, que entrarán en vigor en su primera sesión en la madrugada de mañana y algunas serán retroactivas, que amenazan coartar la libertad de manifestación, protesta y reunión. Y debe votar las reglas de juego para las elecciones de un Consejo Legislativo definitivo, a realizarse entre abril y junio del 98. Con un solo objetivo: que los demócratas no entren.

Este es el debate que se ha vuelto primera plana. La prensa -y el ex imperio- pintando a los chinos como unos diablos antidemocráticos, y éstos ripostando que lo único que harán será volver a las leyes coloniales de hace unos años, han tendido una cortina de humo sobre otros dos problemas. Uno va a afectar a Hong Kong, el otro a China.

La prosperidad macroeconómica de la isla oculta dos tensiones. Una, hay un descontento creciente con el hacinamiento inenarrable de las condiciones de vivienda, el cuidado de los ancianos y la educación. Dos, si hace diez años ningún chino de Hong Kong se interesaba por la democracia, hoy día la masacre de Tian An Men el 4 de junio de 1979 y el abrebocas de Patten en 1994-95, le han abierto el apetito.

La primera preocupación del nuevo gobierno prochino deberá ser tomar medidas para remediar los asuntos sociales. Dinero hay (Hong Kong tiene en sus haberes cerca de 43 mil millones de dólares. Pero los poderosos intereses corporativos representados en el nuevo gobierno prefieren invertirlo en otras cosas, temerosos de la inflación, que está aumentando (7 por ciento para este año, previsto). Paralelamente, la isla se ha vuelto tan cara que de no mediar decisiones, puede perder la fuente de su prosperidad: su competitividad.

China, por su parte, deberá caminar sobre huevos para lidiar con los demócratas. Medidas represivas en el corto plazo parecen poco probables por sus repercusiones internacionales. Pero nadie sabe cómo vaya a manejar sus relaciones con este sector, que tiene importante apoyo popular, un gobierno habituado a la más completa autarquía. Y si bien hay quien opina que la primera preocupación de los hongkongenses no es la abstracta democracia sino la urgente vida diaria, un error de manejo de parte de China puede precipitar muchas cosas.

El ánimo con que los jefes chinos quieren que su pueblo reciba a Hong Kong lo dan la magnitud de las celebraciones (por ejemplo, los fuegos artificiales pagados por la isla durarán 20 minutos y valdrán 3.9 millones de dólares; los financiados por los chinos serán de una hora y costarán 100 millones), y la epopeya anticolonial de 90 millones de dólares La Guerra del Opio . Pero las recuperaciones de incorporar a la isla pueden ir mucho más de elevar la moral patriótica.

Primero, está la influencia económica, democrática y ética que puede operar Hong Kong sobre China pese -o más bien, gracias a- la fórmula un país, dos sistemas .

Aunque hay quien opina que los chinos no gustan del frenético y materialista modo de vida de la isla, la experiencia de las zonas económicas libres en China desde 1978 muestra que, como todo pueblo del mundo, son profundamente permeables a esos fenómenos. Muchos en el continente, en particular capas intelectuales y sectores de la nomenclatura china avanzados en su experiencia capitalista, pueden empezar a pensar, en todos los campos, y en particular en el de la expresión y la libre competencia: si allá se puede, porqué no aquí también .

Y las consecuencias, o bien precipitar nuevas protestas masivas como la de Tian An Men, o bien llevar a choques de la jefatura china con sectores populares en Hong Kong. Ambas, posibilidades de profundas repercusiones.

Por otra parte, se reforzará la importancia económica de Hong Kong como ventana al mundo para China, cuyas compañías se han trasladado en masa a la isla y lo harán aún más. Como se reforzará la influencia de Hong Kong en todo el sur de China, donde ha invertido cerca de 40 mil millones de dólares y tiene 5 millones de obreros, los más baratos del mundo.

El justo sentimiento de orgullo nacional que experimentan los chinos al recuperar Hong Kong, y lo mucho que lo destacan sus líderes, no son, pues, sino la punta del iceberg de los efectos que en la próxima década puede operar este portentoso pedacito de tierra en su inmensa madre continental.

Esta es de hecho la cuestión final que plantea la reintegración de Hong Kong a China. Muchos analistas coinciden en que es un fenómeno de la magnitud de la caída de la dinastía imperial en 1911 o la revolución de Mao en 1949.

Expectativa china Si la China lleva 17 años creciendo a más del 10 por ciento anual -mucho más que todos los países desarrollados-, el El Dorado de Hong Kong, y el entorno del Asia Pacífico, económicamente el más dinámico del mundo, bien administrados, pueden darle la base para un Gran Salto Adelante Y sólidas posiciones para culminar su aspiración final. Ya está pactado que Macao vuelve a China en diciembre de 1999. Queda Taiwan. Que tiene grandes intereses en Hong Kong y ahora se verá obligado a contar mucho más de lo que quisiera con su nuevo amo. China esperó 155 años para recuperar a Hong Kong. Taiwan, en el marco del surgimiento del país más poblado de la tierra, puede tener mucho menos tiempo.

Mucho depende de lo que vaya a hacer la jefatura china. Y eso, nadie lo sabe. Hasta dónde sus intereses le aconsejen un manejo cuidadoso de Hong Kong y de todos los líos de repercusión mundial subsecuentes, o la propia evolución de los hechos en la ex colonia termine atentando contra esos intereses, es asunto de bola de cristal.

Una cosa es evidente: en tiempos de Marco Polo China podía vivir aislada sin atraer más que curiosidad. Hoy día eso es imposible. Y la integración de Hong Kong lo hará aún más imposible. De la evolución de los acontecimientos en China, de que se consolide un escenario de evolución más o menos estable hacia formas cada vez más capitalistas, o bien un escenario en el cual esas formas desaten tensiones que hagan saltar todo por los aires, dependerá, en la próxima década y quizá más allá, el futuro de Hong Kong, el de China y, en gran medida, el del mundo.

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